viernes, 21 de noviembre de 2008

Cine

Desde aquellas primeras citas de juventud aprendí que es mala idea invitar al cine a una chica cuando se le corteja. Usualmente una película tarda más de hora y media, lapso que se convierte en tiempo perdido, pues no hay forma de adelantar en el conocimiento de la otra persona; no se puede conversar, los únicos comentarios son los dirigidos a algún aspecto de lo que se está viendo, y esos no siempre son válidos, porque distraen, no solo a la pareja, también a los que están alrededor. Luego, al salir del cine, la cita casi ha terminado y no queda mayor oportunidad de avanzar en la conquista. Recuerden que las primeras salidas son como los primeros rounds de las peleas de box, puro reconocimiento; por supuesto que hay peleas que se ganan por knockout en el primer asalto, pero yo me parezco a Tyson solo en el color.

El caso es que Marina*, después de la comilona de fiambre, insistió en que sería bueno ir al cine, yo le dije que no era buena idea, pero entonces cometí uno de los errores más grandes que un hombre puede cometer, contradecir a una mujer, así que ella se lo tomó como algo personal y, utilizando todas las malas artes del sexo femenino, me convenció.

Salimos el viernes, deliberamos sobre la conveniencia de ir a un cine moderno, caro y con pantalla más grande, de esos que hay en los centros comerciales, o si nos acomodábamos en una de esas salas viejitas, de las que todavía quedan en el centro, yo pensaba en mi comodidad, porque me disgusta salir de mis dominios, el asunto es que en los cines de la zona 1 las películas se ven oscuras y la comida es mala. Perdí, una vez más, la disputa, por lo que dejamos el centro histórico y nos dirigimos al centro comercial que está por Las Majadas, tiene buenos cines. El ambiente en el mall era de navidad, adornado con árboles y ositos, bien lindo todo.

La función transcurrió como lo había pensado, cruzamos unas cuantas palabras antes del inicio, comimos las chucherías que compramos, no se puede hablar en confianza con gente alrededor.

La película estuvo mala, durante la proyección aproveché para analizar la situación, pensé que, de plano, no había futuro en seguir saliendo con Marina. Ella es la típica ama de casa, divorciada desde hace años, según me ha contado, no ha salido con nadie desde entonces, se ha dedicado a cuidar a los hijos, pero ahora que ya están crecidos quiere darse un poco de tiempo; cositas así me ha platicado. La conozco desde hace pocos meses, cuando llegó al taller, espero que no sean mis prejuicios, pero creo que lo que necesita es alguien con quien estar hasta que la muerte los separe; por supuesto que eso no va conmigo. Además, el Adán, que parece estar preocupado por mi soltería, me dijo, el otro día, a lo pelado: esas doñitas son de las que no sueltan nada hasta que tienen el anillo en la mano, claro que es la visión de un patojo, a quien no debería interesarle meterse en mi vida.

Como les he contado, me gusta la soledad y la valoro, no estoy interesado en volver a compartir el apartamento, las deudas y los problemas.

Una eternidad después, salimos del cine, comentamos la película, a ella tampoco le gustó, me dijo que la Demi Moore se puso vieja y nunca aprendió a actuar; pero se ve muy bien todavía le repliqué, sonrisas más, palabras menos, algunas chispas brillaron en los ojos de ambos.

Afuera del cine, llegó ese momento en el que no sabía que decir, quería invitarla a comer, pero era algo tarde, más de las diez de la noche, intuí que para ella estar en la calle a esa hora no era usual. Voy a buscar un taxi, iba a decirle, cuando dijo: Johan, vamos a tu casa.

Salú pue.

*La explicación del asterisco se encuentra en el post anterior, si lo leyó, entonces sabrá que significa, si no lo leyó, entonces tendrá que hacerlo, para descubrir el significado del asterisco.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Graduaciones y fiambre

Vivo solo desde hace muchos años, es algo que disfruto, tal sentimiento de libertad es incomparable; a pesar de eso, mi relación con las mujeres ha sido excelente, pero me pasa como en La insoportable levedad del ser, y existen pocas mujeres que estén dispuestas a aceptar algo semejante. De ahí que mis relaciones largas no se hayan visto favorecidas, en las cortas me ha ido mejor. He llegado a pensar que, tarde o temprano, estar con una mujer se convierte en mi versión particular de Fatal attraction: llamadas; frases como: ya no me buscaste; llamadas; llantos; apariciones sorpresivas; llamadas, y eso en la fase inicial. Cabe mencionar que algunas mujeres andan en la búsqueda constante, obsesiva, de encontrar a aquel que viva con ellas hasta que la muerte los separe.

