jueves, 30 de abril de 2009

Pandemia o pandemonium (que la influenza nos agarre confesados)

Voy a confesarles algunas cosas: me gusta leer mientras estoy sentado en el baño, detesto que a los libros se les doble la esquina de las hojas, no me gusta que alguien lea mi periódico antes que yo; bueno, creo que es suficiente, lo hago para que la pandemia de gripe cochina me agarre confesado.

Recuerdo que cuando vine a Guatemala, hace como chorrocientos años, paré viviendo en la casa de doña Chonita, ella era una vieja bruja, cristiana eso sí; meticulosa, por no decir tacaña, para cenar nos daba contaditos los frijoles parados, veintiuno, ni uno más ni uno menos; como era muy cachureca, durante la cuaresma nos daba a comer solo medio pan, bienintencionada era ella, lo hacía para que nuestro cuerpo estuviera libre de pecado.

La doñita hace años que yace bajo tierra, pero vino a mi mente con esto de la influenza porcina, ese es el nombre correcto, porque cada vez que pasaba algo o se corría una bola ella decía: Cristo nos agarre confesados, y procedía a persignarse una docena de veces.

El rollo es que la psicosis se ha apoderado de todos, incluyéndome, les cuento: el lunes llegué al internet del Adán y que lo encuentro rociando un espray a todas las computadoras, encendiendo unas velas de olor raro y con una mascarilla de médico que no le cubría la nariz; cuando me le quedé viendo se adelantó a decirme: es que me molesta Johan, si me tapo la nariz no puedo respirar; no dijo más pero me ofreció una mascarilla (bien les queda el nombre, porque antes que la noticia se expandiera eran más baratillas, ahora se escasearon y las pocas que hay literalmente están más carillas).

Al rato llegó el Jonás, se sentó en una computadora recién desinfectada y que me jala del brazo: Vos Johan, mirá esto. Tenía en su bandeja de entrada gran número de correos que alertaban sobre la pandemia, unos en serio, otros en broma, entre los subjects podía leerse: Apareció el primer caso. Caso confirmado. Primera víctima en Guatemala, hasta se me puso la piel de gallina.

Puse atención a los demás clientes que llegaban y lo primero que hacían era buscar información del tema.

Cuando abrí mi correo encontré ocho mensajes de mi hija; en el primero aseguraba que se preocupaba por mí; en el segundo que quería que me fuera a Inglaterra ipso facto, que a mi edad y solo, de seguro moriría si me daba la fiebre; en el tercero, decía que no tenía suficiente dinero para el pasaje, pero que con algo me podía ayudar, que buscara un vuelo barato, solo que me vaya en balsa pensé; del cuarto al octavo me decía que el gobierno había prohibido los vuelos que llegaban de México y sus cercanías, que pajera me dije; que pensara bien si me iba a ir porque de seguro me ponían en cuarentena y luego me deportarían, en fin que se hizo bolas.

Por la noche me encontré al Beto, normalmente es muy efusivo para saludar, aprieta la mano y da abrazos; pero esta vez ni siquiera me extendió la mano; entonces me acordé de un pediatra, a quien alguna vez llevé a mi beba y que me hizo sentir como negro discriminado; de entrada se negó a darme la mano, no sé donde estuvo su mano antes, me dijo; yo pensé: ve que hombre más cerote, es cierto que soy pajero, pero ni que me hubiera estado pajeando; después me explicó que por higiene propia y de sus pacientes nunca daba la mano; así y todo se lavó como cuatro veces mientras examinaba a mi chiquitía.

Lo que son las cosas, resulta que las autoridades recomiendan que uno no ande dando la mano ni saludando de beso, y eso tan bonito que es.

Ahora leo que la OMS subió la alerta a nivel 5, la cosa es que el miedo no anda en burro y bueno, con eso de los coches (aquellos de cuatro ruedas y que transportan a sicarios que matan gente en los semáforos) y la fiebre de coche, vuelvo al principio, les confieso que me gusta escribir pajas, aunque eso no es ningún secreto, pero se vale.

