viernes, 27 de marzo de 2009

Paranoia

Sobrevivir el día a día en Guatemala, valga la frase trillada, se ha convertido en verdadera hazaña. Uno sale y no sabe si regresará, se le oye decir a mucha gente, aunque eso ya lo decía mi madre hace muchos años, imagínense, todavía lo recuerdo: metete temprano vos Johan, y a aquel famoso: el que nada debe nada teme, que le respondía yo, ella volvía con otra frase: Ajá, pero no basta con serlo, hay que aparentarlo, y a vos ese tu pelo ya te creció demasiado, parecés delincuente. En nuestros días sería algo como lo que el Jonás le dice a su hijo de 17 años: cuidadito te hacés un tatuaje vos, te lleva la policía y te meten con los mareros.

El asunto es que hemos crecido y vivido en un sistema que nos obliga a estar alertas todo el tiempo. A la par de los sucesos violentos, el imaginario colectivo se encarga de alimentar y hacer crecer los miedos.

El otro día, invitado por un amigo, aunque ahora que lo pienso creo que no entra en esa categoría, paré en una reunión de aquellas en donde tratan de convencerlo a uno para que compre cierta cantidad de producto y luego se lo venda a alguien más, al tiempo que se debe convencer a otros para que entren al negocio; pero como yo soy duro de roer, no me vendieron nada; además me disgusta poner a los conocidos en situaciones incómodas, menos a los amigos.

El lugar estaba lleno, se notaba que muchos de ellos eran de esas personas que comen salteado, que no hacen sus tres tiempos de comida pues; es decir, comen poco, o lo hacen dos veces al día, dicen que están a dieta, la idea es no malgastar su dinero en alimentos, para que les alcance para el celular caro y la bisutería fina, que lucen en el cuello y muñecas; pero ya me puse a pelar gente, esa no es mi intención, soy pajero, no chismoso.

La cosa es que, de pronto, me encontré en medio de un grupo que tampoco había comprado nada, claro que estaban aprovechando las boquitas y bebidas gratis, hasta traguitos había. La conversación derivó hacia el tema de la violencia: mataron a otro piloto ayer; vieron la balacera en la Reforma; los zetas asesinaron a un grupo de gente (qué país de cuarto mundo seremos, cuando el narcotráfico mexicano nos manda a los zetas, ni siquiera a los A, B o C); es que quieren liberar a su líder, el que está preso; comentarios como esos eran el común denominador; en esas pasamos un buen rato, hasta que alguien habló en primera persona: ya no se puede vivir aquí, anda uno todo miedoso, ya ni la hora, ni una dirección puede dar uno, porque cualquiera que se le acerque a uno puede ser un ladrón o marero; a partir de ahí, resultó que todos, directa o indirectamente, habían tenido un encuentro cercano con la violencia, como dicen: le pasó al amigo de un mi amigo. Comenzaron a contar que los habían asaltado en el bus, en el semáforo, en la calle, enfrente de su oficina, en el elevador, a sus hijos a la salida del colegio, en la fila de carros que se hace afuera del colegio, adentro del colegio; que los habían extorsionado, en su condominio, a todas las casas de su colonia, a las tiendas del barrio, a conocidos que trabajan en maquilas, por teléfono; cositas así contaban.

Lo curioso de todo es que, con el paso de los minutos y las historias, más de alguno llega a atribuirse el protagonismo de algo que no le sucedió. Contaban que habían sido vecinos de un capo; del jefe de una mara, de un extorsionador; y no faltó el que se había agarrado a balazos con un ladrón o quien ha recibido amenazas de secuestro, él y a su familia. Entonces salen a colación las leyendas urbanas, como aquella en donde un tipo armado, le da mil o dos mil quetzales, según quien haga el relato, a la persona que conduce el auto que lo sigue en la fila del semáforo, pues tuvo la paciencia de no bocinar cuando dio la luz verde; al tiempo que le tira el dinero por la ventanilla del auto le dice: Se acaba de salvar, hice una apuesta con mi amigo, si tocaba la bocina la mataba, al no hacerlo usted ganó este dinero, pues yo perdí la apuesta”. “Eso le pasó a una mi vecina”, dijo una voz.