Luego de la piñata, Marina* me hizo dos invitaciones, quería que la acompañara a la graduación del novio de su hija, el viernes; y el sábado ir a comer fiambre a su casa.

Pensarán que soy un antisocial, pero las graduaciones no me gustan, nunca he entendido porque celebran, pues de todos los que estudian el último año, obtienen el título el 99%, quien no lo hace es porque de verdad se la pasó de vagabundo todo el año. El caso es que no pude negarme.

No tengo vehículo, además no me gusta manejar en esta ciudad, así que llegué a buscarla en taxi.

La niña estudia en el mismo colegio que el novio y como es la abanderada de su sección tenía que ir uniformada, pues le tocaba ser escolta de los graduandos. La pobrecita lucía estresada, pues eran las nueve de la mañana, el acto daría inicio a las diez, pero su madre aún no estaba lista. Finalmente Marina estuvo lista, vestía un traje hermoso, un poquito pasada de maquillaje; el perfume estaba en su punto; la niña se relajó y tomamos camino al colegio.

El evento era en un colegio evangélico, de esos que pertenecen a una mega iglesia; el salón era enorme, y estaba llenísimo. La niña se ubicó rápidamente.

Entre las oraciones, los largos discursos de los directores, la propaganda del colegio, la música del grupo de alabanza, y el sermón, se fueron casi dos horas. La gente se aglomeraba, entraban, salían. Había de todo: mujeres maquilladas exageradamente, otras mostraban cirugías evidentes; ni hablar del vestuario: trajes de noche en plena mañana, hombres en mangas de camisa, uno que otro con esmoking; yo me sentía más o menos, vistiendo mi único traje, uno beige de lino, bastante pasable; eso de vestirme formal no va conmigo.

Llamaron a los patojos, uno por uno, eran un poco más de cien, los padres pasaban y, con todo el orgullo del mundo, colocaban el anillo de graduación; luego, acompañados de los padres, posaban para la foto. Un ritual eterno.

El acto terminó con las palabras del representante de los alumnos, casualmente era el noviecito de la niña; se quejó de la crisis, pero hizo alarde de lo bien preparados que salían, de esa forma podrían hacerle frente a la vida real. No había terminado de decir la última palabra cuando sonó la música, otro canto de alabanza, una oración final, salida de las banderas, gritos, chiflidos y la bulla de los graduados.

Reunidas las dos familias, afuera del salón, noté cierta incomodidad en Marina, resulta que los buenos hermanitos me habían hecho blanco de sus miradas. Esas cosas ya no me incomodan (como he dicho otras veces: ser de color en este país es ser alguien extraño, alguien a quien ver), pero ella daba la impresión de no estarlo asimilando de buena manera. Fue algo raro, pues en medio de los saludos y las presentaciones de rigor, ella no atinaba a encontrar la palabra justa para describir porqué yo la acompañaba; hubiera bastado con decir, él es Johan, pero se complicó, ¿o sería yo el complicado?.

La familia del chico nos invitó al almuerzo, pero opté por disculparme, Marina trató de disimular su molestia, pero no insistió. Nos despedimos, con un beso protocolario, pero le alcanzó para susurrar, te espero mañana en casa.

El sábado me levanté tarde. El Adán llegó por la madrugada, buscando refugio, platicamos un buen rato, nos tomamos un par de cervezas; él venía de una fiesta de Halloween. Yo todavía seguía tratando de procesar lo sucedido en la graduación; pero no las miradas de la gente, pensaba en la actitud de Marina. Sucede que, a estas alturas de la vida, sigo sin entender las señales que envían las mujeres; los pequeños besos, los susurros, las incomodidades aparentes, los abrazos sostenidos, las tomas de la cintura; todo eso no siempre tiene el mismo significado, y si uno las interpreta mal, entonces las cosas se echan a perder.