Que venga la pandemia, porque ya estoy confesado, si ustedes quieren pueden confesarse en los comentarios. Los dejo aquí porque el Adán tiene que volver a echar espray a las computadoras.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: MASCARILLAS EL KONTRA.

jueves, 23 de abril de 2009

San Juan de los morros

El profe Dennis nos ha dejado; no, no se murió, lo que pasa es que se fue del país. Según parece, el premio de ensayo que obtuvo en la república bolivariana de Venezuela le abrió las puertas para una beca. Es fregado el profe, calladita la boca hizo sus trámites, ni siquiera me contó del asunto cuando estuve allá por su pueblo, supongo que tiene esa superstición, aquella en la que si uno cuenta las cosas después ya no se cumplen, o se queda en ridículo.

Ahora entiendo la carta que me envió unos días antes de la semana santa, me explicaba que había que cancelar el taller, supuestamente haríamos uno en plena semana santa; medio me contó de unas gestiones que estaba haciendo, si hasta me pidió que le hiciera el favor de conseguirle unos papeles que necesitaba; así que paré haciendo cola en finanzas y en la universidad de San Carlos, para conseguir su RTU, ni me pregunten que es eso, y sus certificados de estudios; quien lo mira, pero el profe terminó la carrera de lengua y literatura.

El Adán y el Beto se enojaron porque habíamos inventado un festival de poesía, esas actividades les gustan a los chavos, para ellos funcionan como imanes de patojas, se iban a ir conmigo. La cosa es que me tocó pasar el feriadón encerrado en el centro histórico, saliendo poco, pero aproveché para adelantar unos capítulos de mi novelita, no vayan a creer que estoy escribiendo una novela, estoy leyendo una, a eso me refiero.

El domingo de resurrección, pasado el sitio del centro, aproveché para irme al internet del Adán, ya ven que no cierra, para revisar el correo y que me encuentro con uno del profe; dice que está en la etapa de inducción, parece que se los llevaron, a él y a los otros afortunados, en semana santa para darles un tour por algunos lugares de Venezuela.

No les voy a copiar toda la carta, aunque les comento que se la está pasando bien; me contó que lo llevaron a conocer el pueblito que inspiró Casas Muertas, de Miguel Otero Silva; luego fue a San Juan de los morros, dice que unos riscos forman figuras interesantes; también conoció la enorme estatua de San Juan bautista, que desentona con el pequeño pueblo.

La carta del profe va algo así: Johan, siento que estoy en Jalapa, Ortiz, ese pueblito que inspiró la novela de Otero Silva, no ha muerto, es parecido a los pueblos de mi tierra: polvoso y lleno de casas de teja, el paisaje es plano, no como las montañas de allá, pero se parece mucho a los pueblos de Guatemala. Me tomé una foto (Me la mandó, aparece junto a la gran estatua), me contaron varias veces la historia del alcalde que quería hacer un San Juan enorme y construyó esa estatua, me recordé de la doñita que hizo el monumento a Mickey Mouse. El pueblo es parecido a San Diego, Zacapa, la iglesia es igual a varias de las que hay por allá; hasta me tomé una granizada en el parque, que también tiene árboles similares y las rejas de metal con puntas. Me cuenta otras cosas, dice que por extraño que parezca no siente nostalgia; si hace pocos días que se fue, a ver si dice lo mismo dentro de unos meses.

Como no conozco Venezuela tendré que creer en las descripciones del profe. Que buen rollo, que le haya salido la beca digo.

Salú pue.

lunes, 6 de abril de 2009

Leyendas urbanas

Con esto del Google, que todo lo hace fácil, uno llega a sentirse muy salsa para el internet; sin embargo, puedo presumir que, a pesar de mi edad, algo he aprendido, al menos a saber como postear, porque ya ven que la apariencia de mi blog no hay modo que la cambie, aunque me doy la paja que eso no es importante, que son los textos los que cuentan. De todas maneras y, a pesar que el maestro anecdótico, José Joaquín, el otro día me dijo que le parezco hábil para navegar en la web, he sido víctima de algunos vicios y he caído en trampas obvias.

Miren pues, estaba tecleando la anterior entrada de mi blog, cuando sentí unos ojos que se clavaban en la pantalla, miraban por encima de mi hombro, luego vino una risa burlona. Giré la cabeza, para saber quien era, porque no me hace gracia que lean sobre mi hombro y menos que se rían, caí en la cuenta que los que leen el blog se ríen y eso me gusta; pero alguien detrás de mí, pues eso si que es feo. La cosa es que sin preguntarle nada empezó a hablar.