Sin darme cuenta había pasado más de una hora, por lo que me despedí, suficiente con la vida real, como para seguir escuchando alardes, aunque en estos tiempos es difícil caer en la exageración.

Mientras iba en el bus pensé que el entorno violento justifica la paranoia, pero al mismo tiempo encontramos placer en contar experiencias relacionadas con el tema, sean reales o ficticias; incluso hay gente que se siente excluida, o rara, cuando apenas han sido robados por un carterista. Hay otros que consideran símbolo de estatus el hecho de haber sufrido un intento de secuestro, pues como todo mundo sabe, solo secuestran al que tiene dinero para pagar el rescate.

Les cuento lo que le sucedió a un amigo. Es el tipo más confiado del mundo, siempre le vivo diciendo que tenga cuidado, que se ponga pilas, que no sea baboso pues. Un día se le acercó un señor a preguntarle la hora, como no tenía reloj sacó su celular, a punto de verlo estaba cuando el tipo se lo arrebató y salió corriendo; una semana después le sucedió lo mismo, pero no habían terminado de preguntarle la hora cuando, sin mediar palabra, arremetió contra la persona, y al tenerlo en el suelo le dijo: una vez le pasa al ciego; ante tal reacción, el agredido vociferaba: llévese todo lo que quiera, pero ya no me pegue.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: ARMERÍA LA PISTOLITA.

viernes, 6 de marzo de 2009

Cumpleaños

Contar los años es algo que había decidido no hacer, desde que cumplí sesenta, hace dos años, lo juré. Saberse de la tercera edad no es agradable, aunque en mi caso no ha sido traumático, pues cuando uno es de color oscuro las arrugas tardan más en aparecer o en hacerse notar; además suceden cosas que logran que uno se ubique, o que se dé paja; como cuando intenté subir a la camioneta sin pagar, mostrando mi carné de viejito y me dice el chofer: moreno, no se haga el brocha, pague su boleto, que usted está más pollón que yo. De cualquier forma, ya saben lo que dicen, eso de estar viejo es más un estado de la mente y no del cuerpo.

Hace unos días un patojo se le escapó de las manos a la mamá, yo estaba en el internet del Adán y alcancé a ver cuando quiso atravesarse la calle; salí corriendo tras él, justo a tiempo para detenerlo, así evité una tragedia. La madre, entre asustada y agradecida, me dijo: que bueno que estuvo listo joven, gracias por agarrar a mi hijo. Las palabras de la doñita alimentaron mi ego, haciendo que se fuera más arriba de donde usualmente se mantiene.

Es inevitable llevar la cuenta de los años, los que tengo, los que debo, si me hacen sufrir, si me causan dolor; lo cierto es que a mi no me duele nada, no se me olvidan las cosas, nada de problemas de próstata, ni señales de alzheimer, todo funciona de maravilla; ni siquiera la soledad, porque esa la alivian los cuates, las cuatas, mi blog y los amigos virtuales, que se fijan en todo, y vienen a dejar saludos de cumpleaños.

Pero como siempre hay un mosquito en la piña, un pelo en la sopa pues, no falta quien lo haga a uno aterrizar, les echo el cuento: Evita es una patojona que recién sobrepasó los cincuenta años, trabaja en la universidad, la conocí hace unos veinte, pero nunca fue nada mío (no le salió nada); eso sí, durante todo este tiempo ha sido fiel a los talleres, siempre comparte sus libros y cualquier material para discutir, es inteligente y culta, solo que carece de tacto la muchachita. Ayer vino con unos libros nuevos, con ganas de comentarlos, después del saludo le dije: Evita, no sé que hace usted, cada vez que la veo pienso que está exactamente igual que cuando la conocí. Ella me vio de pies a cabeza, y con total desparpajo liberó sus palabras: Johan, lamento no poder decir lo mismo.