Poco antes del medio día, Marina se apareció por la casa, sin previo aviso, llevaba un poco de dulce de ayote, yo le había comentado que me gustaba, parecía tener cara de disculpa, pero no dijo nada al respecto. Hablamos un rato, finalmente dijo: no entiendo la actitud de la gente, me siento apenada, nunca imaginé que te verían de esa forma, hasta me quedé con la impresión que pensaste que yo también me sentía mal por tu presencia. Le dije que no tenía importancia, y así era. Pero sus palabras me hicieron sentir bien.

Al final, terminé comiendo fiambre en la casa de Marina, tengo que contar que estaba muy bueno; eso, más la conversación; unas cuantas cervezas, que yo pasé comprando, no vayan a pensar que soy un gorrón; y la música de marimba, me hicieron sentir que tenía una familia tradicional; pensamiento que alejé de inmediato.

Cuando nos despedimos puse mis manos alrededor de su cintura, estuvieron ahí el tiempo que tardamos en pronunciar las palabras de despedida.

Salú pue.

*Marina es el nombre ficticio de Carmen, quien tampoco se llama así.

viernes, 24 de octubre de 2008

Piñatas

Mis hijos crecieron hace muchos años y, como les he contado, cada uno tomó su camino, pero cuando eran pequeños más de algún vecino nos invitó a la celebración del cumpleaños de sus hijos. Ahora que lo recuerdo, pienso que fue bueno que los prejuicios, de los demás, nos evitaran más invitaciones.

Siempre he pensado que ese ritual de acabar, a palazos, con un personaje de cuento infantil o de caricatura, según el gusto del niño, es macabro; ya lo creo que si, todos quedan felices hasta que logran sacar el tanate de dulces que se acumulan en la panza. Mis hijos nunca se acostumbraron, por eso dejé de hacer esos rituales satánicos, pero no de celebrar cumpleaños, los cambié por refacciones en el colegio.

Todo este rollo viene al caso porque una de las señoras que llegan al taller ha venido manifestando un interés inusual en mi. Ella es una mujer guapa, divorciada, cuarentona de buen ver. Resulta que uno de sus hijos, precoz él, la hizo abuela hace un año. El asunto es que, según creo, ella pensó que la piñata del nieto era un espacio decente, y sin peligro, para reunirnos. Entonces se dio a la tarea, durante una semana completa, todos los días, de invitarme a la celebración. Para no darse color, enfatizaba lo mucho que le gustaría presentarle a su familia al gran Johan, subiéndome el ego, con esas y otras pajas, logró convencerme, además no tenía nada mejor que hacer el domingo.

La acompañé a la fiesta, ella se puso muy guapa, en realidad nada del otro mundo, pero se miraba bonita, más de lo acostumbrado. Mi entrada, como siempre, fue espectacular, la gente se me quedaba viendo, en especial los niños; en este país es raro recibir visitas de alguien de raza negra. Ya me acostumbré a esa maña chapina de evidenciar las diferencias; y a las miradas, con la boca abierta, de los güiros; me da igual.

Fue complicado sentarse en un patiecito de esos de casa del centro, pequeño digo, pero en realidad son más grandes que los de casa de colonia. En el lugar habían acomodado unas veinte sillas de plástico, para los adultos; igual cantidad de sillitas, para los niños, rodeaban una mesita adornada con dibujos de no se que personaje; hace años que no veo caricaturas, era una especie de alce, por los cuernos, de color naranja y con ojos enormes; el adorno se completaba con globos pegados al techo y las paredes, bien lindo se miraba todo.

Debo decir que una de las más simpáticas habilidades del artesano guatemalteco es la de hacer piñatas. Algunos piñateros son verdaderos artistas, lo efímero de sus estructuras no desmerece el trabajo que le ponen, algo así como las fallas de Sevilla; claro que hay otros que logran asustar a los niños, recuerdo una vez que un Hulk mal hecho fue la sensación de la fiesta.