—Bueno Johan, ¿ni modo que sos de esa gente que se cree todas las historias que circulan por email?

Cuando sentí ya se había sentado a la par mía, en uno de esos banquitos de plástico que tiene el Adán, para cuando llegan los patojos a hacer la tarea en grupo.

—Mirá vos, la cosa es que casi el 100% de esos correos que cuentan historias de miedo, sobre virus de internet, figuras raras en la calle, y muchas otras, son puras "leyendas urbanas".

Puso las manos sobre el teclado y escribió: hoax y claxon, de inmediato se desplegaron los links hacia un buen número de historias de personas que habían evitado tocar la bocina (claxon) y se habían ganado algunos billetes; algo así como lo que la gente anda contando en Guatemala, lo de los mareros hombre, ese cuento que dice que si uno toca la bocina lo matan, y si no la toca le dan dos mil quetzales.

Como a mi la palabrita Hoax me sonaba a estafa, le pregunté: ¿qué ganan los que mandan estos correos? El cuate se rió, la verdad se carcajeo.

—Si que sos inocente vos Johan, si vos reenvías un correo, sin borrar las direcciones de todos a quienes les fue enviado, estás poniendo toda esa información al servicio de un resto de mara, al rato te caen un montón de correos basura y anuncios, entonces vos decís: "pero si no le di mi dirección a nadie"; además logran congestionar las redes, porque cada uno manda a diez, luego diez más y sigue y sigue. Quizá alguno lo hace de buena fe, solo quiere diseminar su mensaje, sin importarle si lo leen o no, de alguna forma es como repartir volantes en la sexta.

Así pasó un buen rato, hablando de leyendas urbanas, todas tienen moraleja, la del SIDA, la de la niña perdida en el súper mercado, la de la bocina, llegué a sentirme ridículo, un poquitío nada más, cuando dijo: "mirá vos, los ancianos y los niños se la creen rapidito, y sirve como disuasivo, ya viste que ahora se escuchan menos bocinazos en las calles”.

Me contó de la famosa película del Jesús gay, que hace treinta años vienen diciendo que se va a filmar; del niño de las tarjetas, esa lleva más de veinte años, con diversas variaciones; y aquellas que dicen que el Hotmail dejará de funcionar, que el Messenger ha llegado a su límite; y la niña que tiene como quince años de estar muriendo de cáncer; o aquella de la viejita que quiere compartir su fortuna, a veces el nombre cambia por Bill Gates; de las papalinas que vienen contagiadas de tuberculosis, esas que venden en los semáforos; hay para todos los gustos.

—Mirá Johan, la gente no debería ser tan crédula, aunque eso les sirve para ver la vida con esperanza, y también con temor.

El Adán estaba alegando con su traída, entonces me acerqué a ver que pasaba, líos de patojos; cuando voltee el chavo se había ido.

Como no le pregunté su nombre, le dije al Adán: vos, ¿cómo se llama ese maestro con el que estaba hablando?

—Puta Johan, ¿cómo así? Ni modo que ya andás borracho, si ni siquiera es medio día; vos hablando con la pantalla estabas; yo pensé que estabas hablando con tu hija por Skype.

Le conté lo que me había pasado.

—¡Ah!, vos a quien viste fue al guardian de los hoaxes, un chavo que se murió por creer en esas pendejadas, dicen que se aparece en los cafés internet, para evitar que otros crean y les pase lo mismo que a él; sos el segundo que lo mira en esta semana.

Ya ven pues, de repente estoy cayendo en la sicosis colectiva, o quizá me estoy volviendo esquizofrénico, cosas de viejo pajero; vaya que viene la semana santa, hay que descansar un poco, relajarse, prepararse para sufrir el sitio que le ponen al centro histórico.

Salú pue.

viernes, 27 de marzo de 2009

Paranoia

Sobrevivir el día a día en Guatemala, valga la frase trillada, se ha convertido en verdadera hazaña. Uno sale y no sabe si regresará, se le oye decir a mucha gente, aunque eso ya lo decía mi madre hace muchos años, imagínense, todavía lo recuerdo: metete temprano vos Johan, y a aquel famoso: el que nada debe nada teme, que le respondía yo, ella volvía con otra frase: Ajá, pero no basta con serlo, hay que aparentarlo, y a vos ese tu pelo ya te creció demasiado, parecés delincuente. En nuestros días sería algo como lo que el Jonás le dice a su hijo de 17 años: cuidadito te hacés un tatuaje vos, te lleva la policía y te meten con los mareros.

