viernes, 6 de febrero de 2009

Yo bucólico

Me encanta la ciudad, no solo en Guatemala, también las que he podido conocer en otros países. En medio del caos surge algo de encanto, de mágico, no se me ocurren otras palabras para describirlo, me declaro un ser urbano (pero no ese Urbano Madel, el que escribe horóscopos); por eso me resisto a caminar lejos del centro histórico, y mucho más a salir de la ciudad; sin embargo, hay invitaciones que no se pueden resistir, menos cuando la comadre, la única que tengo, se pone necia y casi me lleva arrastrado para su casa del interior.

Hace unos días llegó a mi casa, venía con el marido y su hijo, tenía ratos de no verlos, el muchacho se puso enorme. Después de largas negociaciones me subieron al carro y partimos para Jalapa; o sea que tuve que abandonar la ciudad, pero ya regresé.

Llegué a la casa, nada ha cambiado, todo igualito, pero lleno de polvo. El único que me extraño fue el Adán, quería que le prestara unos libros, vos patojo tomás mucha Incaparina, ¿verdad?, le dije, porque sos fuerte, ni me has devuelto los que te llevaste desde el año pasado, así que no hubo más libros para él.

El viaje a provincia duró varias horas, pues decidimos tomar el camino más largo, con la idea de ver el paisaje. Salir poco ayuda a conservar la capacidad de asombro, por eso me pareció impresionante la cumbre de Miramundo; paramos un rato, para observar y estirar las piernas, en eso me dice el muchacho (por cierto, él no es mi ahijado, soy el padrino de la hija, ella se casó hace un tiempo): y’diai Johan, no trajiste la cámara ¿no?, yo que creí questos paisajes te serviríyan pa´tu blog; no, le dije, puso cara de asombro, al tiempo que sacaba el celular y decía: yo si voy a tomar unas, pa’mi blog; enfocó y cuando iba a disparar solo se oyó: ijuela, ya se chingo esta mierda. Suele pasar, pensé, si alguien de doscientas ochenta libras lleva en la bolsa de atrás del pantalón, durante tres horas, un pequeño aparato.

En mi memoria (como no se pudo en la del aparatito) quedó aquel atardecer, entre pinos, desde la montaña, con todos los valles abajo, aire fresco y colores intensos.

Ya instalado en casa de la comadre me quedé más tiempo del previsto, pero lo disfruté. Paseamos por un par de pueblecitos, fabricados de caña brava y lodo, me hicieron pensar que en cualquier momento aparecería Aureliano Buendía, Remedios la bella o el famoso coronel que no tiene quien le escriba (es una pequeña concesión que hago para los amigos colombianos, que amablemente visitan mi blog, no piensen que estoy plagiando, bien pude haber mencionado cualquier personaje de Asturias); los paseos vespertinos incluían caminatas por las calles del centro del pueblo, llenas de polvo; había un kiosko enorme, los domingos ponen marimba, a veces música de banda.

Es curioso darse cuenta que los fríjoles caldosos, con tortillas de maíz amarillo, queso fresco recién prensado y, de tomar, leche espumosa, tienen otro sabor, el meritito sabor podría decir. Sucede que en la ciudad es difícil encontrar comida con tal frescura, por eso los sabores originales se van olvidando.

Volví ayer, quizá me vaya de nuevo, en unos días, pero por trabajo, resulta que hice contactos con un maestro divertidísimo, con acento casi español, hijo de inmigrantes vascos, de los que huyeron de la guerra civil, para dar un taller de literatura en un instituto público de por allá, resulta que este año pusieron el bachillerato. Me pareció raro encontrar en la entrada de la casa una veladora encendida, pero luego caí en la cuenta que el terremoto de 1,976 fue por estos días. Según se dice, en esta casa murió un niño ese día.

Dormí como doce horas, luego salí a dar una vuelta, a respirar el aire del centro, a sentir los olores que nunca se olvidan. Contaminado, de nuevo, me dirigí al internet del Adán, me dijo lo de los libros, le eché vicks, como les conté arriba y me dispuse a contarles mi viaje.

Salú pue.

viernes, 30 de enero de 2009

Champurradas voladoras

¿Alguien puede imaginar la internet sin Google? Nel pastel, para nada, por su medio se encuentra toda la información necesaria e innecesaria, hasta lo más descabellado; como el significado del comentario que el maestro Dublín me dejó en los Cuentos pajeros, no fue difícil, ahí estaba, fue cuestión de teclear las palabras correctas.

