miércoles, 24 de diciembre de 2008

Solo


Esta navidad será como la canción del Buki, en esta soledad. La culpa la tiene este placer onánico llamado blog. Siempre he sabido que estas páginas llegan a unas cuantas personas, que la capacidad de convocatoria no es mucha, pero entre los pocos que leen, tarde o temprano lo hace la persona que uno no quiere que lo haga.
Nunca he sido de los que se censuran al momento de escribir, me gusta hacerlo, lo siento necesario; luego publicarlo son otros cinco centavos. Claro que si se toman en cuenta los pocos comentarios, pues como que todo se reduce a compartir con un pequeño grupo de amigos, a quienes se les tiene confianza, aunque la mayoría escriba de lejos, España, Colombia, Argentina, Estados Unidos, Chile, Perú, Dinamarca, por mencionar algunos; entonces eso da cierto grado de seguridad; ya ven, con el tiempo hasta les he compartido mis intimidades; eso sí, tratando de ser lo más apegado a la realidad, no como en la adolescencia, cuando uno contaba acerca de grandes hazañas, muchas de ellas inventadas. En fin, el blog atrapa, lo obliga a uno a decir más de la cuenta, pero no me arrepiento, pese a las consecuencias.
Todo este rollo viene a cuento porque Marina (quien no se llama así, recuerdan) tiene varios días de no querer hablarme.
Al principio pensé que tenía problemas con su teléfono, la llamé unas cuatro veces, en días distintos, no vayan a creer que soy aprehensivo, y no respondió; supuse que no tenía señal, que no tenía saldo, que estaba ocupada, no le di importancia, llegado el momento ella devolvería la llamada.
Estoy consciente que las mujeres le dan significado especial a estas fechas navideñas, así que hace un par de días fui a su casa, a llevarle un regalito, a invitarla a una posada, quería ponerme a tono. En su casa me dijeron que no estaba, que la llamara al celular; como no me hago bolas, dejé el regalo, llegado el momento ella aparecerá.
Estaba posteando el cuento del Oliverio, el que trabaja en un gimnasio, cuando el Adán me soltó: Vos Johan, ¿ ya le pasó la furia a la doñita? Como le puse cara de signo de interrogación, siguió contando: fijate que ella estuvo aquí, en el internet, el otro día, y de plano leyó tu blog, porque dijo en voz alta, que se cree ese Johan, que yo soy la Nicté, para que ande contando mis historias eróticas en la red, ahora a saber en dónde voy a meter la cara, porque le he contado a mis amigos que él escribe un blog. Una cosa es darse permisos, pero otra es andarlo divulgando.
Fui a buscarla, sin tener claro el motivo, pues como dije antes, no me arrepiento de haber publicado acerca de ella. No la encontré.
La señora de la tienda de la esquina me dijo que se fue a pasar la navidad con unos amigos, que solo eso sabía. No me voy a complicar la vida, pasado el tiempo olvidará.
Bueno, por el momento creo que ventilare mis intimidades en lo recóndito del patio de mi casa, que es particular, pero se lava y se plancha como los demás. Eso es paja, ya lo saben.
Salú, feliz navidá pue
PD. Este blog entra en pausa por unos días, regreso en enero-09; no cambien la sintonía.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La carta

Johan, querido, no sé que estarás pensando...

En el principio fue la confusión.

...cuando tomaste mi mano...

Tomé tu mano, ofreciste los labios,

...sentí que el deseo me atacaba, tu rostro estaba tan cerca del mío que no pude sino entreabrirlos para besarte.

quise besarte, despacio, poco a poco, con cautela, fuiste todo lo contrario.

Tengo que decirlo, tus besos son lo que yo esperaba, el sabor de tu aliento es delicioso.

Fueron besos apasionados, es necesario utilizar el lugar común, algo se desató, tus labios, tus dientes, la humedad en mis mejillas, el sudor en mi frente, un erizo en el cuello, tu furia, contenida de años, el calor.