El asunto es que hemos crecido y vivido en un sistema que nos obliga a estar alertas todo el tiempo. A la par de los sucesos violentos, el imaginario colectivo se encarga de alimentar y hacer crecer los miedos.

El otro día, invitado por un amigo, aunque ahora que lo pienso creo que no entra en esa categoría, paré en una reunión de aquellas en donde tratan de convencerlo a uno para que compre cierta cantidad de producto y luego se lo venda a alguien más, al tiempo que se debe convencer a otros para que entren al negocio; pero como yo soy duro de roer, no me vendieron nada; además me disgusta poner a los conocidos en situaciones incómodas, menos a los amigos.

El lugar estaba lleno, se notaba que muchos de ellos eran de esas personas que comen salteado, que no hacen sus tres tiempos de comida pues; es decir, comen poco, o lo hacen dos veces al día, dicen que están a dieta, la idea es no malgastar su dinero en alimentos, para que les alcance para el celular caro y la bisutería fina, que lucen en el cuello y muñecas; pero ya me puse a pelar gente, esa no es mi intención, soy pajero, no chismoso.

La cosa es que, de pronto, me encontré en medio de un grupo que tampoco había comprado nada, claro que estaban aprovechando las boquitas y bebidas gratis, hasta traguitos había. La conversación derivó hacia el tema de la violencia: mataron a otro piloto ayer; vieron la balacera en la Reforma; los zetas asesinaron a un grupo de gente (qué país de cuarto mundo seremos, cuando el narcotráfico mexicano nos manda a los zetas, ni siquiera a los A, B o C); es que quieren liberar a su líder, el que está preso; comentarios como esos eran el común denominador; en esas pasamos un buen rato, hasta que alguien habló en primera persona: ya no se puede vivir aquí, anda uno todo miedoso, ya ni la hora, ni una dirección puede dar uno, porque cualquiera que se le acerque a uno puede ser un ladrón o marero; a partir de ahí, resultó que todos, directa o indirectamente, habían tenido un encuentro cercano con la violencia, como dicen: le pasó al amigo de un mi amigo. Comenzaron a contar que los habían asaltado en el bus, en el semáforo, en la calle, enfrente de su oficina, en el elevador, a sus hijos a la salida del colegio, en la fila de carros que se hace afuera del colegio, adentro del colegio; que los habían extorsionado, en su condominio, a todas las casas de su colonia, a las tiendas del barrio, a conocidos que trabajan en maquilas, por teléfono; cositas así contaban.

Lo curioso de todo es que, con el paso de los minutos y las historias, más de alguno llega a atribuirse el protagonismo de algo que no le sucedió. Contaban que habían sido vecinos de un capo; del jefe de una mara, de un extorsionador; y no faltó el que se había agarrado a balazos con un ladrón o quien ha recibido amenazas de secuestro, él y a su familia. Entonces salen a colación las leyendas urbanas, como aquella en donde un tipo armado, le da mil o dos mil quetzales, según quien haga el relato, a la persona que conduce el auto que lo sigue en la fila del semáforo, pues tuvo la paciencia de no bocinar cuando dio la luz verde; al tiempo que le tira el dinero por la ventanilla del auto le dice: Se acaba de salvar, hice una apuesta con mi amigo, si tocaba la bocina la mataba, al no hacerlo usted ganó este dinero, pues yo perdí la apuesta”. “Eso le pasó a una mi vecina”, dijo una voz.

Sin darme cuenta había pasado más de una hora, por lo que me despedí, suficiente con la vida real, como para seguir escuchando alardes, aunque en estos tiempos es difícil caer en la exageración.

Mientras iba en el bus pensé que el entorno violento justifica la paranoia, pero al mismo tiempo encontramos placer en contar experiencias relacionadas con el tema, sean reales o ficticias; incluso hay gente que se siente excluida, o rara, cuando apenas han sido robados por un carterista. Hay otros que consideran símbolo de estatus el hecho de haber sufrido un intento de secuestro, pues como todo mundo sabe, solo secuestran al que tiene dinero para pagar el rescate.