Así que ya no me doy más paja, asumo mi edad y no me hago bolas, ya vendrá alguien a decirme: pase adelante joven, o patojón, o que estoy pollonazo.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: PASTELERÍA DOÑA VICKY

viernes, 20 de febrero de 2009

El profe Dennis

Me lo presentó la comadre, de inmediato nos llevamos bien, es muy leído el profe, autodidacta él, no se hace bolas, venera por igual a Borges y a Cortazar; pero la falta de pisto, como dice él, no le ha permitido leer a varios escritores modernos; le entra a todo, no se queja del Harry Potter, que leyó porque una alumna de básicos le prestó toda la colección; dice que es una historia bien bonita, que esa autora de plano se leyó a Tolkien y todo lo relacionado con las mitologías escandinava y anglo-sajona. Como es popular en el instituto, para su cumpleaños los patojos le regalan libros, bien amables ellos, siempre tratan de obsequiarle éxitos del momento; el año pasado, entre todos, le dieron la colección completa de Paulo Coelho; su opinión es que los libros tienen bonita portada, pero que al pelón ese no le va vestirse de negro. A los autores nacionales dice que no los ha leído, porque en tiempos de crisis hay que ser selectivo, además los libros ni llegan por allá.

El nombre Dennis evidencia su origen zacapaneco, aunque su acento remite a la vieja España; fue criado por la abuela, ella era vasca, pero se enamoró de un campesino y de las montañas, nunca volvió a la península; por eso sus padres la desheredaron. Así que el profe tampoco tuvo herencia, mucho retos si, sobre todo inteligencia, la suficiente para convertirse en maestro y erudito.

Mientras nos echábamos las cervezas, en la casa de la comadre, me contó de su viaje. Resulta que hace cinco años ganó un certamen de ensayo, organizado por una entidad venezolana, entonces lo invitaron para que fuera a recibir el premio. Imagínese Johan, dijo (no tutea, como buen patojo de pueblo, que respeta a sus mayores, él tendrá unos cuarenta y cinco años), yo parado ahí, en el Teresa Carreño, recibiendo el galardón, me sentía chiquitío, hasta se me salieron las lágrimas, pero que le digo a usted, si debe estar acostumbrado a esas ceremonias.

Me puse a pensar que la comadre había exagerado un poquitío cuando le habló de mi, por lo tanto le seguí el juego, total soy un pajero, además no quise desanimarlo, él creía que yo había ganado varios premios, quizá después alardearía de conocerme; inteligente si, pero también ingenuo el profe Dennis; si supiera que nunca he ganado ni un pequeño certamen de pueblo.

Después de unas cuantas chelitas, sacó de su maletín un libro, era la versión editada en Venezuela del ensayo ganador; como yo no tengo libros, para devolverle la cortesía le apunté en un papel la dirección del blog de cuentos pajeros.

El profe dio muestras de ser buen bebedor, en lo que yo me tomaba una, el iba con dos, y así sucesivamente; pero no perdía la compostura, ni cambiaba el carácter dicharachero y bromista. Aquí no me toman en serio Johan, dijo, mientras se inclinaba sobre la mesa, una vez me preguntaron, ahora que ya ganaste el ensayo, ¿cuándo te echás el de a deveras?” Chistes viejos por aquí, otros nuevos por allá, las horas de conversación se alargaban; medio pasado de cervezas prometí que leería su ensayo.

Como aquella pasamos varias tardes, demostró genuino interés en que los patojos se acerquen a la lectura, se quejaba de la falta de libros, del deterioro de la biblioteca, pues de los más de mil volúmenes originales ya solo quedaban unos doscientos, porque con el tiempo se los habían ido robando, que en un tiempo pedía donaciones, pero ahora ya ni eso, porque nadie tenía pisto. De todas formas, necio que es uno, planificamos iniciar un taller de poesía.

Llegado el momento de regresar a la capital, pasó a despedirse y me entregó el manuscrito de su novela. Púchica profe, también le entra a la novela, atiné a decirle.

Terminé de leer los libros del profe Dennis hace un par de días, me sorprendí dos veces. El ensayo está bien investigado, es ambicioso; analiza la herencia vasca obtenida de su abuela, haciendo contraste con la identidad chapina, concluye que no existe tal cosa; tiene la ventaja ser un texto que deja de lado el enfoque académico, acartonado, para ir en búsqueda de voz propia, es lectura agradable, a pesar de tener rescoldos barrocos, algo preciosista.

