viernes, 24 de octubre de 2008

Piñatas

Mis hijos crecieron hace muchos años y, como les he contado, cada uno tomó su camino, pero cuando eran pequeños más de algún vecino nos invitó a la celebración del cumpleaños de sus hijos. Ahora que lo recuerdo, pienso que fue bueno que los prejuicios, de los demás, nos evitaran más invitaciones.

Siempre he pensado que ese ritual de acabar, a palazos, con un personaje de cuento infantil o de caricatura, según el gusto del niño, es macabro; ya lo creo que si, todos quedan felices hasta que logran sacar el tanate de dulces que se acumulan en la panza. Mis hijos nunca se acostumbraron, por eso dejé de hacer esos rituales satánicos, pero no de celebrar cumpleaños, los cambié por refacciones en el colegio.

Todo este rollo viene al caso porque una de las señoras que llegan al taller ha venido manifestando un interés inusual en mi. Ella es una mujer guapa, divorciada, cuarentona de buen ver. Resulta que uno de sus hijos, precoz él, la hizo abuela hace un año. El asunto es que, según creo, ella pensó que la piñata del nieto era un espacio decente, y sin peligro, para reunirnos. Entonces se dio a la tarea, durante una semana completa, todos los días, de invitarme a la celebración. Para no darse color, enfatizaba lo mucho que le gustaría presentarle a su familia al gran Johan, subiéndome el ego, con esas y otras pajas, logró convencerme, además no tenía nada mejor que hacer el domingo.

La acompañé a la fiesta, ella se puso muy guapa, en realidad nada del otro mundo, pero se miraba bonita, más de lo acostumbrado. Mi entrada, como siempre, fue espectacular, la gente se me quedaba viendo, en especial los niños; en este país es raro recibir visitas de alguien de raza negra. Ya me acostumbré a esa maña chapina de evidenciar las diferencias; y a las miradas, con la boca abierta, de los güiros; me da igual.

Fue complicado sentarse en un patiecito de esos de casa del centro, pequeño digo, pero en realidad son más grandes que los de casa de colonia. En el lugar habían acomodado unas veinte sillas de plástico, para los adultos; igual cantidad de sillitas, para los niños, rodeaban una mesita adornada con dibujos de no se que personaje; hace años que no veo caricaturas, era una especie de alce, por los cuernos, de color naranja y con ojos enormes; el adorno se completaba con globos pegados al techo y las paredes, bien lindo se miraba todo.

Debo decir que una de las más simpáticas habilidades del artesano guatemalteco es la de hacer piñatas. Algunos piñateros son verdaderos artistas, lo efímero de sus estructuras no desmerece el trabajo que le ponen, algo así como las fallas de Sevilla; claro que hay otros que logran asustar a los niños, recuerdo una vez que un Hulk mal hecho fue la sensación de la fiesta.

El ambiente en una piñata de barrio es extraño, cada familia se aglutina en su sector, no hablan con los demás, usualmente las sillas están colocadas alrededor del patio, la mayoría de veces no hay mesas para los adultos, así que, si mucho, se habla con el vecino, en este caso mi amiga. Por otro lado, cada tantos minutos, aparecen personas que se presentan, platican un poco y regresan a sus incómodas sillas.

El plato fuerte es la piñata, aunque en el ínterin, de un tiempo acá, se ha popularizado contratar a un payaso. Los payasos de piñata son verdaderamente infames, no tengo nada contra ellos, de verdad, pero cuentan chistes malos y repetidos, si tratan de ser originales se ven peor, casi siempre hacen llorar a algún niño, sus atuendos asustan, antes que causar gracia; afortunadamente el show duró unos quince minutos.

Llegado el momento cumbre, el niño agasajado recibió un palo lleno de flecos, para que se diera gusto, cual jugador de béisbol, disparando golpes contra la piñata, supongo que lo entrenaron todo el año, porque no lloró y atinó a pegarle a la piñata, aunque sin mucha fuerza; claro, no se puede pedir que alguien de un año rompa esos muñecos.

Un por uno, los niños y niñas desfilaron para acabar con el personaje, el griterío de los adultos animaba la actividad, los patojos olvidaban por un rato la ropita de fiesta y la corrección, y lanzaban golpes intensos.