Les cuento lo que le sucedió a un amigo. Es el tipo más confiado del mundo, siempre le vivo diciendo que tenga cuidado, que se ponga pilas, que no sea baboso pues. Un día se le acercó un señor a preguntarle la hora, como no tenía reloj sacó su celular, a punto de verlo estaba cuando el tipo se lo arrebató y salió corriendo; una semana después le sucedió lo mismo, pero no habían terminado de preguntarle la hora cuando, sin mediar palabra, arremetió contra la persona, y al tenerlo en el suelo le dijo: una vez le pasa al ciego; ante tal reacción, el agredido vociferaba: llévese todo lo que quiera, pero ya no me pegue.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: ARMERÍA LA PISTOLITA.

viernes, 6 de marzo de 2009

Cumpleaños

Contar los años es algo que había decidido no hacer, desde que cumplí sesenta, hace dos años, lo juré. Saberse de la tercera edad no es agradable, aunque en mi caso no ha sido traumático, pues cuando uno es de color oscuro las arrugas tardan más en aparecer o en hacerse notar; además suceden cosas que logran que uno se ubique, o que se dé paja; como cuando intenté subir a la camioneta sin pagar, mostrando mi carné de viejito y me dice el chofer: moreno, no se haga el brocha, pague su boleto, que usted está más pollón que yo. De cualquier forma, ya saben lo que dicen, eso de estar viejo es más un estado de la mente y no del cuerpo.

Hace unos días un patojo se le escapó de las manos a la mamá, yo estaba en el internet del Adán y alcancé a ver cuando quiso atravesarse la calle; salí corriendo tras él, justo a tiempo para detenerlo, así evité una tragedia. La madre, entre asustada y agradecida, me dijo: que bueno que estuvo listo joven, gracias por agarrar a mi hijo. Las palabras de la doñita alimentaron mi ego, haciendo que se fuera más arriba de donde usualmente se mantiene.

Es inevitable llevar la cuenta de los años, los que tengo, los que debo, si me hacen sufrir, si me causan dolor; lo cierto es que a mi no me duele nada, no se me olvidan las cosas, nada de problemas de próstata, ni señales de alzheimer, todo funciona de maravilla; ni siquiera la soledad, porque esa la alivian los cuates, las cuatas, mi blog y los amigos virtuales, que se fijan en todo, y vienen a dejar saludos de cumpleaños.

Pero como siempre hay un mosquito en la piña, un pelo en la sopa pues, no falta quien lo haga a uno aterrizar, les echo el cuento: Evita es una patojona que recién sobrepasó los cincuenta años, trabaja en la universidad, la conocí hace unos veinte, pero nunca fue nada mío (no le salió nada); eso sí, durante todo este tiempo ha sido fiel a los talleres, siempre comparte sus libros y cualquier material para discutir, es inteligente y culta, solo que carece de tacto la muchachita. Ayer vino con unos libros nuevos, con ganas de comentarlos, después del saludo le dije: Evita, no sé que hace usted, cada vez que la veo pienso que está exactamente igual que cuando la conocí. Ella me vio de pies a cabeza, y con total desparpajo liberó sus palabras: Johan, lamento no poder decir lo mismo.

Así que ya no me doy más paja, asumo mi edad y no me hago bolas, ya vendrá alguien a decirme: pase adelante joven, o patojón, o que estoy pollonazo.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: PASTELERÍA DOÑA VICKY

viernes, 20 de febrero de 2009

El profe Dennis

Me lo presentó la comadre, de inmediato nos llevamos bien, es muy leído el profe, autodidacta él, no se hace bolas, venera por igual a Borges y a Cortazar; pero la falta de pisto, como dice él, no le ha permitido leer a varios escritores modernos; le entra a todo, no se queja del Harry Potter, que leyó porque una alumna de básicos le prestó toda la colección; dice que es una historia bien bonita, que esa autora de plano se leyó a Tolkien y todo lo relacionado con las mitologías escandinava y anglo-sajona. Como es popular en el instituto, para su cumpleaños los patojos le regalan libros, bien amables ellos, siempre tratan de obsequiarle éxitos del momento; el año pasado, entre todos, le dieron la colección completa de Paulo Coelho; su opinión es que los libros tienen bonita portada, pero que al pelón ese no le va vestirse de negro. A los autores nacionales dice que no los ha leído, porque en tiempos de crisis hay que ser selectivo, además los libros ni llegan por allá.