La novela es mejor, es de aquellas que cuando se leen termina uno diciendo, me hubiera gustado escribirla. La trama tiene elementos de magia, pero no es Asturias, quizá suene pretencioso, pero es una especie de reinvención, es fresca, debería publicarse.

Pensé en la autenticidad del profe, escribe porque tiene necesidad de hacerlo; perdido allá en su monte, le pela si lo publican o no, ni siquiera se molesta en buscar editores, recordé lo que dijo al respecto: para publicar en este paisito hay que besar algunos fondillos, eso no va conmigo; queda la opción de poner uno el pisto, con cinco mil quetzales sale regular la edición, luego hay que subirse a los buses y tratar de vender el libro, no vale la pena, igual escribo porque hay cosas que no puedo tener adentro.

Buena onda el profe, humilde, con su premio ganado en la república bolivariana de Venezuela, y su buena novela, él ocupa su tiempo pensando en como hacer para que treinta adolescentes campesinos se interesen por leer, al menos la infaltable María, de Jorge Isaacs.

Salú pue.

viernes, 6 de febrero de 2009

Yo bucólico

Me encanta la ciudad, no solo en Guatemala, también las que he podido conocer en otros países. En medio del caos surge algo de encanto, de mágico, no se me ocurren otras palabras para describirlo, me declaro un ser urbano (pero no ese Urbano Madel, el que escribe horóscopos); por eso me resisto a caminar lejos del centro histórico, y mucho más a salir de la ciudad; sin embargo, hay invitaciones que no se pueden resistir, menos cuando la comadre, la única que tengo, se pone necia y casi me lleva arrastrado para su casa del interior.

Hace unos días llegó a mi casa, venía con el marido y su hijo, tenía ratos de no verlos, el muchacho se puso enorme. Después de largas negociaciones me subieron al carro y partimos para Jalapa; o sea que tuve que abandonar la ciudad, pero ya regresé.

Llegué a la casa, nada ha cambiado, todo igualito, pero lleno de polvo. El único que me extraño fue el Adán, quería que le prestara unos libros, vos patojo tomás mucha Incaparina, ¿verdad?, le dije, porque sos fuerte, ni me has devuelto los que te llevaste desde el año pasado, así que no hubo más libros para él.

El viaje a provincia duró varias horas, pues decidimos tomar el camino más largo, con la idea de ver el paisaje. Salir poco ayuda a conservar la capacidad de asombro, por eso me pareció impresionante la cumbre de Miramundo; paramos un rato, para observar y estirar las piernas, en eso me dice el muchacho (por cierto, él no es mi ahijado, soy el padrino de la hija, ella se casó hace un tiempo): y’diai Johan, no trajiste la cámara ¿no?, yo que creí questos paisajes te serviríyan pa´tu blog; no, le dije, puso cara de asombro, al tiempo que sacaba el celular y decía: yo si voy a tomar unas, pa’mi blog; enfocó y cuando iba a disparar solo se oyó: ijuela, ya se chingo esta mierda. Suele pasar, pensé, si alguien de doscientas ochenta libras lleva en la bolsa de atrás del pantalón, durante tres horas, un pequeño aparato.

En mi memoria (como no se pudo en la del aparatito) quedó aquel atardecer, entre pinos, desde la montaña, con todos los valles abajo, aire fresco y colores intensos.

Ya instalado en casa de la comadre me quedé más tiempo del previsto, pero lo disfruté. Paseamos por un par de pueblecitos, fabricados de caña brava y lodo, me hicieron pensar que en cualquier momento aparecería Aureliano Buendía, Remedios la bella o el famoso coronel que no tiene quien le escriba (es una pequeña concesión que hago para los amigos colombianos, que amablemente visitan mi blog, no piensen que estoy plagiando, bien pude haber mencionado cualquier personaje de Asturias); los paseos vespertinos incluían caminatas por las calles del centro del pueblo, llenas de polvo; había un kiosko enorme, los domingos ponen marimba, a veces música de banda.