El ambiente en una piñata de barrio es extraño, cada familia se aglutina en su sector, no hablan con los demás, usualmente las sillas están colocadas alrededor del patio, la mayoría de veces no hay mesas para los adultos, así que, si mucho, se habla con el vecino, en este caso mi amiga. Por otro lado, cada tantos minutos, aparecen personas que se presentan, platican un poco y regresan a sus incómodas sillas.

El plato fuerte es la piñata, aunque en el ínterin, de un tiempo acá, se ha popularizado contratar a un payaso. Los payasos de piñata son verdaderamente infames, no tengo nada contra ellos, de verdad, pero cuentan chistes malos y repetidos, si tratan de ser originales se ven peor, casi siempre hacen llorar a algún niño, sus atuendos asustan, antes que causar gracia; afortunadamente el show duró unos quince minutos.

Llegado el momento cumbre, el niño agasajado recibió un palo lleno de flecos, para que se diera gusto, cual jugador de béisbol, disparando golpes contra la piñata, supongo que lo entrenaron todo el año, porque no lloró y atinó a pegarle a la piñata, aunque sin mucha fuerza; claro, no se puede pedir que alguien de un año rompa esos muñecos.

Un por uno, los niños y niñas desfilaron para acabar con el personaje, el griterío de los adultos animaba la actividad, los patojos olvidaban por un rato la ropita de fiesta y la corrección, y lanzaban golpes intensos.

Me llamó la atención una niña tímida, delgada, con trenzas, llevaba una bolsita colgada al hombro, su actitud era de princesita remilgada, hasta limpió la sillita, haciendo cara de fuchi, fuchi, para no mancharse. Cuando pasó a quebrar la piñata se transfiguró: lanzó golpes que hubieran derribado a un toro, no le importó golpear a un par de niños en el hombro, y al caer los dulces se lanzó al suelo acaparándolos entre sus brazos y su cuerpo extendido.

La tarde siguió con el pastel, los refrescos y los chuchitos, que me encantan. Siempre recuerdo la primera vez que me los ofrecieron, en ese entonces llevé tal decepción, pensé que me darían un cachorrito, conste que tenía cinco años.

Me presentaron con medio mundo, fui testigo de los pequeños líos de la hija de mi amiga con su pareja, un muchacho tosco con cara de pocos amigos, igual que las demás familias que nos rodeaban.

Como era invitado especial, eso dijeron, cuando todos se fueron, me quedé a tomar un café con la familia. Pude ver al niño destapando los regalos, los padres mostraban su decepción, en la medida que descubrían lo que venía en los envoltorios; creo que pensaban en lo caro que les había salido la piñata y que los regalos no compensaban lo invertido, pues la mayoría de los obsequios eran baratijas chinas y calcetines de la sexta avenida.

Cuando me despedí le di un abrazo, ella aprovechó para besarme en la mejilla, dos segundos más de lo normal.

Salú pue.

viernes, 17 de octubre de 2008

Tragedia nacional (otra vez).

Después del rollo de la profecía el Jonás no había vuelto a hablar, hasta el miércoles por la noche. Estábamos con la mara viendo el partido, y cuando terminó lo escuché decir: puta no puede ser, es la peor selección que he visto en mi vida; le dije que la cosa no era para tanto, que igual la eliminación era inminente; también le dije que la culpa, en parte, era de él, pues no había orado lo suficiente, a lo que respondió recordando a mi madrecita.

Así como el Jonás estaban todos, hasta el Adán, quien dice que el fútbol le pela, tenía los ojos llorosos. El caso es que el resto de la noche nos la pasamos hablando de lo mismo, es más, dos días después, todos en Guatemala, siguen dándole al tema, el rollo se ha convertido en una auténtica tragedia nacional, pero en una que sucede cada cuatro años.

El rollo del fútbol en Guatemala es algo de locos y de ciegos, por no decir de estúpidos; para hablar más claro. Fuera de las condiciones básicas que debe tener un deportista; es decir, buena nutrición, altura adecuada a cada puesto, entrenamiento desde pequeños; o sea, formación integral pues, al talento es muy poco lo que se le puede pedir.

Pues dejando de lado esas consideraciones, suceden cosas raras, cosillas que todo mundo ha escuchado por ahí, pero que nunca se investigan o discuten a fondo.