No sé si puedas creerme, pero no suelo ser así de aventada con los hombres.

Tus manos en mi camisa, en los botones, mis manos en tus pechos, en tu suéter, los besos, el abrazo fuerte, la camisa terminó en la cama, el suéter en tus manos, quedé en desventaja, por unos momentos, luego tu blusa cedió.

Creo que las mujeres no debemos negarnos nada a nuestros propios cuerpos, había deseo en ambos y sólo traduje lo que sentí que me provocabas, aunque creí que querías detenerte, no sé, supongo que siempre hay un momento de duda.

No hubo duda mujer, temor al compromiso, indecisión tuya, curiosidad.

Supe que ya no nos detendríamos cuando me jalaste hacia la cama, el sofá no estaba tan incómodo, te lo aseguro, pero me levantaste y me llevaste por ese laberinto de libreras que usas de separación para tu dormitorio.

Como si conocieras el camino, te levantaste del sofá, solo fui el guía, caminaste entre las libreras, tuve suerte de haber cambiado sábanas, luego la cama crujió.

Espero que no te hayas molestado porque me adelanté con el preservativo, comprende que a mi edad todavía puedo concebir y, bueno, las enfermedades, más vale prevenir.

Antes que yo, quién sabe de donde, sin dejarme intervenir, sacaste un preservativo, me lo pusiste.

Johan, la verdad es que lo hicimos bien, tu ritmo y mi ritmo, lo que deseábamos ambos, incluso jugueteamos con algunas fantasías, no me puedo quejar, estuvo buenísimo. No creas que no me avergüenza lo que piense la dueña de tu casa, pues casi tira la pared, supongo que debo cuidar mi volumen para la próxima.

Fue bueno, gritaste, me lo diste a entender, la dueña de la casa, quien vive justo al lado, golpeó la pared, pedía que nos calláramos, tiempo después quedamos tendidos, pensé que te quedarías, llévame a casa dijiste, lancé un putazo en la mente, quería descansar un poco, recuperar el aliento, insististe, mencionaste la hora, accedí, para mi fortuna no vives lejos, caminamos, el frío de noviembre caló, te dejé en la puerta, me besaste a medias, hubiera querido que te quedarás en mi casa, pero no te presioné.

Si no quise quedarme toda la noche es porque no quiero compromisos Johan. No me interesan las relaciones largas, de ninguna clase. Tenía miedo porque se dice que los negros… bueno, lo comprobé. Gracias por hacer realidad mi fantasía, hace años que quería comprobar todos esos mitos y me gustó mucho, en verdad Johan, la próxima vez que hablemos no menciones mi carta, no menciones lo que hicimos, solo hagamos que se repita, volverá a pasar, pero no te digo cuando, depende de tus deseos y de los míos, no te preocupes por el compromiso, no hay nada de eso, esta es una relación madura, somos adultos, dos personas que se gustan y se desean. Besos.

Doblé la carta, me senté, preparé café, suspiré y entonces pude reír; tantos años en Guatemala, varias mujeres después, vengo a encontrarme una que se conoce, que se da permisos, a pesar de la carta. Creo que ahorraré para comprar una cama nueva.

Salú pue.

viernes, 5 de diciembre de 2008

El taxi, la casa y el hombre viejo

Subiste al taxi, callada, no hablaste durante varias cuadras, quizá tratabas de leerme la mente. Pensaba en la crisis, en los cuates que no han llegado al taller, en que también tengo corazón, y los sentimientos generados en el cortejo son agradables, permiten pasar buenos momentos. Ahora que el taller no ha tenido continuidad, los patojos han encontrado actividades alternas, te has convertido en un respiro, una plática agradable, salida al cine, cenita en casa, almuerzo con familia.