Me llamó la atención una niña tímida, delgada, con trenzas, llevaba una bolsita colgada al hombro, su actitud era de princesita remilgada, hasta limpió la sillita, haciendo cara de fuchi, fuchi, para no mancharse. Cuando pasó a quebrar la piñata se transfiguró: lanzó golpes que hubieran derribado a un toro, no le importó golpear a un par de niños en el hombro, y al caer los dulces se lanzó al suelo acaparándolos entre sus brazos y su cuerpo extendido.

La tarde siguió con el pastel, los refrescos y los chuchitos, que me encantan. Siempre recuerdo la primera vez que me los ofrecieron, en ese entonces llevé tal decepción, pensé que me darían un cachorrito, conste que tenía cinco años.

Me presentaron con medio mundo, fui testigo de los pequeños líos de la hija de mi amiga con su pareja, un muchacho tosco con cara de pocos amigos, igual que las demás familias que nos rodeaban.

Como era invitado especial, eso dijeron, cuando todos se fueron, me quedé a tomar un café con la familia. Pude ver al niño destapando los regalos, los padres mostraban su decepción, en la medida que descubrían lo que venía en los envoltorios; creo que pensaban en lo caro que les había salido la piñata y que los regalos no compensaban lo invertido, pues la mayoría de los obsequios eran baratijas chinas y calcetines de la sexta avenida.

Cuando me despedí le di un abrazo, ella aprovechó para besarme en la mejilla, dos segundos más de lo normal.

Salú pue.

viernes, 17 de octubre de 2008

Tragedia nacional (otra vez).

Después del rollo de la profecía el Jonás no había vuelto a hablar, hasta el miércoles por la noche. Estábamos con la mara viendo el partido, y cuando terminó lo escuché decir: puta no puede ser, es la peor selección que he visto en mi vida; le dije que la cosa no era para tanto, que igual la eliminación era inminente; también le dije que la culpa, en parte, era de él, pues no había orado lo suficiente, a lo que respondió recordando a mi madrecita.

Así como el Jonás estaban todos, hasta el Adán, quien dice que el fútbol le pela, tenía los ojos llorosos. El caso es que el resto de la noche nos la pasamos hablando de lo mismo, es más, dos días después, todos en Guatemala, siguen dándole al tema, el rollo se ha convertido en una auténtica tragedia nacional, pero en una que sucede cada cuatro años.

El rollo del fútbol en Guatemala es algo de locos y de ciegos, por no decir de estúpidos; para hablar más claro. Fuera de las condiciones básicas que debe tener un deportista; es decir, buena nutrición, altura adecuada a cada puesto, entrenamiento desde pequeños; o sea, formación integral pues, al talento es muy poco lo que se le puede pedir.

Pues dejando de lado esas consideraciones, suceden cosas raras, cosillas que todo mundo ha escuchado por ahí, pero que nunca se investigan o discuten a fondo.

Algunas de las cosas que he oído, conste que todos son rumores, pero como dicen, cuando el río truena. Lo que pasa es que el sentido común dice que no es normal, que algo o mucho de trampa hay.

Volvamos a aquel fatídico día (no al miércoles 15-10-08), cuando Guatemala perdió en Trinidad y Tobago, en los últimos minutos del encuentro; esa vez se dijo que la culpa era del Primitivo, porque no supo manejar el partido, muchos dijeron que se había vendido y luego recordaron cuando Honduras perdió la clasificación, en el último juego, contra México y con el Primitivo como entrenador; los hondureños también vociferaron que su técnico había recibido dinero, que era un vendepatrias; así dijeron por allá. De aquel entonces se recuerda, entre otras cosas, la necedad de alinear a Foster, cuando había sido responsable de muchos de los goles que recibió la bicolor. El Primi se fue, no sin antes descargar toda la culpa en los jugadores y echar unas cuantas pestes más.

Lo del Bolillo Gómez es de lo peor, ¿cómo se puede tener a una persona ganando tanto dinero, por más de un año, trabajando tres o cuatro días al mes?; finalmente lo echaron y ¡oh, sorpresa!, los flamantes directivos volvieron a contratar al Primitivo, y lo presentaron como el salvador del proceso. Eso fue descarado muchá, recuerdan que Kenton hizo un papel decoroso con la sub 23, pienso que por eso no lo quisieron a él, porque se corría el riesgo de que consiguiera la calificación al mundial.