No les voy a contar, a estas alturas de la vida, que entre tanto sitio de cualquier cosa, existen páginas que traducen esos regionalismos, pero existen, no miento.

Hay días en los que dan ganas de escribir algo, si es interesante para los demás mucho mejor, pero se tienen otras cosas en mente, la mentada crisis no nos deja en paz, entonces se pone uno a imaginar a la gente que le gusta pensar en la inmortalidad del cangrejo, cosa que yo no hago, porque he comido bastantes de esos bichos, por lo tanto he comprobado que no es posible.

El problema de ser obsesivo es que se tiende a querer, por todos los medios, despejar ciertas dudas, casi todas, todas pues. Por suerte basta con escribir las palabras en Google y aparecen todos los enlaces que hablan de la inmortalidad del cangrejo, son un montón, hasta hay universidades que ofrecen doctorados en el tema, eso ya es paja mía; lo cierto es que hay foros, grupos, blogs, páginas; todos tratando de descifrar el significado oculto tras aquellas palabras: La inmortalidad del cangrejo, leí en voz alta, mientras apoyaba la barbilla entre el dedo índice y el pulgar de mi mano izquierda.

Metido en esas honduras filosóficas, busqué champurradas voladoras, expresión guatemalteca que se refiere a lo mismo, o sea, a la inmortalidad del cangrejo; pero ¿qué creen? Cero resultados, tal parece que la frase no es tan popular como yo pensaba, de hecho, recién ahora recuerdo que solo la he escuchado mencionar por una patoja que llegó durante un tiempo al taller, ella aseguraba que en sus años de colegio todo mundo la decía. Pues para no dejarlos con la inquietud, voy a tratar de explicar un poco el rollo.

Para comenzar, en tono doctoral, imitando al maestro Piláz, diré que la etimología de la palabra champurrada proviene, digo yo, de chapurreada, voz que alude a: mal hecho, torpemente fabricado, y que da nombre a una especie de galletas circulares, elaboradas sin molde, palmeadas, algunas veces cubiertas con semillas de ajonjolí, son doraditas, delgadas, crujientes, de la familia del pan de manteca o dulce, parte de la dieta básica del guatemalteco y acompañante favorito para el café; incluso una marca se comercializa a nivel internacional como: galletas para café.

La champurrada es parte integral del ritual del cafecito. En Guatemala no se toma café, se toma cafecito, con diminutivo, y no se sirve una taza, se sirve una tacita, aunque sean recipientes grandes, como los pocillos de peltre que todavía se ven en algunos mercados.

Este país se precia de cultivar el mejor café del mundo, aunque dicen lo mismo en Colombia y Costa Rica, también en Brasil, todo mundo es exagerado (ya ven que lo mismo sucede con los centros comerciales, todos los países de Centroamérica tienen el Mall más grande de Centroamérica); a pesar de lo bueno que pueda ser el grano de por acá, la gente no tiene cultura de tomar buen café (hasta en años recientes se empieza a cambiar el gusto), entonces se toma bastante ralo, de mala calidad, agüita de calcetín que le dicen; la culpa la tienen las doñitas de antes que, por no desperdiciar, hervían agua varias veces sobre el mismo café; a eso se agrega que la costumbre es endulzarlo mucho, al grado que se llega a preguntar: ¿desea un poco de café para su azúcar? Eso sí, el mejor complemento siempre es una champurradita.

La tradición manda: mojar la champurrada, o sea introducir el panito dulce, en la tacita de café, para humedecerla y suavizarla, cosa que se ve mal, pero no hay guatemalteco que resista hacerlo; por lo que, al final, ha sido aceptado socialmente.

Volviendo al rollo de las champurradas voladoras, la expresión se dice cuando alguien habla sin sentido, o se queda mirando al horizonte, pensando en nada; es una metáfora, nada más, porque no creo que haya guatemalteco capaz de lanzar al aire una deliciosa champurrada.

Espero que, de ahora en adelante, si alguno quiere goglear la expresión, llegue a mi blog.

Salú con un cafecito pue.

viernes, 23 de enero de 2009

Un poquito más de lo mismo

Cuando enero ha pasado de la primera quincena todo mundo dice que el año va rápido, que cuando sintamos ya estaremos en Semana Santa, que los días se van volando; en fin, las referencias a la velocidad del tiempo son incontables; cosa rara, si se toma en cuenta que los años, los meses, los días, los minutos, los segundos, todos, siempre han tenido la misma medida.