Algunas de las cosas que he oído, conste que todos son rumores, pero como dicen, cuando el río truena. Lo que pasa es que el sentido común dice que no es normal, que algo o mucho de trampa hay.

Volvamos a aquel fatídico día (no al miércoles 15-10-08), cuando Guatemala perdió en Trinidad y Tobago, en los últimos minutos del encuentro; esa vez se dijo que la culpa era del Primitivo, porque no supo manejar el partido, muchos dijeron que se había vendido y luego recordaron cuando Honduras perdió la clasificación, en el último juego, contra México y con el Primitivo como entrenador; los hondureños también vociferaron que su técnico había recibido dinero, que era un vendepatrias; así dijeron por allá. De aquel entonces se recuerda, entre otras cosas, la necedad de alinear a Foster, cuando había sido responsable de muchos de los goles que recibió la bicolor. El Primi se fue, no sin antes descargar toda la culpa en los jugadores y echar unas cuantas pestes más.

Lo del Bolillo Gómez es de lo peor, ¿cómo se puede tener a una persona ganando tanto dinero, por más de un año, trabajando tres o cuatro días al mes?; finalmente lo echaron y ¡oh, sorpresa!, los flamantes directivos volvieron a contratar al Primitivo, y lo presentaron como el salvador del proceso. Eso fue descarado muchá, recuerdan que Kenton hizo un papel decoroso con la sub 23, pienso que por eso no lo quisieron a él, porque se corría el riesgo de que consiguiera la calificación al mundial.

Ya subidos en el macho (me refiero al Primitivo), suceden otras cosas extrañas. Foster fue convocado de nuevo como portero, cuando tenía un año de no jugar, porque ningún equipo lo quería. Thompson fue llamado a la selección, tampoco tenía equipo, estaba lesionado, por eso nadie lo contrató. Cabrera se fue a Noruega, pero allá no lo ponían a jugar, el Pescado estaba gordo, lo sacaron del Galaxy, en su nuevo equipo no era titular, pero en la sele era indiscutido. El Loco, no sabe jugar, solo corre detrás de la pelota, quizá tenían que haberle hecho pancartas a lo Forrest Gump, pero ni eso se les ocurrió, pero insistieron en ponerlo de titular, porque según dicen las malas lenguas, la directiva roja decía que la eliminatoria era un escaparate para que se exhibiera y que algún equipo extranjero lo comprara. El Moyo Contreras, jugó unos minutos en Argentina y luego ya no le dieron balón. Y así, hubo otros que se pasaban calentando la banca en sus equipos y en la selección eran titulares, ¿en dónde se ha visto eso?

El asunto es largo y las anomalías en torno a la bicolor siguen y suman. El que más sonaba y sigue sonando es el de las borracheras de los jugadores. Que si el Freddy es un borracho, que si al Pescado lo vieron casi tirado, en fin de esos cuentos hay una infinidad.

Son muchas cositas, pero los que saben o los que pueden investigar el tema se hacen de la vista gorda, siempre he pensado que con todos estos rumores la prensa está obligada a tratar de ir al fondo del asunto, pero como ya se sabe, o así dicen los rumores, todos son coyotes de la misma loma. En fin, se quiera o no, todos terminamos hablando del tema, miren pues, yo que no soy futbolero y aquí me tienen echando más paja al fuego. Lo hago en el afán de consolar al Jonás y al Dieguito Iespien, pues esos si que están sufriendo.

Salú pue.

viernes, 3 de octubre de 2008

Profecías

Hace unos días, el Jonás vino con una gran preocupación, según él tenía una profecía importante y quería compartirla conmigo.

A mi no me gustan esas cosas, pero le dije que orale, que lo escucharía, a ver que onda. Pero no paró ahí, luego me pidió que la subiera al blog, porque era de gran importancia; no le creí, pero de repente a alguien más si le interesa, me dijo, así que me convenció.

Me pasó un papel escrito a máquina, casi sin espacios, les transcribo fielmente lo que decía.

En el ltimo a{o del reinado del arbsto, suceder que una gran bolsa caerá desde los cielos, oscureciendo el panorxxma econmco del mundo y llevndos consigo a todas las bolsas del mundo en un agujero negro.