Ya subidos en el macho (me refiero al Primitivo), suceden otras cosas extrañas. Foster fue convocado de nuevo como portero, cuando tenía un año de no jugar, porque ningún equipo lo quería. Thompson fue llamado a la selección, tampoco tenía equipo, estaba lesionado, por eso nadie lo contrató. Cabrera se fue a Noruega, pero allá no lo ponían a jugar, el Pescado estaba gordo, lo sacaron del Galaxy, en su nuevo equipo no era titular, pero en la sele era indiscutido. El Loco, no sabe jugar, solo corre detrás de la pelota, quizá tenían que haberle hecho pancartas a lo Forrest Gump, pero ni eso se les ocurrió, pero insistieron en ponerlo de titular, porque según dicen las malas lenguas, la directiva roja decía que la eliminatoria era un escaparate para que se exhibiera y que algún equipo extranjero lo comprara. El Moyo Contreras, jugó unos minutos en Argentina y luego ya no le dieron balón. Y así, hubo otros que se pasaban calentando la banca en sus equipos y en la selección eran titulares, ¿en dónde se ha visto eso?

El asunto es largo y las anomalías en torno a la bicolor siguen y suman. El que más sonaba y sigue sonando es el de las borracheras de los jugadores. Que si el Freddy es un borracho, que si al Pescado lo vieron casi tirado, en fin de esos cuentos hay una infinidad.

Son muchas cositas, pero los que saben o los que pueden investigar el tema se hacen de la vista gorda, siempre he pensado que con todos estos rumores la prensa está obligada a tratar de ir al fondo del asunto, pero como ya se sabe, o así dicen los rumores, todos son coyotes de la misma loma. En fin, se quiera o no, todos terminamos hablando del tema, miren pues, yo que no soy futbolero y aquí me tienen echando más paja al fuego. Lo hago en el afán de consolar al Jonás y al Dieguito Iespien, pues esos si que están sufriendo.

Salú pue.

viernes, 3 de octubre de 2008

Profecías

Hace unos días, el Jonás vino con una gran preocupación, según él tenía una profecía importante y quería compartirla conmigo.

A mi no me gustan esas cosas, pero le dije que orale, que lo escucharía, a ver que onda. Pero no paró ahí, luego me pidió que la subiera al blog, porque era de gran importancia; no le creí, pero de repente a alguien más si le interesa, me dijo, así que me convenció.

Me pasó un papel escrito a máquina, casi sin espacios, les transcribo fielmente lo que decía.

En el ltimo a{o del reinado del arbsto, suceder que una gran bolsa caerá desde los cielos, oscureciendo el panorxxma econmco del mundo y llevndos consigo a todas las bolsas del mundo en un agujero negro.

Esto pasar para que l ltimo dscendiente de Caín pueda sentarse en la silla que le ha pertenecido desde el principio de los tixxmpos. Quitndle el lugar al descendiente de quien ha sido culpado de llevar su marca.

Vi que el cxelo se abrió, y he aqu 7na mujer vestida de rojo, con un anmal sobre la cabeza, que sostena en la diestra una paleta de cocina y en la siniestra un delantal, era llamada para hablar en nombre del ltimo descndxxente. Ella se neg, diciendo: Slo soy una pequea Hcky mm que no sabe hablar bien, entonxxces una voz le dijo "toma de la ceniza del altar y comela"; pero la mjer se neg a cmer, diciendo "que porquera" .

Entonces tuve una visn y he aqu que la mujer decía:
"untaremos la democracia por todo el mundo", y luego agrgaba "digo untar porque soy ama de casa".

Vi entonces que la gente dejaba de comprar cosas cxxaras, y de hacer viajes lxxrgos, y usaba ropa sin mrca y todos llrban y se lamntaban, diciendo: "tengo tres hipotecas", y rasgaban sus tarjetas de crdito y se culpaban los unos a los otros.

Entonces el ltimo angel me mostr el fturo, algo que no puedo contar, y pude ver al descendiente de Can llrar arrepentido y maldxxcir a la mujer por no haber comido de la ceniza del templo, porque entnces no poda hablar.