Los inicios nos desubican, dan hueva, siempre he pensado que, luego de terminado un año, debería existir un margen de unos ocho días antes que inicie el nuevo. Sería un lapso de transición, de renovar fuerzas; claro que son cosas innecesarias, lo que pasa es que somos extraños, pues ya sabemos cuando terminará, como terminará y, sin más espera, que empezará el siguiente, la cuenta va de nuevo.

Uno piensa que habrá cambio, pero la novedad se va perdiendo en la medida que febrero se acerca, que los patojos vuelven a clases, cuando el tráfico se pone aún más insoportable. La rutina es la misma, hay que mantener la actitud, al menos el precio de la gasolina bajó algo; pero se viene la crisis, dicen todos, este año si nos va a golpear, como si no siempre hubiera sido lo mismo, aunque ahora todos tienen la esperanza puesta en San Obama, ese patojo si que se las verá negras.

Las cosas no se detienen, no hay continuación, siguen de acuerdo al rumbo que uno determine. Por supuesto que siempre hay elementos externos, la violencia, la fuerza de la naturaleza, pero hay que estar alertas, el manual de sobre- vivencia básico se reduce a una sola frase, lo único memorable que dejó VIP (se acuerdan de la película): vivo te quiero.

Ya ven como todos los años empiezan igual, haciendo recuentos de esto o de aquello; que si el primer año del gobierno, que si la violencia se incrementó, que si la inflación superó las metas, que los propósitos del nuevo año; luego, cuando ya ha pasado junio, volveremos a decir: alagran, qué rápido se fue el año, ya viene navidad otra vez; y vuelta a sufrir porque se ha gastado el bono 14, los que reciben; y a esperar el aguinaldo, los que todavía tengan chance; y a pagar la inscripción del colegio del otro año, los que puedan pagarlo, cada vez lo cobran con mayor anticipación.

Les dejo las palabras de aquel famoso sabio, al que le gustaba partir niños en dos: Vanidad de vanidades, todo es vanidad; da la impresión que tenía contrato publicitario con esa revista, por eso les recuerdo que también existen otras, Cosmopolitan, por ejemplo; digo que todavía existe, o de perdida la revista Amiga. Son todas iguales.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: CHUCHITOS DOÑA CHONITA.

viernes, 9 de enero de 2009

Vuelta a la página

No quisiera seguir hablando de las navidades y los años nuevos, pero ya ven, en la medida que uno se pone viejo se hace más difícil arrancar la última hoja del calendario.

El rollo es que la navidad pasada estaba dispuesto a hacer concesiones, celebrar, pero como las cosas se trastornaron a último momento, entonces me puse a buscar otras opciones, claro que sin muchas ganas.

Afortunadamente los cuates siempre están a la orden; el Adán ofreció su casa, la de su mamá pues, pero eso de posar en navidades no me gustó; así que me contenté con acostarme temprano.

Después de calentar un par de tamales, de los que me regalaron la mamá del Adán, la vecina, la esposa del Beto, el Dieguito, en fin, los que me conocen, y sabían que iba a estar solo, enviaron el respectivo tamalito, paré reuniendo como quince, de todos colores. Cada casa tiene su modo de hacer tamales, habían de arroz, de masa, de marrano, de pollo, la dueña de la casa me presumió que los suyos eran de gallina criolla.

Me despaché uno de arroz y el otro de maíz, ambos de carne de cerdo. Los negros los dejé para otro día, esos venían con dedicatoria especial, pero como no me gustan mucho, por el sabor dulzón que dejan, los guardé; aunque a estas alturas del año ya se fueron feitos.

A las siete de la noche apareció el Jonás, venía a invitarme al culto, dijo que los niños de la iglesia iban a presentar una pastorela, que comenzaba a las ocho, le dije que me iba a acostar temprano, pero luego me animé, al fin que, pues nada, igual no creo en dios, pero reírse un rato de las payasadas de unos niños me permitiría salir. Si me quedaba en casa, dormido, luego la cuetería de las doce me iba a despertar, eso me pone de mal humor.