Es curioso darse cuenta que los fríjoles caldosos, con tortillas de maíz amarillo, queso fresco recién prensado y, de tomar, leche espumosa, tienen otro sabor, el meritito sabor podría decir. Sucede que en la ciudad es difícil encontrar comida con tal frescura, por eso los sabores originales se van olvidando.

Volví ayer, quizá me vaya de nuevo, en unos días, pero por trabajo, resulta que hice contactos con un maestro divertidísimo, con acento casi español, hijo de inmigrantes vascos, de los que huyeron de la guerra civil, para dar un taller de literatura en un instituto público de por allá, resulta que este año pusieron el bachillerato. Me pareció raro encontrar en la entrada de la casa una veladora encendida, pero luego caí en la cuenta que el terremoto de 1,976 fue por estos días. Según se dice, en esta casa murió un niño ese día.

Dormí como doce horas, luego salí a dar una vuelta, a respirar el aire del centro, a sentir los olores que nunca se olvidan. Contaminado, de nuevo, me dirigí al internet del Adán, me dijo lo de los libros, le eché vicks, como les conté arriba y me dispuse a contarles mi viaje.

Salú pue.

viernes, 30 de enero de 2009

Champurradas voladoras

¿Alguien puede imaginar la internet sin Google? Nel pastel, para nada, por su medio se encuentra toda la información necesaria e innecesaria, hasta lo más descabellado; como el significado del comentario que el maestro Dublín me dejó en los Cuentos pajeros, no fue difícil, ahí estaba, fue cuestión de teclear las palabras correctas.

No les voy a contar, a estas alturas de la vida, que entre tanto sitio de cualquier cosa, existen páginas que traducen esos regionalismos, pero existen, no miento.

Hay días en los que dan ganas de escribir algo, si es interesante para los demás mucho mejor, pero se tienen otras cosas en mente, la mentada crisis no nos deja en paz, entonces se pone uno a imaginar a la gente que le gusta pensar en la inmortalidad del cangrejo, cosa que yo no hago, porque he comido bastantes de esos bichos, por lo tanto he comprobado que no es posible.

El problema de ser obsesivo es que se tiende a querer, por todos los medios, despejar ciertas dudas, casi todas, todas pues. Por suerte basta con escribir las palabras en Google y aparecen todos los enlaces que hablan de la inmortalidad del cangrejo, son un montón, hasta hay universidades que ofrecen doctorados en el tema, eso ya es paja mía; lo cierto es que hay foros, grupos, blogs, páginas; todos tratando de descifrar el significado oculto tras aquellas palabras: La inmortalidad del cangrejo, leí en voz alta, mientras apoyaba la barbilla entre el dedo índice y el pulgar de mi mano izquierda.

Metido en esas honduras filosóficas, busqué champurradas voladoras, expresión guatemalteca que se refiere a lo mismo, o sea, a la inmortalidad del cangrejo; pero ¿qué creen? Cero resultados, tal parece que la frase no es tan popular como yo pensaba, de hecho, recién ahora recuerdo que solo la he escuchado mencionar por una patoja que llegó durante un tiempo al taller, ella aseguraba que en sus años de colegio todo mundo la decía. Pues para no dejarlos con la inquietud, voy a tratar de explicar un poco el rollo.

Para comenzar, en tono doctoral, imitando al maestro Piláz, diré que la etimología de la palabra champurrada proviene, digo yo, de chapurreada, voz que alude a: mal hecho, torpemente fabricado, y que da nombre a una especie de galletas circulares, elaboradas sin molde, palmeadas, algunas veces cubiertas con semillas de ajonjolí, son doraditas, delgadas, crujientes, de la familia del pan de manteca o dulce, parte de la dieta básica del guatemalteco y acompañante favorito para el café; incluso una marca se comercializa a nivel internacional como: galletas para café.

La champurrada es parte integral del ritual del cafecito. En Guatemala no se toma café, se toma cafecito, con diminutivo, y no se sirve una taza, se sirve una tacita, aunque sean recipientes grandes, como los pocillos de peltre que todavía se ven en algunos mercados.