Esto pasar para que l ltimo dscendiente de Caín pueda sentarse en la silla que le ha pertenecido desde el principio de los tixxmpos. Quitndle el lugar al descendiente de quien ha sido culpado de llevar su marca.

Vi que el cxelo se abrió, y he aqu 7na mujer vestida de rojo, con un anmal sobre la cabeza, que sostena en la diestra una paleta de cocina y en la siniestra un delantal, era llamada para hablar en nombre del ltimo descndxxente. Ella se neg, diciendo: Slo soy una pequea Hcky mm que no sabe hablar bien, entonxxces una voz le dijo "toma de la ceniza del altar y comela"; pero la mjer se neg a cmer, diciendo "que porquera" .

Entonces tuve una visn y he aqu que la mujer decía:
"untaremos la democracia por todo el mundo", y luego agrgaba "digo untar porque soy ama de casa".

Vi entonces que la gente dejaba de comprar cosas cxxaras, y de hacer viajes lxxrgos, y usaba ropa sin mrca y todos llrban y se lamntaban, diciendo: "tengo tres hipotecas", y rasgaban sus tarjetas de crdito y se culpaban los unos a los otros.

Entonces el ltimo angel me mostr el fturo, algo que no puedo contar, y pude ver al descendiente de Can llrar arrepentido y maldxxcir a la mujer por no haber comido de la ceniza del templo, porque entnces no poda hablar.

Supongo que la profecía seguía, pero ha estado lloviendo mucho y el resto de la hoja estaba manchada y llena de lodo, al parecer alguien salpicó encima al Jonás cuando venía para acá.

Me explicó que las profecías le llegaban en una especie de "escritura automática" y que, luego de escritas, no podía recordar nada ni aun leyéndolo. Así que olvidénse de las correcciones.

Le dije que mejor orara tiempo extra, para pedir que le fuera enviada una computadora, porque, por lo visto, eso de escribir a máquina no se le da. Dejá de chingar me dijo, luego aseguró que mi futuro se veía negro, y que nada bueno vendría para la humanidad.

Solo pajas sos, le dije.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Diálogos de fútbol

—Ahí viene el Diego miren muchá.

—¿Qué rollo vos Dieguito, qué te habías hecho?

—Mucha tarea en la U, pero yo siempre ando en la jugada.

—El Johan ha estado triste por vos, va vos Johan. ¡Puta muchá!, oyen eso, ¿son balazos o son cuetes?

—Si serán huecos, el Jonás hasta se metió debajo del escritorio, son las chavas del Belga, por ser el último día de clases, de las que se van a graduar, están quemando una ametralladora como de una cuadra; ahorita que yo venía para acá la estaban poniendo.

—A bueno, pero como ahora la situación se puso tensa, por los micrófonos, las estafas y toda esa paja, ya parece que fuera un golpe de estado.

—La hubieran guardado para cuando clasifiquemos al mundial, va vos.

—Simón, y ¿cómo mirás a la sele vos, ¿pensás que va a clasificar?

—Mirá mano, como dice aquel comentarista de la tele, si la sele, como me salió en verso ya saben, gana los tres partidos que le quedan, entonces clasificará a la siguiente ronda.

—Ta fácil entonces.

—Ya vas, esos comentaristas son bien pilas, va muchá; pero ya en serio, que opinan de la sele, vos Adán, ¿vos que decís?

—Mirá mano, el fútbol me la pela; pero el Beto si se engaza con ese rollo, hasta una oda al fútbol escribió el otro día, va vos Beto.

—Pues engazado, engazado, no soy, pero si lo miro, la liga española me gusta, por ejemplo, pero con eso que ahora solo la mirás si tenés eskai, y esa mierda es muy cara, entonces, de plano, le he perdido el interés. Y buena idea mano, no he escrito nada sobre fútbol, pero te voy a tomar la idea, una oda pajera, por ejemplo. Vos Jonás, vos creés que si toda Guatemala se une en oración, pidiendo el milagro de la clasificación, ¿será que se nos hace?

—Puta muchá, como chingan con eso, pero les digo una cosa, me mato de la risa cuando le preguntan a un jugador, antes del partido, ¿dispuestos a ganar? y él responde, todo lo dejamos en las manos de Dios, él es quien decide. Que de a huevo, si pierden no es porque son meros mulas para jugar, es porque Dios no quiso.