Me sorprendió la propuesta de ir a mi casa, entré en pánico, no podía recordar si recogí mis calcetines, mis calzoncillos, ¿se habrá metido el gato de la vecina? Siempre deja orines y heces, le gusta ese rincón del baño. ¿Hace cuanto cambié las sábanas? ¿dejaría restos de comida al lado de la computadora? Cuando uno vive solo no se preocupa de los detalles, el sofá se hunde entre capas y capas de objetos, libros, revistas, volantes publicitarios, estados de cuenta, ropa que no encontró su camino al clóset.

En el silencio pude observarte, percibí un pequeño brillo, una lejana excitación, me concentré en tus ojos, te tomé la mano, estaba fría, sentí la adrenalina subiendo por tu cuerpo, ambos en un estadio intermedio entre el miedo y la expectación. ¿Hace cuanto tiempo que no le pedías a un a un hombre que te llevara a su casa? proponerle algo más. Lo mío llegaba al terror, meterte en mi cama llevaba implícito el riesgo de algo más, una relación, un compromiso, soy paranoico. Era inevitable evocar las mujeres que se han enamorado de mí, con las que no he querido nada en serio; en este país es difícil que una mujer se dé libertades.

Acaricié tu mano, con la yema de mis dedos, entonces mi paranoia me dijo que tenías miedo, que quizá estaba forzando la situación, quise calmarte, pero me devolviste una sonrisa, lo hizo a la fuerza me dije, le salió artificial.

Ya en la puerta de mi casa sentí el deseo de decir: ¿segura que quieres entrar? pero me contuve, esas demostraciones de corrección suelen ser interpretadas como inseguridad, he aprendido que a las mujeres no les gusta eso. Para mi era el último chance de escapar de lo que, según mi paranoia, tu creías era un compromiso.

Dejé notar mi nerviosismo al abrir la puerta, las llaves se cayeron un par de veces, reímos, sirvió para liberar la tensión.

Mi casa no es una casa, es un apartamento del centro de la ciudad, una habitación enorme, un baño al final del corredor, medio patio (la dueña lo partió con una pared), un garage y una cocineta pequeña. La habitación tiene frisos y molduras de otra época, creo que se trataba del salón o sala principal, al fondo del patio quedaron chunches viejos, algunos aprovechables, como el escritorio, cuatro sillas que tengo para usar con una mesita cuadrada, de esas que venden por cien pesos en la avenida Bolivar. Es raro, no me había pasado antes, pero hubiera querido tener algo mejor que la cama de metal barnizado, que cruje horrores, sentí que el colchón de algodón apelmazado y las libreras que sirven de biombos, y dan una falsa sensación de privacidad, eran poca cosa. Cuando viniste a invitarme al fiambre dijiste que te parecía uno de esos lofts industriales de Nueva York. Siempre pensé que ese día fuiste condescendiente. Para mi fortuna todo estaba más o menos limpio, aunque sobre el sofá amarillo huevo, que me regaló la mamá del Adán, cuando compró uno más decente, tenía mi traje beige, el portafolios, zapatos y dos camisas recién lavadas, además de un par de calzoncillos, de esos de abuelito (también recién lavados). Reíste mientras recogía todo, y lo colocaba en un rincón, con la clásica frase: lo siento pero no he tenido tiempo de limpiar; al menos no habían restos de comida. Sólo un vaso que apareció debajo del sofá, con un material verdoso adentro.

Me senté a tu lado, te ofrecí agua, un café, habías visto el vaso, no te arriesgaste, no te preocupes, estoy bien, sólo siéntate a mi lado, dijiste.

Conversamos un rato, actué como un chaval enamorado, quería estar más cerca, pero no me atrevía, no soy tímido, rara vez me pasa, pero percibía temor en tus ojos. Ahora que leo tu carta me doy cuenta que estaba equivocado.

