jueves, 9 de septiembre de 2010

El transmetro, el transurbano, los buses rojos se extinguen, cambios en el centro histórico, mudanzas obligadas; todas aventuras urbanas de un viejo.

El centro histórico ha cambiado mucho en el último mes, principalmente porque de la sexta avenida ya no queda nada. Uno extraña esas cosas, las ventas digo, no es que me la pasara comprando todo el tiempo, pero saber que estaban ahí era un alivio, porque siempre que necesitaba algo solo daba unos pasos hacia la sexta y lo compraba; ahora hay que caminar hasta El Amate.

Pero es cuestión de acostumbrarse, a estas alturas ya me aprendí las nuevas rutas del trasporte urbano y he estado utilizando el Transmetro; si voy de prisa pues consigo un taxi, como dicen los brochas. El rollo no ha sido fácil, más porque soy un tipo acomodado a la rutina, aunque también soy de los que aprenden de las experiencias. Por ejemplo, el otro día me subí al Transmetro expreso, el que solo para en el Trébol y luego se va directo hasta el Cenma, me tocó que dar la vuelta completa, pero les aseguro que eso no vuelve a sucederme. Supongo que para entrar a la modernidad hay que sufrir un poco, la ciudad está pariendo la nueva era; eso sí, dios me libre de la posmodernidad, mejor ser viejo pasado de moda que patojo posmoderno.

Como soy rebelde y no me gusta hacer colas, menos ponerme a dar todos mis datos, no compré la tarjeta del Transurbano (miren pue, que chilero, ahora tenemos Transmetro y Transurbano), por lo que he seguido utilizando los buses rojos; pero las rutas han cambiado, o sea que un día de estos me veré obligado a conseguir una de esas tarjetitas, igual habrá gente que las estará revendiendo, o algún otro que la alquile, y no faltará quien quiera dejarla en garantía, diciendo: Mire usté, le dejo mi tarjeta, tiene Q8.00 todavía, deme Q5.00 y es suya.

Pero no solo la ciudad ha cambiado, también la blogósfera, ahora hay menos mara que anda fregando al prójimo y se quedaron publicando algunos pocos, nada más, los necios diría yo, o para decirlo más elegante, los que tenemos algo que decir (yo el pretencioso). Parece que la onda blog está extinguiéndose, aunque siempre surge uno que otro experimento grupal, gente que se toma muy en serio sus bitácoras. Yo soy un dinosaurio, pero a diferencia de mis antepasados, no me extingo, me adapto (otra vez yo el pretencioso).

El caso es que los cambios no paran, lo digo pues estoy inmerso en su vorágine (ya ven, también echo mano de los lugares más comunes). Verán, luego de las diferentes tormentas, de arena, de agua, y de más agua, el techo de la casa demostró su fragilidad. Algunas de las vigas, todas muy viejas, se desplazaron, lo que provocó que se abrieran unas cuantas goteras, luego otras, y otras, por lo que se hizo imposible seguir así, era como estar bajo la ducha todo el tiempo.

Resulta que la dueña de la casa tenía varios meses de estar solicitando autorización para remodelarla, y hace unas tres semanas, finalmente, le dieron el permiso. Papel en mano, se asomó a la puerta de cada uno de los inquilinos y nos dijo: Calabaza, calabaza, tenemos que desocupar la casa. Así es que desde entonces ando como judío herrante (no vayan a pensar que me confundí, es que tengo un cuate que se dedica a hacer puertas y balcones de metal y además es judío; el caso es que como no paga la renta tiene que andar de arriba para abajo a cada rato, y ya saben lo que dicen, herrar es de herreros), buscando en dónde meter mis escasas cositas y mis muchas mañas.

La primera semana estuve en San Lucas, pues la casa que me pusieron a cuidar para semana santa estaba libre, y mi amiga, tan linda ella, me la prestó; pero como soy un malagradecido, luego me aburrí del canto de los pájaros y mis pulmones comenzaron a extrañar el smog.

