Me encanta la ciudad, no solo en Guatemala, también las que he podido conocer en otros países. En medio del caos surge algo de encanto, de mágico, no se me ocurren otras palabras para describirlo, me declaro un ser urbano (pero no ese Urbano Madel, el que escribe horóscopos); por eso me resisto a caminar lejos del centro histórico, y mucho más a salir de la ciudad; sin embargo, hay invitaciones que no se pueden resistir, menos cuando la comadre, la única que tengo, se pone necia y casi me lleva arrastrado para su casa del interior.
Hace unos días llegó a mi casa, venía con el marido y su hijo, tenía ratos de no verlos, el muchacho se puso enorme. Después de largas negociaciones me subieron al carro y partimos para Jalapa; o sea que tuve que abandonar la ciudad, pero ya regresé.
Llegué a la casa, nada ha cambiado, todo igualito, pero lleno de polvo. El único que me extraño fue el Adán, quería que le prestara unos libros, vos patojo tomás mucha Incaparina, ¿verdad?, le dije, porque sos fuerte, ni me has devuelto los que te llevaste desde el año pasado, así que no hubo más libros para él.
El viaje a provincia duró varias horas, pues decidimos tomar el camino más largo, con la idea de ver el paisaje. Salir poco ayuda a conservar la capacidad de asombro, por eso me pareció impresionante la cumbre de Miramundo; paramos un rato, para observar y estirar las piernas, en eso me dice el muchacho (por cierto, él no es mi ahijado, soy el padrino de la hija, ella se casó hace un tiempo): y’diai Johan, no trajiste la cámara ¿no?, yo que creí questos paisajes te serviríyan pa´tu blog; no, le dije, puso cara de asombro, al tiempo que sacaba el celular y decía: yo si voy a tomar unas, pa’mi blog; enfocó y cuando iba a disparar solo se oyó: ijuela, ya se chingo esta mierda. Suele pasar, pensé, si alguien de doscientas ochenta libras lleva en la bolsa de atrás del pantalón, durante tres horas, un pequeño aparato.
En mi memoria (como no se pudo en la del aparatito) quedó aquel atardecer, entre pinos, desde la montaña, con todos los valles abajo, aire fresco y colores intensos.
Ya instalado en casa de la comadre me quedé más tiempo del previsto, pero lo disfruté. Paseamos por un par de pueblecitos, fabricados de caña brava y lodo, me hicieron pensar que en cualquier momento aparecería Aureliano Buendía, Remedios la bella o el famoso coronel que no tiene quien le escriba (es una pequeña concesión que hago para los amigos colombianos, que amablemente visitan mi blog, no piensen que estoy plagiando, bien pude haber mencionado cualquier personaje de Asturias); los paseos vespertinos incluían caminatas por las calles del centro del pueblo, llenas de polvo; había un kiosko enorme, los domingos ponen marimba, a veces música de banda.
Es curioso darse cuenta que los fríjoles caldosos, con tortillas de maíz amarillo, queso fresco recién prensado y, de tomar, leche espumosa, tienen otro sabor, el meritito sabor podría decir. Sucede que en la ciudad es difícil encontrar comida con tal frescura, por eso los sabores originales se van olvidando.
Volví ayer, quizá me vaya de nuevo, en unos días, pero por trabajo, resulta que hice contactos con un maestro divertidísimo, con acento casi español, hijo de inmigrantes vascos, de los que huyeron de la guerra civil, para dar un taller de literatura en un instituto público de por allá, resulta que este año pusieron el bachillerato. Me pareció raro encontrar en la entrada de la casa una veladora encendida, pero luego caí en la cuenta que el terremoto de 1,976 fue por estos días. Según se dice, en esta casa murió un niño ese día.
Dormí como doce horas, luego salí a dar una vuelta, a respirar el aire del centro, a sentir los olores que nunca se olvidan. Contaminado, de nuevo, me dirigí al internet del Adán, me dijo lo de los libros, le eché vicks, como les conté arriba y me dispuse a contarles mi viaje.
Salú pue.
El tambo — Capítulo 4
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—Joven, hágame el favor, por vida suya, ayúdeme a subir el tambo por la
puerta de atrás.
Un poco de esfuerzo y el tambo quedó acomodado. El brocha apurab...
Hace 13 años