Este país se precia de cultivar el mejor café del mundo, aunque dicen lo mismo en Colombia y Costa Rica, también en Brasil, todo mundo es exagerado (ya ven que lo mismo sucede con los centros comerciales, todos los países de Centroamérica tienen el Mall más grande de Centroamérica); a pesar de lo bueno que pueda ser el grano de por acá, la gente no tiene cultura de tomar buen café (hasta en años recientes se empieza a cambiar el gusto), entonces se toma bastante ralo, de mala calidad, agüita de calcetín que le dicen; la culpa la tienen las doñitas de antes que, por no desperdiciar, hervían agua varias veces sobre el mismo café; a eso se agrega que la costumbre es endulzarlo mucho, al grado que se llega a preguntar: ¿desea un poco de café para su azúcar? Eso sí, el mejor complemento siempre es una champurradita.

La tradición manda: mojar la champurrada, o sea introducir el panito dulce, en la tacita de café, para humedecerla y suavizarla, cosa que se ve mal, pero no hay guatemalteco que resista hacerlo; por lo que, al final, ha sido aceptado socialmente.

Volviendo al rollo de las champurradas voladoras, la expresión se dice cuando alguien habla sin sentido, o se queda mirando al horizonte, pensando en nada; es una metáfora, nada más, porque no creo que haya guatemalteco capaz de lanzar al aire una deliciosa champurrada.

Espero que, de ahora en adelante, si alguno quiere goglear la expresión, llegue a mi blog.

Salú con un cafecito pue.

viernes, 23 de enero de 2009

Un poquito más de lo mismo

Cuando enero ha pasado de la primera quincena todo mundo dice que el año va rápido, que cuando sintamos ya estaremos en Semana Santa, que los días se van volando; en fin, las referencias a la velocidad del tiempo son incontables; cosa rara, si se toma en cuenta que los años, los meses, los días, los minutos, los segundos, todos, siempre han tenido la misma medida.

Los inicios nos desubican, dan hueva, siempre he pensado que, luego de terminado un año, debería existir un margen de unos ocho días antes que inicie el nuevo. Sería un lapso de transición, de renovar fuerzas; claro que son cosas innecesarias, lo que pasa es que somos extraños, pues ya sabemos cuando terminará, como terminará y, sin más espera, que empezará el siguiente, la cuenta va de nuevo.

Uno piensa que habrá cambio, pero la novedad se va perdiendo en la medida que febrero se acerca, que los patojos vuelven a clases, cuando el tráfico se pone aún más insoportable. La rutina es la misma, hay que mantener la actitud, al menos el precio de la gasolina bajó algo; pero se viene la crisis, dicen todos, este año si nos va a golpear, como si no siempre hubiera sido lo mismo, aunque ahora todos tienen la esperanza puesta en San Obama, ese patojo si que se las verá negras.

Las cosas no se detienen, no hay continuación, siguen de acuerdo al rumbo que uno determine. Por supuesto que siempre hay elementos externos, la violencia, la fuerza de la naturaleza, pero hay que estar alertas, el manual de sobre- vivencia básico se reduce a una sola frase, lo único memorable que dejó VIP (se acuerdan de la película): vivo te quiero.

Ya ven como todos los años empiezan igual, haciendo recuentos de esto o de aquello; que si el primer año del gobierno, que si la violencia se incrementó, que si la inflación superó las metas, que los propósitos del nuevo año; luego, cuando ya ha pasado junio, volveremos a decir: alagran, qué rápido se fue el año, ya viene navidad otra vez; y vuelta a sufrir porque se ha gastado el bono 14, los que reciben; y a esperar el aguinaldo, los que todavía tengan chance; y a pagar la inscripción del colegio del otro año, los que puedan pagarlo, cada vez lo cobran con mayor anticipación.

Les dejo las palabras de aquel famoso sabio, al que le gustaba partir niños en dos: Vanidad de vanidades, todo es vanidad; da la impresión que tenía contrato publicitario con esa revista, por eso les recuerdo que también existen otras, Cosmopolitan, por ejemplo; digo que todavía existe, o de perdida la revista Amiga. Son todas iguales.