Hablé con el Adán, pero anda de padre y esposo fiel (no en la misma familia), buena onda aquel, pero no pudo darme posada. Para mi fortuna la gringa que el Beto se había conseguido se regresó a los USA, por lo que me dijo que en su casa había espacio. Como no soy un gorrón le dije que podía pagarle, que solo sería por unos días, en lo que encontraba un apartamento, otra vez, en la zona 1.

Hace unos días me mudé a uno que encontré cerca de la 17 calle. Está bien calidá, pero no sé si voy a estar mucho tiempo por ahí, todo es asunto de adaptarme al lugar.

Ya ven pue, sigo por estos lares, publicando de vez en cuando. Como dije, yo no desaparezco, me adapto, cosa que es paja, porque mientras todos se han mudado al feisbuk y al mentado tuiter; yo sigo bloguiando.

Salú pue.

jueves, 22 de julio de 2010

No iba para la feria, pero fui y, de nuevo, no me gustó; pero fui testigo del exabrupto de una diva

La feria del libro, la FILGUA, los puestos de venta de libros que ponen en el Parque de la Industria; las áreas que preparan para que poetas, poetos, escritoras y escritores echen el párrafo y la lectura; todo eso podría ser bien bonito, bien lindo, bien chilero pues; aunque quizá lo es, de repente lo que sucede es que, finalmente, la vejez ha hecho que pierda el gusto por las cosas que antes me gustaban, como diría Cantinflas. El caso es que esta vez, otra vez, dije que no iría a la feria, porque no estaba interesado en ir a ver más de lo mismo: libros caros y malos, lecturas repetidas, con la misma gente de siempre digo; y ¿saben qué?, si fui.

Venía del Trébol, en una camioneta de las que antes de llegar a la zona 1 pasan por la terminal. Cuando agarró la avenida La castellana reparé en que por ahí queda el Parque de la Industria, entonces me acordé de la feria; lo único que tenía que hacer era bajarme del bus, caminar una cuadra, pagar mis Q5.00 de la entrada y estaría en la feria del libro; entonces así lo hice; al rato ya andaba dando vueltas entre los puestos.

Por ahí me encontré con un cuatacho, aquel es buena onda, y muy famoso, por lo que todo mundo llega a saludarlo; además es muy políticamente correcto y tolerante, hace bien, pero eso mismo no le permite decir no cuando lo invitan a cualquier actividad, de ahí que me invitó a que lo acompañara a una lectura de poesía, a la que él había sido invitado minutos antes.

Entramos a un saloncito, ahí estaban unas poetas, cuatro eran ellas, sentadas en unos taburetes, descalzas, habían puesto unos petates para que quien quisiera se sentara cerca de ellas, y los que no, se podían sentar atrasito, siempre en el suelo. Se pusieron a leer su poesía, en turnos, sus textos eran alusivos a los cuatro elementos, así dijeron, bien lindas ellas. Escuché durante unos minutos, luego decidí que era suficiente, no quise seguir escuchando mala poesía leída por mujeres feas; no es cierto, hubiera querido elaborar esa frase, pero la poesía no era mala y ellas eran bonitas. Me salí de la lectura, mi cuate se quedó, él es un tipo muy considerado.

Me puse a husmear entre los stands, muchos libros, poca literatura, lo primero que uno se encuentra es el puesto en el que venden los libros en miniatura, como dice una mi amiga, bien guapa ella: los libros más pequeños del mundo son un éxito en Guatemala, una metáfora del tamaño de nuestra esperanza de salir del neolítico. Yo agregaría, que están justo al tamaño de nuestra cultura, me incluyo.

Me llamó la atención un cajero automático, me acerqué a verlo y ¿saben qué?, estaba abierto, o sea, el compartimiento en el que meten los billetes en cajitas, estaba abierto, como que lo habían forzado, la mara no le atina, se bailaron el dinero del cajero en plena feria del libro.