—Vos Johan ¿qué opinás?

—Pues aquí el experto es el Diego, muchá, aunque creo que puedo ser más objetivo, digo yo, pero como no sé mucho de fútbol, entonces no cuenta lo que diga.

—Solo pajas es el Johan. Tons vos Diego, vamos a no vamos al mundial.

—Miren pues, todo este rollo es triste muchá, porque Guatemala es, entre los países futboleros del mundo, el peor de todos, y eso no es paja. Por supuesto que se le gana a Belice, a Cuba, a Nicaragua, pero esos no son países futboleros. Por eso si se toma como referencia aquellos países en donde el fútbol es pasión, que el estadio se llena cuando juega la selección, entonces no hay otro que sea más malo que Guatemala, por eso solo queda esperar lo peor, bajar las expectativas, porque si no se clasifica, no pasa nada, y si se clasifica, pues nos ponemos alegres, ya saben a que me refiero, jeje.

—Mirá pues, Diego Iespien tenías que llamarte, si hasta parece que supieras lo que decís.

viernes, 12 de septiembre de 2008

15 de septiembre

— Ya vieron muchá, el centro está de nuevo sitiado, es la segunda vez en el año; primero fue la semana santa, llena de marchas fúnebres; ahora el quince de septiembre, con su tamborileo y, de plano, es imposible circular.

—La independencia dicen, solo pajas es la mara, con tal de sacarle pisto a los papás siguen necios con los desfiles; de todas formas estás de pelex mano.

—Un poquito, pero estoy escribiendo una historia para mi blog.

—Ya viste pues, solo pajas, vaa bos Beto.

—Ujum,

—Ya no me interrumpan pues, tengo que escribir la historia, quiero ir al baño, pero me voy a aguantar, si no pierdo el hilo.

Los dos años que pasé en Guatemala, cuando era niño, me dieron el panorama del país al que regresaría ya siendo adulto. Aprendí el español con alguna dificultad, debido a mi forma de hablar, en ese tiempo conviví con los verdaderos discriminados. De cualquier manera, para la gente, yo era un ente raro. Cuando vivía en Cobán apenas me miraban, pero los viejitos se corrían cuando se topaban conmigo en la calle. Luego supe de la leyenda del negro, y de cómo los finqueros contrataban (o compraban, ¿quién sabe?) a un hombre de mi color, lo dejaban suelto y desnudo, por la noche, entre los cafetales, para prevenir los robos que se hacían a los sembrados. Así que para los viejos yo era una especie de duendecillo negro, y para los ladinos, alguien raro; pero con la fama de santa adquirida por mi madre, nadie se metía conmigo, ni se atrevían a ponerme apodos.

El quince de septiembre los cuques siempre aprovechaban para hacer su propaganda, además buscaban una forma de celebrar, algo que nunca faltaba era la elección de la reina del regimiento.

El primer año, el coronel le ordenó al marido de mi mamá que le diera doscientos quetzales a una muchacha indígena, ella era preciosa y sería la representante del regimiento en las fiestas del siguiente agosto, casi un año después. También se había elegido, a dedo, a una reina ladina, las dos lucirían su belleza durante todo el año.

Normalmente se le daba a la reina ladina una cantidad mayor, recibía el título de madrina del regimiento y se le proporcionaba dinero para ropa, zapatos y maquillaje, todo lo necesario para verse bien en los eventos. A la reina indígena, casi siempre de menos de quince años, se le asignaban, escasamente, unos cincuenta quetzales, para que viera que hacía, pero el coronel quería que la de ese año, como era excepcionalmente bella, tuviera una ropa digna del regimiento y le entregó aquel dinero; al cambio actual serían más de cuatrocientos dólares (vaya si estaré viejo). A la patoja ladina la trajeron de una aldea y era lo que se dice: una ladina pobre. Fue un escándalo en el pueblo, porque no se eligió, como siempre, a alguna hija de finquero. Como no querían hacerla de menos le dieron la misma cantidad de dinero, para que se comprara algo de ropa. La chica y su madre hicieron viaje a la capital para hacer las compras.