La iglesia del Jonás es un local comercial reacondicionado para fungir como tal, tiene poca decoración, las señoras colgaron unas cortinas rojas para simular un escenario, al mismo nivel del suelo, apenas éramos unas veinticinco personas, casi todos padres de los niños que desfilaron como reyes magos, pastores, un ángel y, por supuesto, José y María. La novedad era que el niño Jesús era un niño de verdad, el nieto de Marina (quien no se llama así, tengo que recordarlo), para más señas, y ahí estaba ella, con la mirada altiva, aparentando que no me había visto (quizá era yo el que estaba pensando pajas), hasta que su hija la codeó, entonces me dirigió una sonrisa de cajera de Mc Donalds.

Me arrepentí de estar ahí, por un segundo, luego pensé: ella se lo pierde, no es cierto, no soy tan arrogante, pero me despreocupé y seguí disfrutando el show.

La pastorela estuvo de antología, el bebé (que tiene un año), lloraba y lloraba, la patoja que hacía de María no podía calmarlo, José parecía angustiado, los trajes de los reyes magos eran vestidos de noche femeninos, salidos de alguna paca, cubiertos con capas que parecían faldas largas, de satén y terciopelo negro.

Cuando el Jonás comenzó la prédica (la cosa duraba hasta medianoche) mejor me salí. Me fui caminando a la casa, fumándome un cigarro, Marina (quien no se llama así, disculpen la necedad) venía de regreso, había llevado al nieto a su casa, ella volvía por la hija, pues se había quedado a esperar al novio, él canta en el grupo de alabanza.

Al estar cerca, bajó la cabeza, y en voz baja dijo: Feliz Navidad Johan. Supongo que esperaba una disculpa por publicar su vida en el blog, no lo hice; en realidad no creo haber violado alguna regla, pero bueno, la saludé, nos dimos el abrazo y seguí para la casa. Tres pasos adelante giré la cabeza, casualmente ella también lo hizo, fue entonces que dijo: gracias por el libro, está muy interesante, tal vez un día de estos lo discutimos.

Recordé que le había regalado una versión bastante buena de Las mil y una noches, los cuentos tal como son, eróticos, me lo encontré en una librería de viejo.

Salú pue.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Solo


Esta navidad será como la canción del Buki, en esta soledad. La culpa la tiene este placer onánico llamado blog. Siempre he sabido que estas páginas llegan a unas cuantas personas, que la capacidad de convocatoria no es mucha, pero entre los pocos que leen, tarde o temprano lo hace la persona que uno no quiere que lo haga.
Nunca he sido de los que se censuran al momento de escribir, me gusta hacerlo, lo siento necesario; luego publicarlo son otros cinco centavos. Claro que si se toman en cuenta los pocos comentarios, pues como que todo se reduce a compartir con un pequeño grupo de amigos, a quienes se les tiene confianza, aunque la mayoría escriba de lejos, España, Colombia, Argentina, Estados Unidos, Chile, Perú, Dinamarca, por mencionar algunos; entonces eso da cierto grado de seguridad; ya ven, con el tiempo hasta les he compartido mis intimidades; eso sí, tratando de ser lo más apegado a la realidad, no como en la adolescencia, cuando uno contaba acerca de grandes hazañas, muchas de ellas inventadas. En fin, el blog atrapa, lo obliga a uno a decir más de la cuenta, pero no me arrepiento, pese a las consecuencias.
Todo este rollo viene a cuento porque Marina (quien no se llama así, recuerdan) tiene varios días de no querer hablarme.
Al principio pensé que tenía problemas con su teléfono, la llamé unas cuatro veces, en días distintos, no vayan a creer que soy aprehensivo, y no respondió; supuse que no tenía señal, que no tenía saldo, que estaba ocupada, no le di importancia, llegado el momento ella devolvería la llamada.
Estoy consciente que las mujeres le dan significado especial a estas fechas navideñas, así que hace un par de días fui a su casa, a llevarle un regalito, a invitarla a una posada, quería ponerme a tono. En su casa me dijeron que no estaba, que la llamara al celular; como no me hago bolas, dejé el regalo, llegado el momento ella aparecerá.
Estaba posteando el cuento del Oliverio, el que trabaja en un gimnasio, cuando el Adán me soltó: Vos Johan, ¿ ya le pasó la furia a la doñita? Como le puse cara de signo de interrogación, siguió contando: fijate que ella estuvo aquí, en el internet, el otro día, y de plano leyó tu blog, porque dijo en voz alta, que se cree ese Johan, que yo soy la Nicté, para que ande contando mis historias eróticas en la red, ahora a saber en dónde voy a meter la cara, porque le he contado a mis amigos que él escribe un blog. Una cosa es darse permisos, pero otra es andarlo divulgando.
Fui a buscarla, sin tener claro el motivo, pues como dije antes, no me arrepiento de haber publicado acerca de ella. No la encontré.
La señora de la tienda de la esquina me dijo que se fue a pasar la navidad con unos amigos, que solo eso sabía. No me voy a complicar la vida, pasado el tiempo olvidará.
Bueno, por el momento creo que ventilare mis intimidades en lo recóndito del patio de mi casa, que es particular, pero se lava y se plancha como los demás. Eso es paja, ya lo saben.
Salú, feliz navidá pue
PD. Este blog entra en pausa por unos días, regreso en enero-09; no cambien la sintonía.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La carta