Más adelante encontré otros saloncitos, en el primero estaban haciendo la presentación de un libro. Un tipo estaba entrevistando a la autora, su técnica era bien chilera, denotaba una preparación tremenda, leía un párrafo del libro y la última frase la pronunciaba en forma de pregunta; la escritora se le quedaba viendo, al principio, y respondía con monosílabos; dos o tres preguntas después sucedió algo raro. Resulta que el tipo seguía preguntando, pero ella ya no respondió, ni siquiera volteaba a mirarlo, se quedó como indignada, fue una cosa muy extraña, ella parecía ofendida; entonces el entrevistador se puso a responder él mismo las preguntas, la autora no hace comentarios, decía. Fue muy extraño aquello, el entrevistador se esforzó por seguir con la entrevista, fue tolerante con la autora, pero tuvo que dar por terminado aquel acto infame ante la negativa de ella a responder.

Fue muy ridículo. No sé si es que ella trató de hacer quedar mal al entrevistador, como diciendo, no vale la pena que responda preguntas estúpidas; pero para mí que ella fue la quedó mal; a la gente no le gustó y varios se levantaron y se fueron, en ese momento ella retomó la compostura y se decidió a hablar; pero mejor se hubiera quedado callada. No conozco a la escritora, ni me preocupé por preguntar quién era, pero me parece que era una diva de las letras.

Di un par de vueltas más, por ahí me encontré a la famosa espía rusa Mayakuska, conversamos un rato y después nos despedimos; el cuatacho del principio apareció por ahí, luego volvió a desaparecer, también Mayakuska desapareció, sin sentirlo me quedé solo y mejor me fui.

La feria es lo mismo de siempre, otra vez me quedé sin ganas de volver, lo único bueno fue que compré una mi libra de café artesanal, que un poeta estaba vendiendo, él tiene un su stand en la feria, y entre piedras, revistas y libros, también vende café que él cultiva y muele en forma artesanal.

Salú pue.

lunes, 28 de junio de 2010

Los escritores y el fútbol, y de cómo su muerte puede influir en el resultado de la copa del mundo

Dicen los que saben, o los que creen saber, que el verdadero mundial empieza en los octavos de final. Claro que eso lo afirman aquellos comentaristas que narran, cuando un jugador le pasa la pelota a otro y este se la devuelve, más o menos así: Recepcionó el balón con buena técnica, pero la devolucionó fatal; son chistosos, ¿verdá? El caso es que el mundial inicia desde el mismo partido inaugural, no hay que darle más vueltas al asunto.

Como ven, no me pude abstraer del futbolito, el que debo confesar me gusta mucho; pero siempre lo relaciono con la literatura, y en estos tiempos esa relación se ha vuelto fundamental, al grado que se puede determinar quién puede ganar el campeonato mundial si se pone atención a lo que sucede en el mundo de las letras.

No lo descubrí solito, fue un hallazgo que hicimos entre el maestro Chepito King, más conocido como José Joaquín López, todo sucedió un día que estábamos chateando; voy a tratar de contarles el rollo, reproduciendo algunas líneas de la conversación.

Johan: ¿Qué pasó maestro, cómo le va?

Chepito: Bien, todo tranquilo, y usté ¿qué cuenta?

Johan: Nada nuevo, solo que se están muriendo los escritores, de dos en dos.

Chepito: Si, pero estuvo bueno, se muere Saramago y Portugal golea 7 a 0.

Johan: Mire que coincidencia, se muere Monsivais y México clasifica a octavos de final.

Chepito: Además le gano a Francia.

Johan: Quiere decir que para que Brasil sea campeón se tendría que morir Rubem Fonseca.

Chepito: A mí se me hace que si no se muere Sábato Argentina no es campeón.

Johan: Cierto, Sábato ya está viejito. Yo estaba pensando en que podía morirse Juan Gelman, para que Argentina llegara a semifinales, al menos; pero tiene razón, si se muere Sábato podrían ser campeones, siempre y cuando no se muera Rubem Fonseca, porque entonces si estaría reñido.