Salú pue.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Cine

Desde aquellas primeras citas de juventud aprendí que es mala idea invitar al cine a una chica cuando se le corteja. Usualmente una película tarda más de hora y media, lapso que se convierte en tiempo perdido, pues no hay forma de adelantar en el conocimiento de la otra persona; no se puede conversar, los únicos comentarios son los dirigidos a algún aspecto de lo que se está viendo, y esos no siempre son válidos, porque distraen, no solo a la pareja, también a los que están alrededor. Luego, al salir del cine, la cita casi ha terminado y no queda mayor oportunidad de avanzar en la conquista. Recuerden que las primeras salidas son como los primeros rounds de las peleas de box, puro reconocimiento; por supuesto que hay peleas que se ganan por knockout en el primer asalto, pero yo me parezco a Tyson solo en el color.

El caso es que Marina*, después de la comilona de fiambre, insistió en que sería bueno ir al cine, yo le dije que no era buena idea, pero entonces cometí uno de los errores más grandes que un hombre puede cometer, contradecir a una mujer, así que ella se lo tomó como algo personal y, utilizando todas las malas artes del sexo femenino, me convenció.

Salimos el viernes, deliberamos sobre la conveniencia de ir a un cine moderno, caro y con pantalla más grande, de esos que hay en los centros comerciales, o si nos acomodábamos en una de esas salas viejitas, de las que todavía quedan en el centro, yo pensaba en mi comodidad, porque me disgusta salir de mis dominios, el asunto es que en los cines de la zona 1 las películas se ven oscuras y la comida es mala. Perdí, una vez más, la disputa, por lo que dejamos el centro histórico y nos dirigimos al centro comercial que está por Las Majadas, tiene buenos cines. El ambiente en el mall era de navidad, adornado con árboles y ositos, bien lindo todo.

La función transcurrió como lo había pensado, cruzamos unas cuantas palabras antes del inicio, comimos las chucherías que compramos, no se puede hablar en confianza con gente alrededor.

La película estuvo mala, durante la proyección aproveché para analizar la situación, pensé que, de plano, no había futuro en seguir saliendo con Marina. Ella es la típica ama de casa, divorciada desde hace años, según me ha contado, no ha salido con nadie desde entonces, se ha dedicado a cuidar a los hijos, pero ahora que ya están crecidos quiere darse un poco de tiempo; cositas así me ha platicado. La conozco desde hace pocos meses, cuando llegó al taller, espero que no sean mis prejuicios, pero creo que lo que necesita es alguien con quien estar hasta que la muerte los separe; por supuesto que eso no va conmigo. Además, el Adán, que parece estar preocupado por mi soltería, me dijo, el otro día, a lo pelado: esas doñitas son de las que no sueltan nada hasta que tienen el anillo en la mano, claro que es la visión de un patojo, a quien no debería interesarle meterse en mi vida.

Como les he contado, me gusta la soledad y la valoro, no estoy interesado en volver a compartir el apartamento, las deudas y los problemas.

Una eternidad después, salimos del cine, comentamos la película, a ella tampoco le gustó, me dijo que la Demi Moore se puso vieja y nunca aprendió a actuar; pero se ve muy bien todavía le repliqué, sonrisas más, palabras menos, algunas chispas brillaron en los ojos de ambos.

Afuera del cine, llegó ese momento en el que no sabía que decir, quería invitarla a comer, pero era algo tarde, más de las diez de la noche, intuí que para ella estar en la calle a esa hora no era usual. Voy a buscar un taxi, iba a decirle, cuando dijo: Johan, vamos a tu casa.

Salú pue.

*La explicación del asterisco se encuentra en el post anterior, si lo leyó, entonces sabrá que significa, si no lo leyó, entonces tendrá que hacerlo, para descubrir el significado del asterisco.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Graduaciones y fiambre

Vivo solo desde hace muchos años, es algo que disfruto, tal sentimiento de libertad es incomparable; a pesar de eso, mi relación con las mujeres ha sido excelente, pero me pasa como en La insoportable levedad del ser, y existen pocas mujeres que estén dispuestas a aceptar algo semejante. De ahí que mis relaciones largas no se hayan visto favorecidas, en las cortas me ha ido mejor. He llegado a pensar que, tarde o temprano, estar con una mujer se convierte en mi versión particular de Fatal attraction: llamadas; frases como: ya no me buscaste; llamadas; llantos; apariciones sorpresivas; llamadas, y eso en la fase inicial. Cabe mencionar que algunas mujeres andan en la búsqueda constante, obsesiva, de encontrar a aquel que viva con ellas hasta que la muerte los separe.