Johan, querido, no sé que estarás pensando...

En el principio fue la confusión.

...cuando tomaste mi mano...

Tomé tu mano, ofreciste los labios,

...sentí que el deseo me atacaba, tu rostro estaba tan cerca del mío que no pude sino entreabrirlos para besarte.

quise besarte, despacio, poco a poco, con cautela, fuiste todo lo contrario.

Tengo que decirlo, tus besos son lo que yo esperaba, el sabor de tu aliento es delicioso.

Fueron besos apasionados, es necesario utilizar el lugar común, algo se desató, tus labios, tus dientes, la humedad en mis mejillas, el sudor en mi frente, un erizo en el cuello, tu furia, contenida de años, el calor.

No sé si puedas creerme, pero no suelo ser así de aventada con los hombres.

Tus manos en mi camisa, en los botones, mis manos en tus pechos, en tu suéter, los besos, el abrazo fuerte, la camisa terminó en la cama, el suéter en tus manos, quedé en desventaja, por unos momentos, luego tu blusa cedió.

Creo que las mujeres no debemos negarnos nada a nuestros propios cuerpos, había deseo en ambos y sólo traduje lo que sentí que me provocabas, aunque creí que querías detenerte, no sé, supongo que siempre hay un momento de duda.

No hubo duda mujer, temor al compromiso, indecisión tuya, curiosidad.

Supe que ya no nos detendríamos cuando me jalaste hacia la cama, el sofá no estaba tan incómodo, te lo aseguro, pero me levantaste y me llevaste por ese laberinto de libreras que usas de separación para tu dormitorio.

Como si conocieras el camino, te levantaste del sofá, solo fui el guía, caminaste entre las libreras, tuve suerte de haber cambiado sábanas, luego la cama crujió.

Espero que no te hayas molestado porque me adelanté con el preservativo, comprende que a mi edad todavía puedo concebir y, bueno, las enfermedades, más vale prevenir.

Antes que yo, quién sabe de donde, sin dejarme intervenir, sacaste un preservativo, me lo pusiste.

Johan, la verdad es que lo hicimos bien, tu ritmo y mi ritmo, lo que deseábamos ambos, incluso jugueteamos con algunas fantasías, no me puedo quejar, estuvo buenísimo. No creas que no me avergüenza lo que piense la dueña de tu casa, pues casi tira la pared, supongo que debo cuidar mi volumen para la próxima.

Fue bueno, gritaste, me lo diste a entender, la dueña de la casa, quien vive justo al lado, golpeó la pared, pedía que nos calláramos, tiempo después quedamos tendidos, pensé que te quedarías, llévame a casa dijiste, lancé un putazo en la mente, quería descansar un poco, recuperar el aliento, insististe, mencionaste la hora, accedí, para mi fortuna no vives lejos, caminamos, el frío de noviembre caló, te dejé en la puerta, me besaste a medias, hubiera querido que te quedarás en mi casa, pero no te presioné.

Si no quise quedarme toda la noche es porque no quiero compromisos Johan. No me interesan las relaciones largas, de ninguna clase. Tenía miedo porque se dice que los negros… bueno, lo comprobé. Gracias por hacer realidad mi fantasía, hace años que quería comprobar todos esos mitos y me gustó mucho, en verdad Johan, la próxima vez que hablemos no menciones mi carta, no menciones lo que hicimos, solo hagamos que se repita, volverá a pasar, pero no te digo cuando, depende de tus deseos y de los míos, no te preocupes por el compromiso, no hay nada de eso, esta es una relación madura, somos adultos, dos personas que se gustan y se desean. Besos.

Doblé la carta, me senté, preparé café, suspiré y entonces pude reír; tantos años en Guatemala, varias mujeres después, vengo a encontrarme una que se conoce, que se da permisos, a pesar de la carta. Creo que ahorraré para comprar una cama nueva.