Chepito: O sea que puede haber final Brasil - Argentina, vio. Así que el autor que se muera dará la pauta de quién ganará.

Johan: Depende, entonces, de la salú de los escritores.

Chepito: Así es el fútbol, "no hay nada escrito", dicen los locutores.

Johan: Ahora que lo analizo, Uruguay también tiene posibilidades, ellos tienen a Eduardo Galeano, quien también ya está viejito, con el agregado de que sabe mucho de fútbol.

Chepito: “!Muerte a Galeano¡”, gritan los hinchas uruguayos.

Johan: Ya vio, por eso Guatemala ni siquiera clasifica, por falta de buenos escritores.
Chepito: Cierto, mire pues, quién iba a decirlo, la literatura es decisiva en el fútbol.

Johan: Comprobado.

Así seguimos por un buen rato, analizando las posibilidades de los equipos. El Maestro Chepito opinó que el Vasco Aguirre le iba a dar una manita a Argentina, para que pasara a cuartos, todo porque, según él, insistiría en seguir poniendo de titular al Guille Franco, y guardando a
Guardado. Para mí que la decisión de Aguirre tienen que ver con la personalidad, prefiere un Franco que un Guardado; aunque al final debe haber sucedido que Guardado le dijo, pienso yo: Mira Vasco, te lo digo francamente, a mí no me gusta quedarme guardado en la banca, o me pones o te toca el ocho; y resultó, porque lo terminó poniendo de titular, pero ya en el campo se notó que igual el fútbol lo dejó guardado.

Volviendo al rollo de los escritores, fíjense pue: México no tenía mayores posibilidades de pasar a cuartos, tendrían que haberse muerto antes del partido al menos tres escritores más, quizá Carlos Fuentes, Sergio Pitol, y ya de perdida Juan Villoro.

Alemania sigue avanzando, pero sus posibilidades reales de salir campeón tienen que ver con Herta Müller, pero ella todavía está muy joven, aparte de que le acaban de dar el Nobel, o sea que no llegarán más allá de cuartos; y aunque ella es de origen rumano, ya ven que en la selección alemana hay más extranjeros que alemanes.

Para que España gane se tendrían que morir todos los escritores que publican en Planeta, la editorial digo, aunque si mucho les alcanzaría para llegar a cuartos.

Inglaterra no clasificó, no recuerdo algún escritor de peso de por aquellos lares y Harold Pinter se murió en el 2008, su muerte ya no hizo efecto en Sudáfrica.

De los otros favoritos, a Holanda no le veo posibilidades, aunque también es cierto que no he leído escritores holandeses; de repente no tienen buenos escritores, quizá por eso nunca ganan la copa del mundo. En fin, que gran rollo este.

Para terminar debo decir que los portugueses aprovecharon mal la muerte de Saramago, porque se gastaron todos los goles contra los coreanos, hubieran anotado de dos en dos mejor.

Salú pue.

miércoles, 23 de junio de 2010

Me duele la muerte de los inmortales

La semana pasada se murieron dos escritores y a mí no me gusta que se mueran los escritores; no es que la demás gente se pueda morir, en realidad no me gusta que se muera nadie, pero cuando se trata de alguien que escribe me da una especie de dolor muy doloroso. Es que son tan pocos los que tienen la sensibilidad para decir las cosas por escrito, que cuando alguno se muere queda el vacío, valga el lugar común.

Primero se fue Saramago, con quien nunca he tenido una buena relación, me refiero a sus libros, porque a él apenas lo he visto en fotos. Hace años vino a Guatemala, a presentar un libro, fue allá en Antigua, se sentó frente al público y dijo: Les presento mi libro; bueno, no fue así, lo cierto es que ni siquiera fui a ese acto, no me interesaba conocerlo; bueno, no fue eso, no recuerdo el motivo, debe haber sido que me dio hueva, es lo más seguro.

