jueves, 20 de mayo de 2010

La fisioterapia, la media maratón de Cobán; correr es un ejercicio bonito, pero ya les dije que no soy keniano

Voy a contarles una historia que les parecerá de lo más pajero que he contado, pero todo es puro cierto, no vayan a poner cara de duda cuando la estén leyendo, confío en que dos o tres pasen por acá, ahí les va.

La fisioterapista que me está tratando lo del pie (de cuando lo metí en la cubeta y terminé en el hospital), tuvo la idea de ponerme a trotar, insistió en que sería conveniente un poco de ejercicio para fortalecer no solo el pie lesionado, también el resto de mi cuerpecito.

Decidido a portarme bien, para que luego no me regañen, me levanté temprano, tampoco de madrugada, y me dirigí al parque Morazán, para correr de ahí para el hipódromo, ir y venir unas tres veces, ya ven que esa calzada es de las pocas que quedan con árboles, se supone que el aire es más sano.

Bien bonito ir a trotar por ese lado, pude ver a unas señoras, amas de casa la mayoría, que se juntan para hacer ejercicio en grupo. Cuando vieron que estaba solo, me invitaron a unirme a ellas, que por seguridad era recomendable dijeron; andaban cada una con un palo, a la vez que les servía para ejercitar los brazos, lo utilizaban para espantar perros y otros perros.

Al rato me encontré con una patoja, mi conocida ella, se puso a trotar a la par mía y entre plática y plática dijo: Mire don Johan, por que no va a correr a la Mariano (la universidad), al estadio, es que aquí le pueden dar un buen susto, lo pueden asaltar pues.

Como ando en plan de dejarme aconsejar, al otro día troté hacia la Mariano, hasta después caí en la cuenta que lo que la patoja quería era que no invadiera su espacio, me sentí herido, pero luego me peló.

Después de varios días, conocí a una marita, estaban entrenando para ir a correr la media maratón de Cobán, entre todos se pusieron a darme cuerda para que me fuera con ellos. Sabedor que no daría la talla, trotar está bien, pero correr veintiún kilómetros es otro rollo, les di mil excusas. El caso es que se neciaron tanto que no sé ni como me convencieron; así es que paré corriendo en Cobán.

El viaje estuvo chilero, pasamos a comer al rancho, compramos pan en Tactic y como a las cinco de la tarde del sábado llegamos a Cobán. El ambiente era de feria. Los participantes extranjeros estaban desfilando, había música y bebida en las calles; cuando llegamos al parque el grupo se dispersó, uno de ellos dijo: A las ocho nos vamos para el hotel, nos juntamos en el kiosko. Ajá, pensé, de plano se refiere a ese que parece platillo volador, aunque también es como una porta viandas de dos pisos.

Me quedé novelereando por ahí, en eso unas patojas me hablaron y en tono de ruego pidieron que me tomara unas fotos con ellas, pensaron que yo era keniano, no quise sacarlas de su error y aproveché para sujetar un par de cinturitas y zaz que sacaron las fotos.

El tiempo pasó rápido, dieron las ocho y nos fuimos a dormir; el hospedaje era un búngalo que alquilan todos los años; ahí nos quedamos desparramados, en pequeñas camas y colchones inflables; yo me quedé en una esquina, hecho un nudito.

Después del desayuno, nos preparamos para ir a calentar un poco al parque. Me puse la pantaloneta, una playera, tenis, por supuesto; ellos se armaron con cinturones, como los que se ponen los que cargan pistola, solo que en lugar de balas llevaban botellas de Gatorade.

Que gentío maestros y maestras, aquello era un mar de gente, valga el lugar común; de todo había: chiquitos, grandes, viejos, niños, señoras, patojas, no videntes con sus guías, gordos, flacos; en fin, variedad de variedades, todo es variedad. En una de esas un señor me jaló del brazo y me dijo: Véngase conmigo, los kenianos van hasta adelante. A duras penas logré convencerlo de que era más chapín que él.

La carrera empezó, me hice el arrecho y mantuve el paso por unos minutos, pero antes de salir del pueblo ya iba con la lengua de fuera, así que dejé avanzar a todos y traté de correr a mi ritmo, o sea lento, casi caminando; no había terminado de salir cuando los kenianos ya venían de regreso, parecían gacelas, pero negras, cada zancada que daban era de más de dos metros.

Al salir del pueblo venía una subida, luego una bajada, de nuevo subir, otra vez bajar, dar vuelta aquí, otra vuelta allá, lo único que hacía era tratar de mantenerme respirando. Pasaron los cieguitos, los que iban en silla de ruedas, levantaba la vista y solo miraba la espalda de los que me rebasaban; a todo eso había pasado más de una hora, los kenianos de seguro habrían llegado ya a la meta.

Así y todo pude regresar, todavía con vida, la gente me aplaudía; ánimo Johan", escuché que gritaron; púchica, dije yo, cómo supieron mi nombre, entonces recordé que lo llevaba impreso en la parte de atrás de la camisa.

Una patoja me regaló un Gatorade, le pregunté cuánto faltaba, como ocho kilómetros me dijo, fue ahí que pensé, ya no gracias. Bajé el paso; es decir, de caminar pasé a quedarme casi parado, esperé a la ambulancia y les pedí jalón, ya no puedo les dije.

Los bomberos se pusieron chistosos, matándose de la risa me preguntaron: ¿Y qué le pasó?, ya vio que sus compatriotas hace rato que llegaron, hasta ya cobraron el cheque del premio; tuve que volver a explicar que no era keniano.

Así terminó mi aventura cobanera, me dejaron en el parque, busqué a la marita con la que llegué, me hice el loco, no quise contar que tuve que pedir jalón.

Ahora sigo entrenando, a ver si el próximo año logro terminar.

Salú pue.

6 comentarios:

Engler dijo...

A usté maestro ya le pasó,y valga el lugar común, lo del pastorcito y el lobo.

Yo digo que usté maestro fue quien ganó la carrera solo que se inscribió con un seudónimo!

Pues de momento soy uno de uno!

Salú! con gatorade o con suero en una ambulancia!

Isabel González dijo...

¡Toda una experiencia! De las que dan para un relato.

Alecksya dijo...

Me imagine todo como si hubiese estado alli, chilera la aventura y me recorde de cuando colegiala, me tocaba correr en la zona 2.

Tres de tres?

Johan Bush Walls dijo...

Engler: Yo solito me di color, ni modo, ahora tengo que confesar que gané la carrera. Pajero que soy.

Isabel: Pues ya se la conté maestra, aunque si voy el otro año de repente me sale una novelita.

Gracias por pasar.

Alecksya: Gracias por completar el número mágico. Y que bueno que le haya gustado.

Salú pue.

carlos de la parra dijo...

Bien maestro,me gustó su conclusión estilo Mc Arthur,con el voveré.
Éso de correr me ha tocado vivirlo a través de muchas etapas,y es algo que deriva un sin fin de beneficios tanto físicos como mentales,la época en que yo viví en México,tuvo la particularidad que cada vez que comenzaba los entrenamientos de correr como que se me mejoraba todo en mi vida.

Johan Bush Walls dijo...

Carlos: Es posible que a veces es mejor hacer las cosas a la carrera, así no se fija uno en los detalles y salen bien; quién sabe.

Salú pue.