Supongo que la profecía seguía, pero ha estado lloviendo mucho y el resto de la hoja estaba manchada y llena de lodo, al parecer alguien salpicó encima al Jonás cuando venía para acá.

Me explicó que las profecías le llegaban en una especie de "escritura automática" y que, luego de escritas, no podía recordar nada ni aun leyéndolo. Así que olvidénse de las correcciones.

Le dije que mejor orara tiempo extra, para pedir que le fuera enviada una computadora, porque, por lo visto, eso de escribir a máquina no se le da. Dejá de chingar me dijo, luego aseguró que mi futuro se veía negro, y que nada bueno vendría para la humanidad.

Solo pajas sos, le dije.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Diálogos de fútbol

—Ahí viene el Diego miren muchá.

—¿Qué rollo vos Dieguito, qué te habías hecho?

—Mucha tarea en la U, pero yo siempre ando en la jugada.

—El Johan ha estado triste por vos, va vos Johan. ¡Puta muchá!, oyen eso, ¿son balazos o son cuetes?

—Si serán huecos, el Jonás hasta se metió debajo del escritorio, son las chavas del Belga, por ser el último día de clases, de las que se van a graduar, están quemando una ametralladora como de una cuadra; ahorita que yo venía para acá la estaban poniendo.

—A bueno, pero como ahora la situación se puso tensa, por los micrófonos, las estafas y toda esa paja, ya parece que fuera un golpe de estado.

—La hubieran guardado para cuando clasifiquemos al mundial, va vos.

—Simón, y ¿cómo mirás a la sele vos, ¿pensás que va a clasificar?

—Mirá mano, como dice aquel comentarista de la tele, si la sele, como me salió en verso ya saben, gana los tres partidos que le quedan, entonces clasificará a la siguiente ronda.

—Ta fácil entonces.

—Ya vas, esos comentaristas son bien pilas, va muchá; pero ya en serio, que opinan de la sele, vos Adán, ¿vos que decís?

—Mirá mano, el fútbol me la pela; pero el Beto si se engaza con ese rollo, hasta una oda al fútbol escribió el otro día, va vos Beto.

—Pues engazado, engazado, no soy, pero si lo miro, la liga española me gusta, por ejemplo, pero con eso que ahora solo la mirás si tenés eskai, y esa mierda es muy cara, entonces, de plano, le he perdido el interés. Y buena idea mano, no he escrito nada sobre fútbol, pero te voy a tomar la idea, una oda pajera, por ejemplo. Vos Jonás, vos creés que si toda Guatemala se une en oración, pidiendo el milagro de la clasificación, ¿será que se nos hace?

—Puta muchá, como chingan con eso, pero les digo una cosa, me mato de la risa cuando le preguntan a un jugador, antes del partido, ¿dispuestos a ganar? y él responde, todo lo dejamos en las manos de Dios, él es quien decide. Que de a huevo, si pierden no es porque son meros mulas para jugar, es porque Dios no quiso.

—Vos Johan ¿qué opinás?

—Pues aquí el experto es el Diego, muchá, aunque creo que puedo ser más objetivo, digo yo, pero como no sé mucho de fútbol, entonces no cuenta lo que diga.

—Solo pajas es el Johan. Tons vos Diego, vamos a no vamos al mundial.

—Miren pues, todo este rollo es triste muchá, porque Guatemala es, entre los países futboleros del mundo, el peor de todos, y eso no es paja. Por supuesto que se le gana a Belice, a Cuba, a Nicaragua, pero esos no son países futboleros. Por eso si se toma como referencia aquellos países en donde el fútbol es pasión, que el estadio se llena cuando juega la selección, entonces no hay otro que sea más malo que Guatemala, por eso solo queda esperar lo peor, bajar las expectativas, porque si no se clasifica, no pasa nada, y si se clasifica, pues nos ponemos alegres, ya saben a que me refiero, jeje.

—Mirá pues, Diego Iespien tenías que llamarte, si hasta parece que supieras lo que decís.

viernes, 12 de septiembre de 2008

15 de septiembre

— Ya vieron muchá, el centro está de nuevo sitiado, es la segunda vez en el año; primero fue la semana santa, llena de marchas fúnebres; ahora el quince de septiembre, con su tamborileo y, de plano, es imposible circular.