Nunca he podido leer un libro completo de Saramago, su prosa me parece fría, ¿tendrá que ver con que me gusta meter los libros al refrigerador antes de leerlos? Es paja, no hago eso, cómo se les ocurre; pero como me dijo un cuate: Si antes te parecían fríos sus textos, ahora lo serán más, pues él ya está frío, la mara no le atina. Quizá esa frialdad se deba a la traducción, pero Saramago tuvo la culpa, porque siempre puso a su esposa a que le tradujera.

No tiene importancia que a mí no me gusten los libros de Saramago, les juro que intenté leer varios, tres de ellos los dejé a la mitá, o sea que en mi intento, de tres leí uno y medio. El caso es que el viejo era y seguirá siendo venerado por muchos, y nadie podrá escribir como él.

Todavía estaba uno conversando acerca de la muerte del portugués, cuando llegó la noticia de la muerte de Carlos Monsivais, no me gusta que se mueran los escritores, ya lo dije, pero me gustó menos que se muriera Carlos Monsivais, no puede ser, dos en fila, eso ya es demasiado.

A Monsivais si lo vi una vez en persona, en la feria del libro, el tipo habló y habló de la cultura mexicana y de cómo José Alfredo Jiménez era el papá de la cultura pop mexicana, y recitaba todas las canciones de José Alfredo; y mencionaba un autor cualquiera, y recitaba poemas y textos del aludido; y luego alguien del público le dijo que no era así, que el papá de la cultura pop era Juan Gabriel, y Monsivais, de forma muy amable, lo refutó, diciéndole que el Juanga también era bueno, pero que por favor no fuera tan estúpido de compararlo con José Alfredo; claro que él no lo dijo así, esa fue mi interpretación; la cosa es que era tal la forma de responder que al final eso fue lo que le dijo al preguntón, en otras palabras eso sí.

Fue la única vez que lo escuché hablar en persona, pero lo vi muchas veces cuando lo entrevistaban en la televisión mexicana. Tenía tal erudición para la cultura popular, una vez lo escuché hablando de la lucha libre y los luchadores y explicó por qué han influido tanto en los mexicanos.

No tenía la densidad de Octavio Paz y su Laberinto de la soledad, pero era un sabio ese viejo, Monsivais digo, Paz también, pero ahora hablo de Monsivais; se murió y no lo podía creer cuando me lo contaron, no porque el tipo haya sido un inmortal, no lo podía creer porque apenas hace un día se había ido Saramago y, repito, no me gusta que se mueran los escritores, menos los de ese calibre, nadie ocupará esos lugares, nadie.

No quiero ser malo, pero si tiene que morirse un tercero, que sea Dan Brown, Coelho, J.K. Rowling, o algún otro de esa calaña.

En paz descansen Saramago y Monsivais.

Salú pue.

jueves, 10 de junio de 2010

Después de la tormenta limpiamos y escuchamos a Sergio Mendes, algo así como los locos de la colina

Hace unos días, cuando todo mundo andaba diciendo que el Apocalipsis había llegado a Guatemala yo dije Naaaaa, y tenía razón, no sobrevino el final, pero casi. Llovió arena y agua maestros y maestras; se abrió un agujero, en la zona 2, que se tragó una casa entera; las calles de la ciudad quedaron negras y varias de las principales carreteras del país se destruyeron; muchos puentes se cayeron, fue tremendo desastre. Casi quince días después de que el Pacaya y Agatha hicieran de las suyas, la gente todavía anda medio surumba, esquivando volcanes de arena en las calles, aunque lentamente todo va volviendo a la normalidad.

Después se hizo una calma chicha (así le dicen los marinos), no se movía ni una hoja, entonces los vecinos decidieron poner manos a la obra en la limpieza y me involucraron en el rollo; a la dueña de la casa, su hija, yerno y demás familiares, les entró la conciencia y ni modo que me hiciera el loco con la arena; por otro lado, las láminas del techo podían desplomarse, por el peso.