Salú pue.

El anterior mensaje fue cortesía de: CHUCHITOS DOÑA CHONITA.

viernes, 9 de enero de 2009

Vuelta a la página

No quisiera seguir hablando de las navidades y los años nuevos, pero ya ven, en la medida que uno se pone viejo se hace más difícil arrancar la última hoja del calendario.

El rollo es que la navidad pasada estaba dispuesto a hacer concesiones, celebrar, pero como las cosas se trastornaron a último momento, entonces me puse a buscar otras opciones, claro que sin muchas ganas.

Afortunadamente los cuates siempre están a la orden; el Adán ofreció su casa, la de su mamá pues, pero eso de posar en navidades no me gustó; así que me contenté con acostarme temprano.

Después de calentar un par de tamales, de los que me regalaron la mamá del Adán, la vecina, la esposa del Beto, el Dieguito, en fin, los que me conocen, y sabían que iba a estar solo, enviaron el respectivo tamalito, paré reuniendo como quince, de todos colores. Cada casa tiene su modo de hacer tamales, habían de arroz, de masa, de marrano, de pollo, la dueña de la casa me presumió que los suyos eran de gallina criolla.

Me despaché uno de arroz y el otro de maíz, ambos de carne de cerdo. Los negros los dejé para otro día, esos venían con dedicatoria especial, pero como no me gustan mucho, por el sabor dulzón que dejan, los guardé; aunque a estas alturas del año ya se fueron feitos.

A las siete de la noche apareció el Jonás, venía a invitarme al culto, dijo que los niños de la iglesia iban a presentar una pastorela, que comenzaba a las ocho, le dije que me iba a acostar temprano, pero luego me animé, al fin que, pues nada, igual no creo en dios, pero reírse un rato de las payasadas de unos niños me permitiría salir. Si me quedaba en casa, dormido, luego la cuetería de las doce me iba a despertar, eso me pone de mal humor.

La iglesia del Jonás es un local comercial reacondicionado para fungir como tal, tiene poca decoración, las señoras colgaron unas cortinas rojas para simular un escenario, al mismo nivel del suelo, apenas éramos unas veinticinco personas, casi todos padres de los niños que desfilaron como reyes magos, pastores, un ángel y, por supuesto, José y María. La novedad era que el niño Jesús era un niño de verdad, el nieto de Marina (quien no se llama así, tengo que recordarlo), para más señas, y ahí estaba ella, con la mirada altiva, aparentando que no me había visto (quizá era yo el que estaba pensando pajas), hasta que su hija la codeó, entonces me dirigió una sonrisa de cajera de Mc Donalds.

Me arrepentí de estar ahí, por un segundo, luego pensé: ella se lo pierde, no es cierto, no soy tan arrogante, pero me despreocupé y seguí disfrutando el show.

La pastorela estuvo de antología, el bebé (que tiene un año), lloraba y lloraba, la patoja que hacía de María no podía calmarlo, José parecía angustiado, los trajes de los reyes magos eran vestidos de noche femeninos, salidos de alguna paca, cubiertos con capas que parecían faldas largas, de satén y terciopelo negro.

Cuando el Jonás comenzó la prédica (la cosa duraba hasta medianoche) mejor me salí. Me fui caminando a la casa, fumándome un cigarro, Marina (quien no se llama así, disculpen la necedad) venía de regreso, había llevado al nieto a su casa, ella volvía por la hija, pues se había quedado a esperar al novio, él canta en el grupo de alabanza.

Al estar cerca, bajó la cabeza, y en voz baja dijo: Feliz Navidad Johan. Supongo que esperaba una disculpa por publicar su vida en el blog, no lo hice; en realidad no creo haber violado alguna regla, pero bueno, la saludé, nos dimos el abrazo y seguí para la casa. Tres pasos adelante giré la cabeza, casualmente ella también lo hizo, fue entonces que dijo: gracias por el libro, está muy interesante, tal vez un día de estos lo discutimos.

Recordé que le había regalado una versión bastante buena de Las mil y una noches, los cuentos tal como son, eróticos, me lo encontré en una librería de viejo.

Salú pue.