—La independencia dicen, solo pajas es la mara, con tal de sacarle pisto a los papás siguen necios con los desfiles; de todas formas estás de pelex mano.

—Un poquito, pero estoy escribiendo una historia para mi blog.

—Ya viste pues, solo pajas, vaa bos Beto.

—Ujum,

—Ya no me interrumpan pues, tengo que escribir la historia, quiero ir al baño, pero me voy a aguantar, si no pierdo el hilo.

Los dos años que pasé en Guatemala, cuando era niño, me dieron el panorama del país al que regresaría ya siendo adulto. Aprendí el español con alguna dificultad, debido a mi forma de hablar, en ese tiempo conviví con los verdaderos discriminados. De cualquier manera, para la gente, yo era un ente raro. Cuando vivía en Cobán apenas me miraban, pero los viejitos se corrían cuando se topaban conmigo en la calle. Luego supe de la leyenda del negro, y de cómo los finqueros contrataban (o compraban, ¿quién sabe?) a un hombre de mi color, lo dejaban suelto y desnudo, por la noche, entre los cafetales, para prevenir los robos que se hacían a los sembrados. Así que para los viejos yo era una especie de duendecillo negro, y para los ladinos, alguien raro; pero con la fama de santa adquirida por mi madre, nadie se metía conmigo, ni se atrevían a ponerme apodos.

El quince de septiembre los cuques siempre aprovechaban para hacer su propaganda, además buscaban una forma de celebrar, algo que nunca faltaba era la elección de la reina del regimiento.

El primer año, el coronel le ordenó al marido de mi mamá que le diera doscientos quetzales a una muchacha indígena, ella era preciosa y sería la representante del regimiento en las fiestas del siguiente agosto, casi un año después. También se había elegido, a dedo, a una reina ladina, las dos lucirían su belleza durante todo el año.

Normalmente se le daba a la reina ladina una cantidad mayor, recibía el título de madrina del regimiento y se le proporcionaba dinero para ropa, zapatos y maquillaje, todo lo necesario para verse bien en los eventos. A la reina indígena, casi siempre de menos de quince años, se le asignaban, escasamente, unos cincuenta quetzales, para que viera que hacía, pero el coronel quería que la de ese año, como era excepcionalmente bella, tuviera una ropa digna del regimiento y le entregó aquel dinero; al cambio actual serían más de cuatrocientos dólares (vaya si estaré viejo). A la patoja ladina la trajeron de una aldea y era lo que se dice: una ladina pobre. Fue un escándalo en el pueblo, porque no se eligió, como siempre, a alguna hija de finquero. Como no querían hacerla de menos le dieron la misma cantidad de dinero, para que se comprara algo de ropa. La chica y su madre hicieron viaje a la capital para hacer las compras.

El día del desfile, el coronel estaba seguro que lo iban a envidiar, cuando lo vieran del brazo de las dos bellezas, una pelirroja y la otra indígena; pero la primera sorpresa fue que la niña indígena no llevaba ropa nueva, y aunque se miraba bien con lo que traía puesto, era notorio que se trataba de ropa vieja. La segunda sorpresa fue que la pelirroja se había puesto el vestido más feo y vulgar que le pudieron comprar; era una cosa roja, llena de vuelos, fatal mezcla entre un traje de sevillanas y un disfraz de meretriz del Moulin Rouge, súper maquillada, casi parecía un payaso.

El coronel suspiró, frunció el ceño, pero tuvo que desfilar. Más tarde pensó que la pelirroja no había escogido bien el vestido, pero quizá para la fiesta de la noche lo haría mejor, entonces se animó a decirle: vamos a la fiesta por la noche, se me viste bien patoja.

Al baile, la pelirroja llegó con el mismo vestido rojo, la fiesta fue una locura, porque las niñas bien del pueblo se la pasaban cuchichiando. Todo esto lo escuchaba yo al otro día, mientras los adultos de la casa chismeaban.

El marido de mi madre fue conminado a investigar que había pasado con el dinero, así que llamó al padre de la niña indígena y a la madre de la pelirroja, para que llevaran los recibos de lo que habían comprado. En esos tiempos no era común pedir comprobantes, por lo que llegaron con las manos vacías.