El domingo después del paso de Agatha el clima todavía amaneció medio raro, pero la gente estaba animada, quizá felices de estar vivos. Se subieron a limpiar los techos, llenaron un montón de bolsas, como eran de plástico, como las que se utilizan para la basura, varias se rompieron al cargarlas; pesa mucho esa arena, a saber qué cantidad de metales tiene, ahora entiendo por qué le quieren sacar el hierro y dejar desnudas las playas.

Un vecino trajo su equipo de sonido, para alegrar lo que parecía una fiesta de la buena vecindad, la dueña de la casa se entusiasmó tanto que hasta fue a comprar chorizos y se puso a asarlos en una churrasquera chiquitía. Me acordé que tenía un disco de Sergio Mendes, que me pareció como anillo al dedo, ya saben, esa música es easy listening —como ahora está la moda de andar poniendo expresiones en inglés— animada y las voces de las chicas son dulces y se meten en la cabeza; además, la Bossa hace que uno quiera moverse. Le di el disco al DJ y lo puso, aunque antes lo revisó como quien mira algo viejo, no a mí, al disco, ya ven que ahora todos utilizan Ipod y esas cositas USB. Mais que nada empezó a sonar, los patojos la identificaron como algo que canta un grupo moderno, dijeron el nombre, pero no les puse atención.

Con música, chelitas y compañía, la limpieza parecía más una fiesta callejera que la reacción a un desastre o una emergencia. Algunas de las canciones gustaron más a los patojos, otras dijeron que eran para viejos. La que de verdá pegó fue Fool On The Hill, la vieja canción de Los Beatles, que Sergio Mendes convirtió en Bossa Nova. La versión original habla de un loco que oye voces y nadie lo quiere, un poco tétrica, pero a ritmo de Bossa, voces de chicas a las que uno se imagina en bikini y abrazando una guitarra, resulta relajante; aunque el hombre en la colina siga viendo como el mundo gira y escuchando voces que a saber de dónde vienen; ya me puse filosófico.

La música quedó perfecta para el nublado día, las cervezas y las tortillas con chorizo hicieron juego con la falsa playa. La mara le dio duro a la limpieza, yo también, no crean que soy gorrón; al rato estábamos como que nada hubiera pasado, maquillaje para un día post-desastre.

Salú pue.

viernes, 28 de mayo de 2010

El volcán se llama Pacaya, pero escupe arena; la ciudad cubierta de negro, algunos muertos, unas recomendaciones; ¿Apocalipsis ya? Naaa

Cuando mi hija, quien ahora vive en Londres, era pequeña, asombrada por la cantidad de volcanes que hay en Guatemala, los señalaba y preguntaba: ¿Y ese volcán cómo se llama? Yo le decía: “Ese hija mía, le dicen volcán de fuego, porque escupe fuego”. Luego decía: ¿Y ese de allá? mientras señalaba el cono perfecto, bien chilero que es, del volcán de Agua; entonces yo respondía: "Es el volcán de agua, dicen que en una ocasión tiró agua, mucha agua, con la que inundó la capital de Guatemala". Cuando señaló ese volcán que toda la vida se mantiene escurriendo lava le dije que se llamaba Pacaya, a lo que dijo: Ah, hubiera sido de elotes, porque las pacayas no me gustan.

Les cuento la anécdota porque me acordé ahora que el volcán está haciendo de las suyas; ya ven que la mara rápido se pone a decir que son señales del fin del mundo, que se abrió el primer sello, que Nostradamus lo predijo, que no sé qué tantas otras cosas, por eso yo mejor hago la siguiente convocatoria.

A todos los pastores religiosos, sacerdotes mayas, sacerdotes católicos, rabinos, brujos, chamanes, imanes, y todo aquel que se sienta en capacidad de invocar a un dios propio o ajeno, para que se unan y entre todos se pongan a recoger la arena que ha cubierto la capital y lugares circunvecinos.