Salú pue.

viernes, 5 de diciembre de 2008

El taxi, la casa y el hombre viejo

Subiste al taxi, callada, no hablaste durante varias cuadras, quizá tratabas de leerme la mente. Pensaba en la crisis, en los cuates que no han llegado al taller, en que también tengo corazón, y los sentimientos generados en el cortejo son agradables, permiten pasar buenos momentos. Ahora que el taller no ha tenido continuidad, los patojos han encontrado actividades alternas, te has convertido en un respiro, una plática agradable, salida al cine, cenita en casa, almuerzo con familia.

Me sorprendió la propuesta de ir a mi casa, entré en pánico, no podía recordar si recogí mis calcetines, mis calzoncillos, ¿se habrá metido el gato de la vecina? Siempre deja orines y heces, le gusta ese rincón del baño. ¿Hace cuanto cambié las sábanas? ¿dejaría restos de comida al lado de la computadora? Cuando uno vive solo no se preocupa de los detalles, el sofá se hunde entre capas y capas de objetos, libros, revistas, volantes publicitarios, estados de cuenta, ropa que no encontró su camino al clóset.

En el silencio pude observarte, percibí un pequeño brillo, una lejana excitación, me concentré en tus ojos, te tomé la mano, estaba fría, sentí la adrenalina subiendo por tu cuerpo, ambos en un estadio intermedio entre el miedo y la expectación. ¿Hace cuanto tiempo que no le pedías a un a un hombre que te llevara a su casa? proponerle algo más. Lo mío llegaba al terror, meterte en mi cama llevaba implícito el riesgo de algo más, una relación, un compromiso, soy paranoico. Era inevitable evocar las mujeres que se han enamorado de mí, con las que no he querido nada en serio; en este país es difícil que una mujer se dé libertades.

Acaricié tu mano, con la yema de mis dedos, entonces mi paranoia me dijo que tenías miedo, que quizá estaba forzando la situación, quise calmarte, pero me devolviste una sonrisa, lo hizo a la fuerza me dije, le salió artificial.

Ya en la puerta de mi casa sentí el deseo de decir: ¿segura que quieres entrar? pero me contuve, esas demostraciones de corrección suelen ser interpretadas como inseguridad, he aprendido que a las mujeres no les gusta eso. Para mi era el último chance de escapar de lo que, según mi paranoia, tu creías era un compromiso.

Dejé notar mi nerviosismo al abrir la puerta, las llaves se cayeron un par de veces, reímos, sirvió para liberar la tensión.

Mi casa no es una casa, es un apartamento del centro de la ciudad, una habitación enorme, un baño al final del corredor, medio patio (la dueña lo partió con una pared), un garage y una cocineta pequeña. La habitación tiene frisos y molduras de otra época, creo que se trataba del salón o sala principal, al fondo del patio quedaron chunches viejos, algunos aprovechables, como el escritorio, cuatro sillas que tengo para usar con una mesita cuadrada, de esas que venden por cien pesos en la avenida Bolivar. Es raro, no me había pasado antes, pero hubiera querido tener algo mejor que la cama de metal barnizado, que cruje horrores, sentí que el colchón de algodón apelmazado y las libreras que sirven de biombos, y dan una falsa sensación de privacidad, eran poca cosa. Cuando viniste a invitarme al fiambre dijiste que te parecía uno de esos lofts industriales de Nueva York. Siempre pensé que ese día fuiste condescendiente. Para mi fortuna todo estaba más o menos limpio, aunque sobre el sofá amarillo huevo, que me regaló la mamá del Adán, cuando compró uno más decente, tenía mi traje beige, el portafolios, zapatos y dos camisas recién lavadas, además de un par de calzoncillos, de esos de abuelito (también recién lavados). Reíste mientras recogía todo, y lo colocaba en un rincón, con la clásica frase: lo siento pero no he tenido tiempo de limpiar; al menos no habían restos de comida. Sólo un vaso que apareció debajo del sofá, con un material verdoso adentro.

Me senté a tu lado, te ofrecí agua, un café, habías visto el vaso, no te arriesgaste, no te preocupes, estoy bien, sólo siéntate a mi lado, dijiste.

Conversamos un rato, actué como un chaval enamorado, quería estar más cerca, pero no me atrevía, no soy tímido, rara vez me pasa, pero percibía temor en tus ojos. Ahora que leo tu carta me doy cuenta que estaba equivocado.

Salú pue.