Primero llegó el padre de la niña indígena, ante la pregunta solo se limitó a decir: pues la niña tiene ropa y nosotros necesitábamos unos coches y unos chuntos, para celebrar la siembra, así que en eso me gasté el pisto. Era evidente que el hombre pensaba que el dinero había sido un pago por prestar a su hija.

La mamá de la pelirroja llegó al rato, toda agitada, ella si tenía un recibo por ciento cincuenta quetzales, de una tienda de la sexta avenida. El marido de mi madre se reía mientras lo contaba: sabés que compró con ciento cincuenta quetzales: calzones y brasieres. Resulta que la niña no acostumbraba usar ropa interior, y como pensó que si la invitaban a Quetzaltenango, al año siguiente, tendría que dormir con otras patojas y no quería que la juzgaran, por eso le compró ropa interior de lujo, según ella, y con lo que le sobró compró tela, con la que la vecina confeccionó el vestido que utilizó. Eso le dijeron y eso escribió en el informe que presentó al coronel.

—No muchá, ya no aguanto, ahorita regreso.

—Vos Beto, vení, ayudame a terminar la historia del Johan.

—Nel hombre, se va a malear.

—Si no le gusta que lo borre.

Esa noche el coronel levantó a la tropa, a eso de las dos de la mañana, personalmente se encargó de que los tres pelotones a su cargo corrieran diez kilómetros, con la mochila a cuestas, y después, solo por joder, mandó a dos sargentos a la casa de las reinas, para decirles que repusieran el dinero o que se atuvieran a las consecuencias.

La indígena salió huyendo, hacia México, pero sus padres no alcanzaron a llegar al pueblo próximo, la patrulla los alcanzó. La otra se fue a la capital, con sus padres. Se escondieron unos meses en la casa de unos tíos, ahí conoció a un oficial que la cortejó unos días, y ella le terminó contando su historia.

Una tarde del tercer mes, el coronel estaba parado en el umbral de la puerta de la casa de los tíos; se miraba como quien llega de un largo viaje, pero sin equipaje, tenía un gesto de venganza, a su lado estaba el oficial, quien pronto se convirtió en capitán. Los padres no pudieron pronunciar palabra alguna, el coronel tampoco dijo nada, pero el movimiento de su cabeza les indicó que lo siguieran. Estaba claro que el coronel no se iba a quedar solo con las explicaciones.

Ya de regreso en el pueblo, mandó a su mujer con la pelirroja, para que comprara unos trapos decentes; por supuesto, la chica tenía que ir con él, al año siguiente, a Quetzaltenango.

—Aguas que ahí viene el viejo.

—¿Qué onda muchá?, ya vinieron a chingar mi historia, ahora que se quede así.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Milagros y milagreros

Mi madre, quien para nada fue una santa, llegó a ser considerada como tal, luego de una experiencia alucinante que tengo grabada en mi memoria, es uno de los recuerdos más viejos que tengo.

La primera vez que vine a Guatemala, por escasos dos años, fue cuando ella se caso-juntó con un oficial del ejercito que conoció en la frontera. Ella era una mulata excepcionalmente hermosa, tanto que algunos aseguraban que fue la inspiración para aquel libro Carazamba, algo que, históricamente, no puedo negar ni confirmar.

El asunto es que el tipo estaba destacado en Cobán, como oficial de abastos (no sé como le llaman), él se encargaba de tener comida para la tropa y los oficiales, por supuesto tenía que ser cantidad y calidad. Yo no era su hijo, pero me vine con ellos para que, según mi madre, le hiciera compañía y me alejara un poco de mis abuelos, con quienes regresé a vivir, pero eso es otra historia.

El día que sucedió lo que quiero contarles, mi madre llegó de la calle toda apresurada. Como esposa de un oficial (al menos así lo decía el oficial); no importaba ni su color, ni el de su hijo, ella podía usar un carro con chofer. Llenó una caja con provisiones: pasta, sopas, frijoles, arroz, azúcar, pan y aceite; cosas que normalmente abundaban en nuestra casa; llamó al chofer, quien trajo un vetusto jeep donde nos subimos, ella y yo, el bebé (no lo había mencionado, ella tenía un bebé con el oficial) se quedó con la niña qeqchí que lo cuidaba.