¿Qué pensaron? Que iba a decirles que unieran sus rezos y oraciones para pedir que cese la lluvia de arena y ceniza, bueno si quieren hacerlo no los detengo, cada quien con sus creencias, pero primero recojan arena.

Por de pronto les digo que esto no es el Apocalipsis, aunque qué se yo de profecías ni nada de eso; lo que pasa es que no me gusta ser alarmista; eso sí, tampoco hay que ser tan confiados, algunas precauciones hay que tomar; por ejemplo, si sale a la calle póngase un gorrito; si bebe no maneje, menos ahora que no se mira; si las plumillas de su vehículo no sirven, tampoco salga, es mucho tentar a la suerte; si tiene que hacer un su mandado, y tiene que ir a pie, no se ponga zapatos abiertos; no use lentes de contacto, pero si no los usa mejor quédese en su casa, porque de seguro se tropezará con algo y se puede romper algún hueso; por mucho que la calle se parezca a la playa no salga en traje de baño, a menos que sea usté mujer y que tenga algo bueno que enseñar; si tenía programada una excursión al volcán, cancélela y no me pida que le explique por qué; dicen que la arena que ha caído sirve de abono, pero no vaya a querer abonar sus visacuotas con ella; las bajadas de agua y las reposaderas se pueden tapar, eso hay que evitarlo, pero no les ponga nada encima porque entonces se va a inundar.

Si la emergencia persiste les daré otras recomendaciones, por el momento es todo; sucede que desde hace una media hora la luz brilla por su ausencia, y la carga del UPS se terminó; o sea, tengo que apagar la computadora.

Recuerden, hemos visto tantas cosas raras en este país, de hecho ya cayó arena volcánica en 1998, pero ahora fue superada porque vino acompañada por el aguacero (palabra contradictoria agua-cero), queda lamentar los muertos, los heridos y los damnificados.

Que el fin del mundo nos agarre confesados, aquí abajito pueden dar sus
recomendaciones y dejar sus confesiones.

Salú pue.

jueves, 20 de mayo de 2010

La fisioterapia, la media maratón de Cobán; correr es un ejercicio bonito, pero ya les dije que no soy keniano

Voy a contarles una historia que les parecerá de lo más pajero que he contado, pero todo es puro cierto, no vayan a poner cara de duda cuando la estén leyendo, confío en que dos o tres pasen por acá, ahí les va.

La fisioterapista que me está tratando lo del pie (de cuando lo metí en la cubeta y terminé en el hospital), tuvo la idea de ponerme a trotar, insistió en que sería conveniente un poco de ejercicio para fortalecer no solo el pie lesionado, también el resto de mi cuerpecito.

Decidido a portarme bien, para que luego no me regañen, me levanté temprano, tampoco de madrugada, y me dirigí al parque Morazán, para correr de ahí para el hipódromo, ir y venir unas tres veces, ya ven que esa calzada es de las pocas que quedan con árboles, se supone que el aire es más sano.

Bien bonito ir a trotar por ese lado, pude ver a unas señoras, amas de casa la mayoría, que se juntan para hacer ejercicio en grupo. Cuando vieron que estaba solo, me invitaron a unirme a ellas, que por seguridad era recomendable dijeron; andaban cada una con un palo, a la vez que les servía para ejercitar los brazos, lo utilizaban para espantar perros y otros perros.

Al rato me encontré con una patoja, mi conocida ella, se puso a trotar a la par mía y entre plática y plática dijo: Mire don Johan, por que no va a correr a la Mariano (la universidad), al estadio, es que aquí le pueden dar un buen susto, lo pueden asaltar pues.

Como ando en plan de dejarme aconsejar, al otro día troté hacia la Mariano, hasta después caí en la cuenta que lo que la patoja quería era que no invadiera su espacio, me sentí herido, pero luego me peló.