El nombre Dennis evidencia su origen zacapaneco, aunque su acento remite a la vieja España; fue criado por la abuela, ella era vasca, pero se enamoró de un campesino y de las montañas, nunca volvió a la península; por eso sus padres la desheredaron. Así que el profe tampoco tuvo herencia, mucho retos si, sobre todo inteligencia, la suficiente para convertirse en maestro y erudito.

Mientras nos echábamos las cervezas, en la casa de la comadre, me contó de su viaje. Resulta que hace cinco años ganó un certamen de ensayo, organizado por una entidad venezolana, entonces lo invitaron para que fuera a recibir el premio. Imagínese Johan, dijo (no tutea, como buen patojo de pueblo, que respeta a sus mayores, él tendrá unos cuarenta y cinco años), yo parado ahí, en el Teresa Carreño, recibiendo el galardón, me sentía chiquitío, hasta se me salieron las lágrimas, pero que le digo a usted, si debe estar acostumbrado a esas ceremonias.

Me puse a pensar que la comadre había exagerado un poquitío cuando le habló de mi, por lo tanto le seguí el juego, total soy un pajero, además no quise desanimarlo, él creía que yo había ganado varios premios, quizá después alardearía de conocerme; inteligente si, pero también ingenuo el profe Dennis; si supiera que nunca he ganado ni un pequeño certamen de pueblo.

Después de unas cuantas chelitas, sacó de su maletín un libro, era la versión editada en Venezuela del ensayo ganador; como yo no tengo libros, para devolverle la cortesía le apunté en un papel la dirección del blog de cuentos pajeros.

El profe dio muestras de ser buen bebedor, en lo que yo me tomaba una, el iba con dos, y así sucesivamente; pero no perdía la compostura, ni cambiaba el carácter dicharachero y bromista. Aquí no me toman en serio Johan, dijo, mientras se inclinaba sobre la mesa, una vez me preguntaron, ahora que ya ganaste el ensayo, ¿cuándo te echás el de a deveras?” Chistes viejos por aquí, otros nuevos por allá, las horas de conversación se alargaban; medio pasado de cervezas prometí que leería su ensayo.

Como aquella pasamos varias tardes, demostró genuino interés en que los patojos se acerquen a la lectura, se quejaba de la falta de libros, del deterioro de la biblioteca, pues de los más de mil volúmenes originales ya solo quedaban unos doscientos, porque con el tiempo se los habían ido robando, que en un tiempo pedía donaciones, pero ahora ya ni eso, porque nadie tenía pisto. De todas formas, necio que es uno, planificamos iniciar un taller de poesía.

Llegado el momento de regresar a la capital, pasó a despedirse y me entregó el manuscrito de su novela. Púchica profe, también le entra a la novela, atiné a decirle.

Terminé de leer los libros del profe Dennis hace un par de días, me sorprendí dos veces. El ensayo está bien investigado, es ambicioso; analiza la herencia vasca obtenida de su abuela, haciendo contraste con la identidad chapina, concluye que no existe tal cosa; tiene la ventaja ser un texto que deja de lado el enfoque académico, acartonado, para ir en búsqueda de voz propia, es lectura agradable, a pesar de tener rescoldos barrocos, algo preciosista.

La novela es mejor, es de aquellas que cuando se leen termina uno diciendo, me hubiera gustado escribirla. La trama tiene elementos de magia, pero no es Asturias, quizá suene pretencioso, pero es una especie de reinvención, es fresca, debería publicarse.

Pensé en la autenticidad del profe, escribe porque tiene necesidad de hacerlo; perdido allá en su monte, le pela si lo publican o no, ni siquiera se molesta en buscar editores, recordé lo que dijo al respecto: para publicar en este paisito hay que besar algunos fondillos, eso no va conmigo; queda la opción de poner uno el pisto, con cinco mil quetzales sale regular la edición, luego hay que subirse a los buses y tratar de vender el libro, no vale la pena, igual escribo porque hay cosas que no puedo tener adentro.