Luego de la piñata, Marina* me hizo dos invitaciones, quería que la acompañara a la graduación del novio de su hija, el viernes; y el sábado ir a comer fiambre a su casa.

Pensarán que soy un antisocial, pero las graduaciones no me gustan, nunca he entendido porque celebran, pues de todos los que estudian el último año, obtienen el título el 99%, quien no lo hace es porque de verdad se la pasó de vagabundo todo el año. El caso es que no pude negarme.

No tengo vehículo, además no me gusta manejar en esta ciudad, así que llegué a buscarla en taxi.

La niña estudia en el mismo colegio que el novio y como es la abanderada de su sección tenía que ir uniformada, pues le tocaba ser escolta de los graduandos. La pobrecita lucía estresada, pues eran las nueve de la mañana, el acto daría inicio a las diez, pero su madre aún no estaba lista. Finalmente Marina estuvo lista, vestía un traje hermoso, un poquito pasada de maquillaje; el perfume estaba en su punto; la niña se relajó y tomamos camino al colegio.

El evento era en un colegio evangélico, de esos que pertenecen a una mega iglesia; el salón era enorme, y estaba llenísimo. La niña se ubicó rápidamente.

Entre las oraciones, los largos discursos de los directores, la propaganda del colegio, la música del grupo de alabanza, y el sermón, se fueron casi dos horas. La gente se aglomeraba, entraban, salían. Había de todo: mujeres maquilladas exageradamente, otras mostraban cirugías evidentes; ni hablar del vestuario: trajes de noche en plena mañana, hombres en mangas de camisa, uno que otro con esmoking; yo me sentía más o menos, vistiendo mi único traje, uno beige de lino, bastante pasable; eso de vestirme formal no va conmigo.

Llamaron a los patojos, uno por uno, eran un poco más de cien, los padres pasaban y, con todo el orgullo del mundo, colocaban el anillo de graduación; luego, acompañados de los padres, posaban para la foto. Un ritual eterno.

El acto terminó con las palabras del representante de los alumnos, casualmente era el noviecito de la niña; se quejó de la crisis, pero hizo alarde de lo bien preparados que salían, de esa forma podrían hacerle frente a la vida real. No había terminado de decir la última palabra cuando sonó la música, otro canto de alabanza, una oración final, salida de las banderas, gritos, chiflidos y la bulla de los graduados.

Reunidas las dos familias, afuera del salón, noté cierta incomodidad en Marina, resulta que los buenos hermanitos me habían hecho blanco de sus miradas. Esas cosas ya no me incomodan (como he dicho otras veces: ser de color en este país es ser alguien extraño, alguien a quien ver), pero ella daba la impresión de no estarlo asimilando de buena manera. Fue algo raro, pues en medio de los saludos y las presentaciones de rigor, ella no atinaba a encontrar la palabra justa para describir porqué yo la acompañaba; hubiera bastado con decir, él es Johan, pero se complicó, ¿o sería yo el complicado?.

La familia del chico nos invitó al almuerzo, pero opté por disculparme, Marina trató de disimular su molestia, pero no insistió. Nos despedimos, con un beso protocolario, pero le alcanzó para susurrar, te espero mañana en casa.

El sábado me levanté tarde. El Adán llegó por la madrugada, buscando refugio, platicamos un buen rato, nos tomamos un par de cervezas; él venía de una fiesta de Halloween. Yo todavía seguía tratando de procesar lo sucedido en la graduación; pero no las miradas de la gente, pensaba en la actitud de Marina. Sucede que, a estas alturas de la vida, sigo sin entender las señales que envían las mujeres; los pequeños besos, los susurros, las incomodidades aparentes, los abrazos sostenidos, las tomas de la cintura; todo eso no siempre tiene el mismo significado, y si uno las interpreta mal, entonces las cosas se echan a perder.