El día del desfile, el coronel estaba seguro que lo iban a envidiar, cuando lo vieran del brazo de las dos bellezas, una pelirroja y la otra indígena; pero la primera sorpresa fue que la niña indígena no llevaba ropa nueva, y aunque se miraba bien con lo que traía puesto, era notorio que se trataba de ropa vieja. La segunda sorpresa fue que la pelirroja se había puesto el vestido más feo y vulgar que le pudieron comprar; era una cosa roja, llena de vuelos, fatal mezcla entre un traje de sevillanas y un disfraz de meretriz del Moulin Rouge, súper maquillada, casi parecía un payaso.

El coronel suspiró, frunció el ceño, pero tuvo que desfilar. Más tarde pensó que la pelirroja no había escogido bien el vestido, pero quizá para la fiesta de la noche lo haría mejor, entonces se animó a decirle: vamos a la fiesta por la noche, se me viste bien patoja.

Al baile, la pelirroja llegó con el mismo vestido rojo, la fiesta fue una locura, porque las niñas bien del pueblo se la pasaban cuchichiando. Todo esto lo escuchaba yo al otro día, mientras los adultos de la casa chismeaban.

El marido de mi madre fue conminado a investigar que había pasado con el dinero, así que llamó al padre de la niña indígena y a la madre de la pelirroja, para que llevaran los recibos de lo que habían comprado. En esos tiempos no era común pedir comprobantes, por lo que llegaron con las manos vacías.

Primero llegó el padre de la niña indígena, ante la pregunta solo se limitó a decir: pues la niña tiene ropa y nosotros necesitábamos unos coches y unos chuntos, para celebrar la siembra, así que en eso me gasté el pisto. Era evidente que el hombre pensaba que el dinero había sido un pago por prestar a su hija.

La mamá de la pelirroja llegó al rato, toda agitada, ella si tenía un recibo por ciento cincuenta quetzales, de una tienda de la sexta avenida. El marido de mi madre se reía mientras lo contaba: sabés que compró con ciento cincuenta quetzales: calzones y brasieres. Resulta que la niña no acostumbraba usar ropa interior, y como pensó que si la invitaban a Quetzaltenango, al año siguiente, tendría que dormir con otras patojas y no quería que la juzgaran, por eso le compró ropa interior de lujo, según ella, y con lo que le sobró compró tela, con la que la vecina confeccionó el vestido que utilizó. Eso le dijeron y eso escribió en el informe que presentó al coronel.

—No muchá, ya no aguanto, ahorita regreso.

—Vos Beto, vení, ayudame a terminar la historia del Johan.

—Nel hombre, se va a malear.

—Si no le gusta que lo borre.

Esa noche el coronel levantó a la tropa, a eso de las dos de la mañana, personalmente se encargó de que los tres pelotones a su cargo corrieran diez kilómetros, con la mochila a cuestas, y después, solo por joder, mandó a dos sargentos a la casa de las reinas, para decirles que repusieran el dinero o que se atuvieran a las consecuencias.

La indígena salió huyendo, hacia México, pero sus padres no alcanzaron a llegar al pueblo próximo, la patrulla los alcanzó. La otra se fue a la capital, con sus padres. Se escondieron unos meses en la casa de unos tíos, ahí conoció a un oficial que la cortejó unos días, y ella le terminó contando su historia.

Una tarde del tercer mes, el coronel estaba parado en el umbral de la puerta de la casa de los tíos; se miraba como quien llega de un largo viaje, pero sin equipaje, tenía un gesto de venganza, a su lado estaba el oficial, quien pronto se convirtió en capitán. Los padres no pudieron pronunciar palabra alguna, el coronel tampoco dijo nada, pero el movimiento de su cabeza les indicó que lo siguieran. Estaba claro que el coronel no se iba a quedar solo con las explicaciones.

Ya de regreso en el pueblo, mandó a su mujer con la pelirroja, para que comprara unos trapos decentes; por supuesto, la chica tenía que ir con él, al año siguiente, a Quetzaltenango.

—Aguas que ahí viene el viejo.

—¿Qué onda muchá?, ya vinieron a chingar mi historia, ahora que se quede así.