Después de varios días, conocí a una marita, estaban entrenando para ir a correr la media maratón de Cobán, entre todos se pusieron a darme cuerda para que me fuera con ellos. Sabedor que no daría la talla, trotar está bien, pero correr veintiún kilómetros es otro rollo, les di mil excusas. El caso es que se neciaron tanto que no sé ni como me convencieron; así es que paré corriendo en Cobán.

El viaje estuvo chilero, pasamos a comer al rancho, compramos pan en Tactic y como a las cinco de la tarde del sábado llegamos a Cobán. El ambiente era de feria. Los participantes extranjeros estaban desfilando, había música y bebida en las calles; cuando llegamos al parque el grupo se dispersó, uno de ellos dijo: A las ocho nos vamos para el hotel, nos juntamos en el kiosko. Ajá, pensé, de plano se refiere a ese que parece platillo volador, aunque también es como una porta viandas de dos pisos.

Me quedé novelereando por ahí, en eso unas patojas me hablaron y en tono de ruego pidieron que me tomara unas fotos con ellas, pensaron que yo era keniano, no quise sacarlas de su error y aproveché para sujetar un par de cinturitas y zaz que sacaron las fotos.

El tiempo pasó rápido, dieron las ocho y nos fuimos a dormir; el hospedaje era un búngalo que alquilan todos los años; ahí nos quedamos desparramados, en pequeñas camas y colchones inflables; yo me quedé en una esquina, hecho un nudito.

Después del desayuno, nos preparamos para ir a calentar un poco al parque. Me puse la pantaloneta, una playera, tenis, por supuesto; ellos se armaron con cinturones, como los que se ponen los que cargan pistola, solo que en lugar de balas llevaban botellas de Gatorade.

Que gentío maestros y maestras, aquello era un mar de gente, valga el lugar común; de todo había: chiquitos, grandes, viejos, niños, señoras, patojas, no videntes con sus guías, gordos, flacos; en fin, variedad de variedades, todo es variedad. En una de esas un señor me jaló del brazo y me dijo: Véngase conmigo, los kenianos van hasta adelante. A duras penas logré convencerlo de que era más chapín que él.

La carrera empezó, me hice el arrecho y mantuve el paso por unos minutos, pero antes de salir del pueblo ya iba con la lengua de fuera, así que dejé avanzar a todos y traté de correr a mi ritmo, o sea lento, casi caminando; no había terminado de salir cuando los kenianos ya venían de regreso, parecían gacelas, pero negras, cada zancada que daban era de más de dos metros.

Al salir del pueblo venía una subida, luego una bajada, de nuevo subir, otra vez bajar, dar vuelta aquí, otra vuelta allá, lo único que hacía era tratar de mantenerme respirando. Pasaron los cieguitos, los que iban en silla de ruedas, levantaba la vista y solo miraba la espalda de los que me rebasaban; a todo eso había pasado más de una hora, los kenianos de seguro habrían llegado ya a la meta.

Así y todo pude regresar, todavía con vida, la gente me aplaudía; ánimo Johan", escuché que gritaron; púchica, dije yo, cómo supieron mi nombre, entonces recordé que lo llevaba impreso en la parte de atrás de la camisa.

Una patoja me regaló un Gatorade, le pregunté cuánto faltaba, como ocho kilómetros me dijo, fue ahí que pensé, ya no gracias. Bajé el paso; es decir, de caminar pasé a quedarme casi parado, esperé a la ambulancia y les pedí jalón, ya no puedo les dije.

Los bomberos se pusieron chistosos, matándose de la risa me preguntaron: ¿Y qué le pasó?, ya vio que sus compatriotas hace rato que llegaron, hasta ya cobraron el cheque del premio; tuve que volver a explicar que no era keniano.

Así terminó mi aventura cobanera, me dejaron en el parque, busqué a la marita con la que llegué, me hice el loco, no quise contar que tuve que pedir jalón.

Ahora sigo entrenando, a ver si el próximo año logro terminar.

Salú pue.