Poco antes del medio día, Marina se apareció por la casa, sin previo aviso, llevaba un poco de dulce de ayote, yo le había comentado que me gustaba, parecía tener cara de disculpa, pero no dijo nada al respecto. Hablamos un rato, finalmente dijo: no entiendo la actitud de la gente, me siento apenada, nunca imaginé que te verían de esa forma, hasta me quedé con la impresión que pensaste que yo también me sentía mal por tu presencia. Le dije que no tenía importancia, y así era. Pero sus palabras me hicieron sentir bien.

Al final, terminé comiendo fiambre en la casa de Marina, tengo que contar que estaba muy bueno; eso, más la conversación; unas cuantas cervezas, que yo pasé comprando, no vayan a pensar que soy un gorrón; y la música de marimba, me hicieron sentir que tenía una familia tradicional; pensamiento que alejé de inmediato.

Cuando nos despedimos puse mis manos alrededor de su cintura, estuvieron ahí el tiempo que tardamos en pronunciar las palabras de despedida.

Salú pue.

*Marina es el nombre ficticio de Carmen, quien tampoco se llama así.

viernes, 24 de octubre de 2008

Piñatas

Mis hijos crecieron hace muchos años y, como les he contado, cada uno tomó su camino, pero cuando eran pequeños más de algún vecino nos invitó a la celebración del cumpleaños de sus hijos. Ahora que lo recuerdo, pienso que fue bueno que los prejuicios, de los demás, nos evitaran más invitaciones.

Siempre he pensado que ese ritual de acabar, a palazos, con un personaje de cuento infantil o de caricatura, según el gusto del niño, es macabro; ya lo creo que si, todos quedan felices hasta que logran sacar el tanate de dulces que se acumulan en la panza. Mis hijos nunca se acostumbraron, por eso dejé de hacer esos rituales satánicos, pero no de celebrar cumpleaños, los cambié por refacciones en el colegio.

Todo este rollo viene al caso porque una de las señoras que llegan al taller ha venido manifestando un interés inusual en mi. Ella es una mujer guapa, divorciada, cuarentona de buen ver. Resulta que uno de sus hijos, precoz él, la hizo abuela hace un año. El asunto es que, según creo, ella pensó que la piñata del nieto era un espacio decente, y sin peligro, para reunirnos. Entonces se dio a la tarea, durante una semana completa, todos los días, de invitarme a la celebración. Para no darse color, enfatizaba lo mucho que le gustaría presentarle a su familia al gran Johan, subiéndome el ego, con esas y otras pajas, logró convencerme, además no tenía nada mejor que hacer el domingo.

La acompañé a la fiesta, ella se puso muy guapa, en realidad nada del otro mundo, pero se miraba bonita, más de lo acostumbrado. Mi entrada, como siempre, fue espectacular, la gente se me quedaba viendo, en especial los niños; en este país es raro recibir visitas de alguien de raza negra. Ya me acostumbré a esa maña chapina de evidenciar las diferencias; y a las miradas, con la boca abierta, de los güiros; me da igual.

Fue complicado sentarse en un patiecito de esos de casa del centro, pequeño digo, pero en realidad son más grandes que los de casa de colonia. En el lugar habían acomodado unas veinte sillas de plástico, para los adultos; igual cantidad de sillitas, para los niños, rodeaban una mesita adornada con dibujos de no se que personaje; hace años que no veo caricaturas, era una especie de alce, por los cuernos, de color naranja y con ojos enormes; el adorno se completaba con globos pegados al techo y las paredes, bien lindo se miraba todo.

Debo decir que una de las más simpáticas habilidades del artesano guatemalteco es la de hacer piñatas. Algunos piñateros son verdaderos artistas, lo efímero de sus estructuras no desmerece el trabajo que le ponen, algo así como las fallas de Sevilla; claro que hay otros que logran asustar a los niños, recuerdo una vez que un Hulk mal hecho fue la sensación de la fiesta.