Apresurando al chofer, nos dirigimos a una colonia que estaba al otro lado de la ciudad. En ese lugar, alguna compañía extranjera construyó una hilera de casitas de madera, a la orilla del río Cahabón, y con los años las dejaron abandonadas, ahora estaban habitadas por gente muy pobre (aunque, curiosamente, todos eran blancos), quienes se dedicaban a la mecánica y otros oficios. El chofer paró en la última casita, yo me quedé viendo a tres niños que venían de regreso del río, totalmente empapados, su piel blanca y pelo rubio me asustó, por lo brillante. El mayor era más o menos de mi edad, unos seis años, y el más pequeño apenas podía caminar. Atrás de ellos venía una mujer, chiquita y pelirroja, traía puesto un vestido largo, de algodón, floreado, también venía empapada.

Mi madre estaba parada en la puerta de la casa, la mujer, visiblemente asustada, se acercó a abrir la puerta, estaba descalza y sin medias, subimos los tres escalones de la vivienda y entramos a una casa cuya pobreza y suciedad me asustó.

Los niños nos metimos corriendo, mientras la madre les ordenaba cambiarse de ropa y ella, sin cambiarse, atendió a mi madre en un comedor, donde una mesa y tres sillas viejas estaban atiborradas de ropa sin planchar. Riendo nerviosamente le dijo a mi madre que como hacía tanto calor había llevado a los niños a nadar al río, a mi me pareció bastante tonto eso de nadar con ropa.

Mi madre le ordenó al chofer bajar la caja, él la puso sobre la mesa de la cocina y sacó las cosas. La mujer hizo cara de sorpresa, pero de inmediato tomó un cuchillo para abrir una enorme lata de sardinas. Los niños llegaron gritando, agarraron pan y sardinas y los devoraron, demostrando tal hambre, algo que nunca antes había visto; negro y todo, yo jamás pasé un día sin comer. Abrieron otra lata, hasta entonces la mujer le ofreció una silla a mi madre, ella se miraba un poco molesta. Después de comer, los patojos nos fuimos a jugar, pero alcancé a escuchar que la mujer sollozaba, por momentos, otros lloraba a gritos.

Al día siguiente una mujer llegó a ver a mi madre, luego otra y otra. No pedían nada, pero traían noticias. Yo me paraba en la puerta de la cocina para escuchar lo que hablaban, así fue como me enteré que la mujer, a la que llevamos comida, presa de la desesperación, después de haber dado la última miga de pan a los niños, había decidido ahogarlos y ahogarse ella misma en el río. Estaban jugando, mientras ella agarraba valor para hundirlos, cuando escucharon el motor del jeep y no pudo hacerlo. Con la comida que le llevó mi madre se ayudó por un par de semanas, después decidió buscar trabajo y atenderlos, nunca más pensó en matarse ni en matarlos.

El marido de mi madre llegó por la noche con la noticia, ya te convertiste en santa, la gente hablaba de ella como la enviada de dios, la que había logrado parar un suicidio y tres infanticidios. Ella se reía, casi sin parar, mientras le contaba la verdad.

El día anterior había visto a la mujer entrar al cuartel, normalmente llegaba a vender su cuerpecito a los oficiales de turno, era un comercio que no dejaba huellas ni evidencias y que el coronel agradecía, porque era una mujer exótica, por su color de piel, no una india cualquiera, como le escuchó decir. Pero ese día el hombre utilizó sus servicios y no le pagó. La sacó a empujones de la oficina, mi madre la vio salir, humillada y cansada, luego escuchó al militar jactarse, con sus suboficiales, de que al fin se había librado de esa mujer.

A mi madre ese coronel no le simpatizaba para nada, por eso decidió llevarle comida a la mujer, para apoyarla, especialmente porque aquel hombre se burlaba del oficial y de su esposa negra. La casualidad quiso que evitara la muerte de ella y sus hijos, lo que todo mundo consideró un milagro, cosa que dio fama a mi madre y evitó que se le viera mal por su color.