Buena onda el profe, humilde, con su premio ganado en la república bolivariana de Venezuela, y su buena novela, él ocupa su tiempo pensando en como hacer para que treinta adolescentes campesinos se interesen por leer, al menos la infaltable María, de Jorge Isaacs.

Salú pue.

viernes, 6 de febrero de 2009

Yo bucólico

Me encanta la ciudad, no solo en Guatemala, también las que he podido conocer en otros países. En medio del caos surge algo de encanto, de mágico, no se me ocurren otras palabras para describirlo, me declaro un ser urbano (pero no ese Urbano Madel, el que escribe horóscopos); por eso me resisto a caminar lejos del centro histórico, y mucho más a salir de la ciudad; sin embargo, hay invitaciones que no se pueden resistir, menos cuando la comadre, la única que tengo, se pone necia y casi me lleva arrastrado para su casa del interior.

Hace unos días llegó a mi casa, venía con el marido y su hijo, tenía ratos de no verlos, el muchacho se puso enorme. Después de largas negociaciones me subieron al carro y partimos para Jalapa; o sea que tuve que abandonar la ciudad, pero ya regresé.

Llegué a la casa, nada ha cambiado, todo igualito, pero lleno de polvo. El único que me extraño fue el Adán, quería que le prestara unos libros, vos patojo tomás mucha Incaparina, ¿verdad?, le dije, porque sos fuerte, ni me has devuelto los que te llevaste desde el año pasado, así que no hubo más libros para él.

El viaje a provincia duró varias horas, pues decidimos tomar el camino más largo, con la idea de ver el paisaje. Salir poco ayuda a conservar la capacidad de asombro, por eso me pareció impresionante la cumbre de Miramundo; paramos un rato, para observar y estirar las piernas, en eso me dice el muchacho (por cierto, él no es mi ahijado, soy el padrino de la hija, ella se casó hace un tiempo): y’diai Johan, no trajiste la cámara ¿no?, yo que creí questos paisajes te serviríyan pa´tu blog; no, le dije, puso cara de asombro, al tiempo que sacaba el celular y decía: yo si voy a tomar unas, pa’mi blog; enfocó y cuando iba a disparar solo se oyó: ijuela, ya se chingo esta mierda. Suele pasar, pensé, si alguien de doscientas ochenta libras lleva en la bolsa de atrás del pantalón, durante tres horas, un pequeño aparato.

En mi memoria (como no se pudo en la del aparatito) quedó aquel atardecer, entre pinos, desde la montaña, con todos los valles abajo, aire fresco y colores intensos.

Ya instalado en casa de la comadre me quedé más tiempo del previsto, pero lo disfruté. Paseamos por un par de pueblecitos, fabricados de caña brava y lodo, me hicieron pensar que en cualquier momento aparecería Aureliano Buendía, Remedios la bella o el famoso coronel que no tiene quien le escriba (es una pequeña concesión que hago para los amigos colombianos, que amablemente visitan mi blog, no piensen que estoy plagiando, bien pude haber mencionado cualquier personaje de Asturias); los paseos vespertinos incluían caminatas por las calles del centro del pueblo, llenas de polvo; había un kiosko enorme, los domingos ponen marimba, a veces música de banda.

Es curioso darse cuenta que los fríjoles caldosos, con tortillas de maíz amarillo, queso fresco recién prensado y, de tomar, leche espumosa, tienen otro sabor, el meritito sabor podría decir. Sucede que en la ciudad es difícil encontrar comida con tal frescura, por eso los sabores originales se van olvidando.

Volví ayer, quizá me vaya de nuevo, en unos días, pero por trabajo, resulta que hice contactos con un maestro divertidísimo, con acento casi español, hijo de inmigrantes vascos, de los que huyeron de la guerra civil, para dar un taller de literatura en un instituto público de por allá, resulta que este año pusieron el bachillerato. Me pareció raro encontrar en la entrada de la casa una veladora encendida, pero luego caí en la cuenta que el terremoto de 1,976 fue por estos días. Según se dice, en esta casa murió un niño ese día.

Dormí como doce horas, luego salí a dar una vuelta, a respirar el aire del centro, a sentir los olores que nunca se olvidan. Contaminado, de nuevo, me dirigí al internet del Adán, me dijo lo de los libros, le eché vicks, como les conté arriba y me dispuse a contarles mi viaje.

Salú pue.