El ambiente en una piñata de barrio es extraño, cada familia se aglutina en su sector, no hablan con los demás, usualmente las sillas están colocadas alrededor del patio, la mayoría de veces no hay mesas para los adultos, así que, si mucho, se habla con el vecino, en este caso mi amiga. Por otro lado, cada tantos minutos, aparecen personas que se presentan, platican un poco y regresan a sus incómodas sillas.

El plato fuerte es la piñata, aunque en el ínterin, de un tiempo acá, se ha popularizado contratar a un payaso. Los payasos de piñata son verdaderamente infames, no tengo nada contra ellos, de verdad, pero cuentan chistes malos y repetidos, si tratan de ser originales se ven peor, casi siempre hacen llorar a algún niño, sus atuendos asustan, antes que causar gracia; afortunadamente el show duró unos quince minutos.

Llegado el momento cumbre, el niño agasajado recibió un palo lleno de flecos, para que se diera gusto, cual jugador de béisbol, disparando golpes contra la piñata, supongo que lo entrenaron todo el año, porque no lloró y atinó a pegarle a la piñata, aunque sin mucha fuerza; claro, no se puede pedir que alguien de un año rompa esos muñecos.

Un por uno, los niños y niñas desfilaron para acabar con el personaje, el griterío de los adultos animaba la actividad, los patojos olvidaban por un rato la ropita de fiesta y la corrección, y lanzaban golpes intensos.

Me llamó la atención una niña tímida, delgada, con trenzas, llevaba una bolsita colgada al hombro, su actitud era de princesita remilgada, hasta limpió la sillita, haciendo cara de fuchi, fuchi, para no mancharse. Cuando pasó a quebrar la piñata se transfiguró: lanzó golpes que hubieran derribado a un toro, no le importó golpear a un par de niños en el hombro, y al caer los dulces se lanzó al suelo acaparándolos entre sus brazos y su cuerpo extendido.

La tarde siguió con el pastel, los refrescos y los chuchitos, que me encantan. Siempre recuerdo la primera vez que me los ofrecieron, en ese entonces llevé tal decepción, pensé que me darían un cachorrito, conste que tenía cinco años.

Me presentaron con medio mundo, fui testigo de los pequeños líos de la hija de mi amiga con su pareja, un muchacho tosco con cara de pocos amigos, igual que las demás familias que nos rodeaban.

Como era invitado especial, eso dijeron, cuando todos se fueron, me quedé a tomar un café con la familia. Pude ver al niño destapando los regalos, los padres mostraban su decepción, en la medida que descubrían lo que venía en los envoltorios; creo que pensaban en lo caro que les había salido la piñata y que los regalos no compensaban lo invertido, pues la mayoría de los obsequios eran baratijas chinas y calcetines de la sexta avenida.

Cuando me despedí le di un abrazo, ella aprovechó para besarme en la mejilla, dos segundos más de lo normal.

Salú pue.

viernes, 17 de octubre de 2008

Tragedia nacional (otra vez).

Después del rollo de la profecía el Jonás no había vuelto a hablar, hasta el miércoles por la noche. Estábamos con la mara viendo el partido, y cuando terminó lo escuché decir: puta no puede ser, es la peor selección que he visto en mi vida; le dije que la cosa no era para tanto, que igual la eliminación era inminente; también le dije que la culpa, en parte, era de él, pues no había orado lo suficiente, a lo que respondió recordando a mi madrecita.

Así como el Jonás estaban todos, hasta el Adán, quien dice que el fútbol le pela, tenía los ojos llorosos. El caso es que el resto de la noche nos la pasamos hablando de lo mismo, es más, dos días después, todos en Guatemala, siguen dándole al tema, el rollo se ha convertido en una auténtica tragedia nacional, pero en una que sucede cada cuatro años.