Bueno, está algo pajera la historia, pero debo decir que es cierta. Al final de cuentas un milagro no es más que una casualidad, o no.

viernes, 22 de agosto de 2008

Señales

Hace un mes que no hay taller, resulta que decidí tomarme unas vacaciones, y aunque la mara me sigue buscando y la viejita fiel, una doñita que me trae champurradas y café, siempre llega a dejármelo, yo le digo que vamos a empezar de nuevo en septiembre, que no se desespere, que siga escribiendo y luego discutimos sus textos, ella se queda a platicar un rato y luego se va, algo tristona, porque quiere compartir lo que escribe.

Los ingresos que me provee el taller siempre hacen falta, pero tambien las vacaciones, de todas formas, a pesar de la crisis, siempre hay algo de pisto para salir a comer con los cuates, aunque cada vez menos. Los más asiduos son el Adán y el Beto, el Jonás no siempre viene, pues ahora está predicando doble para ajustar lo del gasto, dice que ha tenido que utilizar las más grandes maldiciones del infierno, para asustar a la gente que no está muy segura, porque ya le está costando bastante vivir.

La cosa es que hemos salido menos que antes, todo por la falta de pisto. El Adán jura que me estoy haciendo viejo y me aseguró que necesito salir, conocer muchachas y cambiar de aire (a uno más viciado, supongo), así que el miércoles 13 llegaron todos alharaquientos a llevarme a una presentación de cuentos policiacos.

El asunto es que el adán se ha contagiado de la moda de la novela negra, y me reta, diciendo que yo no domino el tema. Mira patojo, le digo yo, la cosa con la novela policiaca es siempre de investigación y vos no tenés disciplina para eso.

Por más que intenté explicarle que el universo de la novela debe ajustarse a la realidad intrínseca de la misma (jeje, ya me estoy pareciendo a aquel crítico, aquel hombre); o sea, la construcción de Narnia, requiere que Narnia llegue a existir, con todas sus leyes, incluso si esto significa que la gente vuele o sean centauros. Por eso, cuando se trabaja con estos temas hay realidades indiscutibles que hasta los aficionados conocen, por ejemplo: cuál es el orificio que deja la bala de un AK-47, una uzi o una 38; que diferencia tienen las distintas armas, hasta donde puede dañar un verduguillo… Porque la gente ve programas de detectives en la tele y con eso llega a pensar que sabe bastante, que eso es suficiente, pero eso solo sirve para que se les incremente la fantasía.

Pero bueno, me convencieron. No les voy a contar como estuvo la lectura, sólo diré que por ahí me encontré al Dr. Sabihondo Piláz y, entre cuento y cuento, me comentó que él pensaba que los textos tenían muchos lugares comunes y que se notaba la falta de investigación, yo no le pude argumentar nada al respecto, pues andaba muy cansado y como a los quince minutos de estar sentado me quedé dormido, solo escuché que el Adán le decía al Beto: mira al viejo, pues, siempre se queda dormido en las lecturas. Al rato nos salimos.

El Beto dijo que había oído que en la casa Ibargüen estaban las canelitas finas (esas chavas que andan leyendo por todos lados), y nos fuimos para allá. Creo que los astros estaban alineados en contra, o sería porque andábamos a pie, pues cuando llegamos la actividad estaba terminando. Solo alcanzamos a ver a una mujer, muy impactante, que cantaba boleros. La reconocí de inmediato como una de Las estrellas de la línea, me senté y me transporté a la época cuando con un cuate nos íbamos a dar serenatas románticas en un pueblito del norte del país, guitarras, maracas y la voz de tenor de aquel, lograron que se abrieran, no una, muchas ventanas y corazones. La voz de la mujer era muy buena y su guitarrista era un patojo de barrio, pero con tablas y personalidad. Hasta se echó una de Elvis.

Me quedé pensando en que, de plano, ya me estoy volviendo decadente; me explico, al terminar todo el rollo nos fuimos a echarnos unas frías a las Cien puertas, y un par de chavitos, muy jóvenes ellos, hablaban de las dos actividades y hacían comparaciones, el primero mencionó: que huevos vos, esa vieja si que nada que ver, que canciones más retro; y el otro decía: vos, que originales que son las historias de aquellos. Así que pensé, lo instantáneo y automático les gusta y no les gustan los boleros… En serio que ya estoy viejo.