El rollo del fútbol en Guatemala es algo de locos y de ciegos, por no decir de estúpidos; para hablar más claro. Fuera de las condiciones básicas que debe tener un deportista; es decir, buena nutrición, altura adecuada a cada puesto, entrenamiento desde pequeños; o sea, formación integral pues, al talento es muy poco lo que se le puede pedir.

Pues dejando de lado esas consideraciones, suceden cosas raras, cosillas que todo mundo ha escuchado por ahí, pero que nunca se investigan o discuten a fondo.

Algunas de las cosas que he oído, conste que todos son rumores, pero como dicen, cuando el río truena. Lo que pasa es que el sentido común dice que no es normal, que algo o mucho de trampa hay.

Volvamos a aquel fatídico día (no al miércoles 15-10-08), cuando Guatemala perdió en Trinidad y Tobago, en los últimos minutos del encuentro; esa vez se dijo que la culpa era del Primitivo, porque no supo manejar el partido, muchos dijeron que se había vendido y luego recordaron cuando Honduras perdió la clasificación, en el último juego, contra México y con el Primitivo como entrenador; los hondureños también vociferaron que su técnico había recibido dinero, que era un vendepatrias; así dijeron por allá. De aquel entonces se recuerda, entre otras cosas, la necedad de alinear a Foster, cuando había sido responsable de muchos de los goles que recibió la bicolor. El Primi se fue, no sin antes descargar toda la culpa en los jugadores y echar unas cuantas pestes más.

Lo del Bolillo Gómez es de lo peor, ¿cómo se puede tener a una persona ganando tanto dinero, por más de un año, trabajando tres o cuatro días al mes?; finalmente lo echaron y ¡oh, sorpresa!, los flamantes directivos volvieron a contratar al Primitivo, y lo presentaron como el salvador del proceso. Eso fue descarado muchá, recuerdan que Kenton hizo un papel decoroso con la sub 23, pienso que por eso no lo quisieron a él, porque se corría el riesgo de que consiguiera la calificación al mundial.

Ya subidos en el macho (me refiero al Primitivo), suceden otras cosas extrañas. Foster fue convocado de nuevo como portero, cuando tenía un año de no jugar, porque ningún equipo lo quería. Thompson fue llamado a la selección, tampoco tenía equipo, estaba lesionado, por eso nadie lo contrató. Cabrera se fue a Noruega, pero allá no lo ponían a jugar, el Pescado estaba gordo, lo sacaron del Galaxy, en su nuevo equipo no era titular, pero en la sele era indiscutido. El Loco, no sabe jugar, solo corre detrás de la pelota, quizá tenían que haberle hecho pancartas a lo Forrest Gump, pero ni eso se les ocurrió, pero insistieron en ponerlo de titular, porque según dicen las malas lenguas, la directiva roja decía que la eliminatoria era un escaparate para que se exhibiera y que algún equipo extranjero lo comprara. El Moyo Contreras, jugó unos minutos en Argentina y luego ya no le dieron balón. Y así, hubo otros que se pasaban calentando la banca en sus equipos y en la selección eran titulares, ¿en dónde se ha visto eso?

El asunto es largo y las anomalías en torno a la bicolor siguen y suman. El que más sonaba y sigue sonando es el de las borracheras de los jugadores. Que si el Freddy es un borracho, que si al Pescado lo vieron casi tirado, en fin de esos cuentos hay una infinidad.

Son muchas cositas, pero los que saben o los que pueden investigar el tema se hacen de la vista gorda, siempre he pensado que con todos estos rumores la prensa está obligada a tratar de ir al fondo del asunto, pero como ya se sabe, o así dicen los rumores, todos son coyotes de la misma loma. En fin, se quiera o no, todos terminamos hablando del tema, miren pues, yo que no soy futbolero y aquí me tienen echando más paja al fuego. Lo hago en el afán de consolar al Jonás y al Dieguito Iespien, pues esos si que están sufriendo.

Salú pue.